El submundo de la plaza de Santa Lucía


Entrar en los primeros ochenta en la plaza de Santa Lucía tenía un punto a lo Chinatown de Blade Runner. Aquel bullicio de gente. Aquellos colorines que emergían del escenario gris. Aquella sensación de ilegalidad tolerada. Todo le daba una atmósfera un tanto inquietante. Allí había contrabando de tabaco. Allí había pescado envuelto en papel de periódico. Allí había una pedigüeña en la puerta pellizcando a su bebé para que este llorase e incrementase el dramatismo, mientras le decía: «¡No hay pan niño, no hay pan!». Allí había toda una suerte de mundo sombrío que a un crío de siete años le impresiona.

Pongámonos en situación. Primeros años ochenta. Ni rastro de grandes superficies comerciales en la ciudad. La fiebre de Naranjito extendida como un virus. Y un país que deseaba ser moderno como fuera. En aquella plaza, en la que se podía comprar pescado, carne y verduras, existía una puerta hacia un lugar desconocido que tenía que ver con eso. Se veía en la planta a ras de suelo. También en la superior. Existían unos cuantos puestos que eran como un Corte Inglés en miniatura, pero sujetos a unas leyes bastante alegales. Igual te vendían el Winston americano de contrabando, como un radiocasete de doble pletina de marca dudosa o unos chándales «de toalla», los que entonces arrasaban.

Era un territorio femenino, con mujeres duras y poderosas. Imponían respeto y no tenían el menor problema en mandarte a tomar viento. Recuerdo especialmente a una. Rubia. Muy maquillada. Uñas largas rojas. Y eterna mirada de alerta, por lo que pudiera pasar. ¿A cuánto va el cartón de Winston? «A quinientas, nena», contestaba sin mirar a la cara. ¿No me lo dejas a cuatro cincuenta? «No nena, que va muy caro. A ese precio te tengo el Marlboro». ¿A cuatro setenta? «Venga, nena que tengo cola». El truco consistía en volver más tarde. A veces, si la oferta se hacía a última hora, bajaba el precio. Ojo, era necesario revisar todos los cartones. A veces, te colaban Winston «portugués» por el medio.

Se vendían además todo tipo de aparatos. Decían que los traían de Japón. Lucían logotipos de TDK, Sanyo o Casio. Pero muchas veces eran falsificaciones de procedencia incierta y con un garantía de papel mojado. También sábanas, toallas, colchas y pantalones «de marca» que, en fin... A lo mejor, en medio de la transacción, surgía la sorpresa y se paraba todo. Aparecía la policía y había que esconder la mercancía. Otras llegabas y te encontrabas todos esos puestos cerrados. Preguntabas en la carne y, como quien lanza una confidencia, te decía el tendero: «Hubo redada y durante unos días no van a abrir. Pero pásate el lunes, que ya estarán por aquí». Tras la interrupción, aquel submundo seguía su curso. Hasta el nuevo paréntesis, que lo quebraba de nuevo. Y así hasta el infinito.

Por CrÓNICAS coruñesas

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