«Tenemos que usar estos cascos en casa, estamos sobrepasados e indefensos»


a coruña / la voz

La vivienda de Cristina Paz parece un campo de batalla. Las paredes y el techo, recubiertos de aislantes, podrían ser los de un estudio de grabación, pero es su casa. Un hogar donde «el olor a detergente inunda el domicilio», según el informe de la Policía Local, y donde el ruido y la reverberación obligan a utilizar cascos de protección. El estudio de la Patrulla Verde dio 52 decibelios. Lo permitido son 35 dB.

Todo comenzó hace dos años, cuando cerró el local chino del bajo del edificio de la avenida Gran Canaria, en la ciudad herculina, donde ella es propietaria del primer piso y presidenta de la comunidad de vecinos. «Montaron las lavadoras y las secadoras industriales a pelo, cemento con cemento, sin ningún tipo de aislante. Por encima, los gases no tienen un conducto de salida al techo, van a la fachada. Entran por las ventanas, llenos de química, hasta el sexto piso», denuncia Cristina.

Consiguieron el respaldo del Valedor do Pobo. El Ayuntamiento de A Coruña precintó y cerró la lavandería industrial pero, al cabo de un tiempo, esta volvió a abrir. «Hicieron unas pequeñas obras, solo en el techo, cuando las lavadoras están ancladas a la pared y la vibración llega hasta mi piso. Por encima, contrataron a una empresa privada para la medición de decibelios, que se hizo a las 01.00 de la madrugada, con las máquinas vacías. El Concello lo dio por válido», lamenta.

Está preocupada por ella, en tratamiento psiquiátrico, por su marido, de baja, y por su hija, de solo dos años. «La situación es insostenible para todos los vecinos. Estamos sobrepasados e indefensos. Tenemos que usar estos cascos en casa», muestra con indignación y agotamiento. «He recurrido a tres áreas de gobierno distintas. A Urbanismo municipal, a Sanidade, de la Xunta, y a Medio Ambiente, del Concello. El edil Xiao Varela, de Rexeneración Urbana, me dice que al ser una actividad industrial no existe una legislación que les permita clausurarla por el tema de los gases. No tenemos un momento de descanso. Abre de 09.00 de la mañana hasta las 23.00 de la noche, los siete días de la semana», detalla exhausta. Viven en un inmueble «inhabitable» sin Administración «que nos respalde, se pasan la pelota unos a otros, ¿vivirían ellos así?», pregunta Cristina.

Cuando el vecindario es tu pesadilla

m. méndez
Cuando el vecindario es tu pesadilla Los problemas ocasionados por los ruidos se multiplican mientras se pide más civismo

Los problemas derivados por los ruidos se multiplican mientras se reclama más civismo

En Síbaris, en el 600 a.C., los gobernantes de esta población de la antigua Grecia tenían prohibidos los oficios molestos y ruidosos en el ámbito de la ciudad. De ahí viene el adjetivo de sibarita. La anécdota la cuenta un especialista en el oído, el doctor Juan Carlos Vázquez Barro, del Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac). Hoy, reconoce el otorrino, los problemas vinculados a los volúmenes acústicos elevados cuentan con menos protección en las legislaciones locales y autonómica.

Imposible dormir

La pista de la discordia. A las cien familias que viven en el número 74 de la ronda de Nelle la calma se les esfumó hace cuatro años. El gobierno local, entonces del PP, instaló una pista deportiva a solo cinco metros del edificio. Tras continuos escritos entregados a sus sucesores en el cargo, no han conseguido ninguna solución por parte de la Marea. «Luchamos porque se cambie de sitio, no porque se elimine. Hay espacio de sobra sin salir del parque de Santa Margarita. Por ejemplo, en la zona de la antigua rosaleda. La distancia más próxima de un inmueble respecto ella son 65 metros», explica, plano en mano, José Antonio Delgado, uno de los residentes. Otro vecino, Ignacio González, insiste en que «el Ayuntamiento nos prometió hace dos años que iba a cambiarla ya que es un pista desmontable. Seguimos esperando. Le pedimos un informe de impacto ambiental y nos dijeron que no es necesario, ya que todo el parque lo gestiona el Concello. Entonces, ¿por qué no la cambian?». Ignacio golpea a modo de ejemplo uno de los paneles de la pista. «¿Escuchas esto? Así estamos todas las noches, hasta las dos o las cuatro de la madrugada. Vienen pandillas, no son niños que quieren jugar al fútbol. Lo que hacen no se puede llamar deporte», reprocha.

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