Gato negro, rosas blancas


A las puertas de un verano que no llega, tan gris, tan fresco y tan pesado el tiempo, descubrir unos rosales inesperados en medio de Zalaeta resulta un regalo. Supongo que las rosas llevaban meses allí, preparadas para florecer con sus pétalos blancos. Pero en invierno, la noche cerrada a las seis de la tarde y las prisas hacen que no las veamos.

Y de repente aparecen, grandes, limpias, rodeadas de hojas verdes y jóvenes, delante del edificio de la Red Eléctrica Española, como si parte de la energía que nos cobran religiosamente tuviese un desglose en la factura destinado a cuidar rosales. Junto a los impuestos, el consumo real y los costes de distribución, si la compañía eléctrica incluyese un apartado de jardinería y embellecimiento de la ciudad, ¿pagaríamos más contentos? Es probable que no. Pero las flores blancas de Zalaeta se movían al viento estos días con un zumbido de hojas, ajenas a los precios de la luz y al ruido de estas semanas de locura, plantadas rodeando un cerrado extrañísimo, hecho de piezas de cristal iluminadas y unas matas de hierba.

Las rosas se pasaron el invierno preparándose para explotar en primavera. Todas blancas menos un capullo rojo que aún estaba a medio abrir, en una mata un poco separada. Habrá que comprobar si va de verso libre, desafiando a sus compañeras blancas con un punto macarra y espinoso.

Tan metidos estamos en el asfalto, tan hundidos en la rutina, en la prisa, en la app del móvil que te recuerda que vas a perder el bus, con la cabeza tan agachada sobre el teléfono, absortos en los «tengo que», que de repente que salga una flor en primavera nos llama la atención como un titular a cinco columnas. Hace meses ya que un niño muy pequeño se paraba en todos los árboles de la plaza de San Pablo en los que asomaba una flor y gritaba «¡mamá, mamá, mira!». Su madre tiraba del crío, que no avanzaba, sin fijarse en aquellos montones de color que asombraban a su hijo. Como si nos hubiesen inmunizado contra la primavera, andamos.

Pero de vuelta a Zalaeta, y más allá de las flores, en el jardín de Red Eléctrica (si es que se puede llamar jardín) hay un inquilino que no ha salido de allí en todo el año. Es un gato negro con pinta de no dar palo al agua, al que se puede ver durmiendo todas las semanas sobre uno de los cristales. Será que la luz que lo ilumina hace las veces de estufa. Se ha pasado el invierno dormitando sobre los focos, incluso en las tardes más frías, medio camuflado entre la hierba. Lo curioso es que ahora, incluso en esos días que lucía el sol y nos creímos, ilusos, que el buen tiempo había llegado para quedarse, el gato sigue echando la siesta en el mismo sitio, ahora rodeado de rosas, al calor de las luces.

Autor Antía Díaz Leal Coruñesas

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