El vibrante duelo de brujos del Mundial 82

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Era otro fútbol, mucho más riquiño, aquel que conoció Coruña en 1982 cuando fue sede del grupo I en el Mundial de España. Los bañistas de Santa Cristina se frotaban los ojos cuando Milla, N’Kono y otras figuras de Camerún entonces desconocidas zigzagueaban entre las toallas mientras se entrenaban en la arena. Allí montaron su cuartel general y se dedicaron a la buena vida. En el hotel los trataba a cuerpo de rey un camarero guineano, la cocinera que reclutaron en su país los cebaba con pimientos de padrón y los futbolistas mataban el tiempo con amistosos en Elviña contra combinados de modestos. ¿Se imaginan hoy a la Portugal de Ronaldo jugando contra las promesas del Maravillas y el Sin Querer? Sí, era otro fútbol. Los internacionales de Polonia paseaban por la Marola en la lancha de Santa Cristina, mientras los de Perú gozaban de un paradisíaco retiro en el pazo de Mariñán.

Pero aquel fútbol riquiño ya era más que un deporte. El debut de Riazor en el Mundial se produjo el 15 de junio con un Camerún-Perú que se venía jugando semanas antes en las canchas del esoterismo. Ya en febrero un brujo recomendaba a los futbolistas africanos sumergir fotos de sus rivales andinos en sangre de gallina negra para obtener ayuda divina. Esta maniobra sentó como un tiro en Perú, claro, y sus chamanes pasaron pronto al contraataque: «Brujos peruanos vienen a La Coruña con una calavera recién desenterrada», advertía La Voz cuatro días antes del partido.

Nadie sabe muy bien para qué era la calavera, pero el asunto se ponía serio. Provistos de pócimas, estatuillas y el propio cráneo, dos hechiceros llegaban a Galicia para contrarrestar el poder de la sangre de gallina negra. Portaban también 11 medias que representaban a los titulares de Perú, y una matraca para que el viento barriese los maleficios del enemigo. La guerra de los brujos acabó en tablas (0-0), según todos los indicios porque los hechiceros se neutralizaron entre sí, por supuesto.

Pero otra teoría, ajena por completo al ocultismo, trataba de explicar también la prematura eliminación de estas selecciones. Según aquella, lo que empezó la magia negra lo habría completado Roberto Saporiti, el espía que envió el seleccionador argentino César Menotti para controlar el grupo de Coruña. Este hombre se granjeó entonces cierta fama de gafe con vaticinios como el que realizó para La Voz: «Polonia no tiene talento [acabó el Mundial tercera]; el fútbol italiano, estancado desde hace años, no tiene imaginación y carece de creatividad [Italia fue campeona]; el de Camerún es el fútbol del futuro [no pasó de la primera fase] y Perú deslumbra con su creatividad [tampoco]». Así, sin saberlo, Saporiti pudo ser el chamán con que italianos y polacos neutralizaron gallina negra y matraca. Otro fútbol.

Autor Alfonso Andrade coruñesas

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