La tumba vacía de Curros Enríquez

En la parte posterior del monumento de Méndez Núñez hay un hueco tapiado que fue construido para enterrar al poeta

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«La base es entendida para un emplazamiento rústico; el agua cae entre las piedras en cuyas grietas se sitúan elementos típicos de la flora galaica como el maíz, el tojo y el pino. A su lado aparecen figuras monstruosas que conectan con el basamento del Pórtico de la Gloria y en el caso que nos ocupa simboliza los males de Galicia: el caciquismo, la usura y la injusticia, combatidos por Curros en su obra y en su vida». Así definen desde la asociación cultural Francisco Asorey el monumento a Curros que hizo el escultor y que domina Méndez Núñez. Es una escultura «tan importante, o más, que la de Emilia Pardo Bazán», sostiene el escultor Manuel Ferreiro Badía que conoce bien las dos figuras puesto que, indica, trabajó en la restauración de ambas.

Sobre la del poeta, evoca cómo de pequeño «me gustaba mucho ir a verla, solo eso: ir a verla». Además, confiesa, «todos los niños trepábamos a lo alto». Esto es algo que algunos adolescentes siguen haciendo en la actualidad.

La escultura también atrajo en su día a un crío llamado Manuel María que, evoca su viuda, Saleta Goi, venía de la aldea «aínda que era de casa grande» y tuvo sus más y sus menos con otros escolares que frecuentaban el monumento y que acabarían tirándole agua de la escultura. El futuro poeta, lógicamente, se defendió, contando con la ayuda de «un tal Pumariño», y el hecho quedó grabado en su memoria.

La escultura «iba a estar en el monte de Santa Margarita; se habló de ello cuando se estaba haciendo pero luego decidieron ponerla aquí», apunta Ferreiro. Lo hace acercándose a la imponente figura del poeta, de 3,30 metros de alto, vestido con una capa y la lira en las manos con la que buscaba «castigos prós verdugos, pros márteres coroas», detallan los descendientes de Asorey, que ubican el emplazamiento inicial en la Plaza de Ourense.

Al llegar a la parte posterior del monumento señala Ferreiro que allí «había un altar laico, que ahora está tapiado. Por arriba tenía también una abertura y se tapó todo porque iba ahí todo el mundo a mear». Concreta que el hueco tiene un par de metros de fondo y recuerda que en su día le encargaron la tarea de limpiar y acondicionar este monumento.

Según el guía turístico e historiador Suso Martínez «en su momento se pensó en enterrar ahí a Curros pero las autoridades no lo permitieron». De hecho, cuando en la tarde del 2 de abril de 1908 Curros fue enterrado en San Amaro, a donde llegó con una multitudinaria comitiva fúnebre, algunos periódicos apuntaban que aquella no sería su morada definitiva ya que «o monumento cívico que se proxecta levantar na súa honra disporá dunha furna cineraria para acoller os seus restos». Esto recogía hace una década la entonces concejala de Cultura, María Xosé Bravo, cuando organizó diversos actos con motivo del centenario del fallecimiento del poeta contando para ello con la colaboración, entre otros, de Xosé Luis Axeitos, académico de la RAG. Durante aquella jornada, que tenía como lema Cortexo de honra a Curros Enríquez, se planteó si sería posible el traslado de los restos de San Amaro a Méndez Núñez. La respuesta negativa fue tajante, tanto por parte de las autoridades municipales como de los responsables del legado del escritor. Así que Suso Martínez, convertido para ello en Fiz de Cotobelo, seguirá mostrando en sus visitas nocturnas al camposanto coruñés la tumba del autor de A Virxe do Cristal.

Mientras tanto en Méndez Núñez seguirá su tumba vacía en la figura de granito que inauguró Alcalá Zamora, en 1934, poniendo fin a un proceso que duró más de un cuarto de siglo, desde que en el mes de junio de 1908 se formó la comisión para erigir el monumento en la que estaban el Concello, la Academia Galega, la Asociación de la Prensa y la Academia de Belas Artes. Un mes antes, se formara en Buenos Aires la Comisión Curros Enríquez con el objetivo de levantar las escuelas con el nombre del poeta para «unir o nome do poeta á cultura galega e ás súas necesidades educativas».

Curiosamente, los promotores de estas iniciativas también pensaban que la escultura podía ir el jardín de dicho colegio. Muchas alternativas para el reconocimiento a un poeta del que escribió Otero Pedrayo: «Curros, namorado da Coruña e agradecido a ela, soi pode estare no frente luminoso, aberto ao mar e ao infindo da cidade».

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