Una ola de pintadas irreversibles alerta a los comercios del centro

El componente ácido del rotulador daña el cristal sin remedio ni limpieza posible


a coruña / la voz

En su defensa de las aceras en ciudades de países en desarrollo, donde la mayoría de la población no tiene coche, el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, invocaba su función democrática. «Una acera es un símbolo de igualdad. Le estamos diciendo a la gente: ‘‘Sois importantes, no porque seáis ricos o tengáis un doctorado, sino porque sois humanos’’. Si se trata a la gente como si fuera especial, sagrada incluso, la gente se comporta como si lo fuera. Esto crea un tipo diferente de sociedad», afirmaba el político. Alejandra Pérez Toba piensa parecido. En el año y medio que lleva abierta su tienda de artesanía en Canuto Berea, a pesar del robo de uno de los faroles que colocó para alumbrar y adornar su fachada y de la tabla de madera con el nombre del local, de sufrir pintadas irreversibles y el destrozo del hilo luminoso que costearon los negocios de la calle por Navidad, la mujer repintó la pared, repuso las faltas y no dejó de esmerar el cuidado de su trozo de calle. Le gustaría no tener que guardar de noche las plantas, dice. En el portal de al lado alguien arrancó el portero automático, en otro aparecieron excrementos y en la esquina de la calle Real pintaron «Antifascista». «Que se lo pongan a los de Vox, no aquí. Es deprimente y muy frustrante para un pequeño comercio tener que desembolsar los arreglos», afirma Alejandra Pérez, que denunció los daños y recibió «siempre la misma respuesta: ‘‘Tomamos nota’’. Pues o bien esas notas se pierden o las ignoran, porque ni han aumentado la vigilancia, ni ha cesado el vandalismo. Va a más», lamenta.

A poca distancia, pero mucho menos escondido, el cristal protegido del escaparate curvo de la antigua farmacia López Abente -de un café desde el 5 de diciembre- está emborronado sin remedio. Supuestos grafiteros han empezado a manchar paredes y cristales con un compuesto ácido que convierte el rótulo en indeleble. «Llamamos a una empresa especializada y no pudo hacer nada -explica David Díaz-. La única solución, al margen del coste, sería cambiar el cristal, pero están protegidos y no nos podemos arriesgar, ya vino el Ayuntamiento». Otro escaparate próximo, también en curva, de un bazar histórico, pero cerrado, presenta la misma tara, un garabato poco igualitario y sin vuelta atrás.

Vecinos de la plaza de Vigo denuncian la pasividad de la policía ante el incipiente botellón

Hace tres semanas unos 150 chavales se reunieron en la plaza de Vigo en un macrobotellón que dejó la zona de juegos infantiles destrozada y llena de orina y cristales rotos. La policía, alertada por una vecina, acudió a la concentración, pero «en ningún momento se bajó del coche», explicó ayer esta mujer, que vive en un séptimo piso y pasó la noche en vela por el nivel de ruido en la plaza. «Mi hijo tenía clase al día siguiente y se despertó cuatro veces», cuenta. Además, se queja del trato recibido de una patrulla del 092 a la que se dirigió al día siguiente para dar cuenta de lo sucedido. «Maleducados es poco», lamenta. El botellón se repitió las semanas siguientes, hasta esta misma, sin control o vigilancia de ningún tipo, denuncia.

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