¿Prohibido fijar carteles?


El conejo blanco de Alicia tiene algo hipnótico. La niña más famosa de la literatura no podía evitar correr detrás de él, sin medir las consecuencias, y esta semana un conejo blanco que no lucía reloj, sino código QR, me llevó a estudiar carteles por los muros de la ciudad. Pero el país de los papeles pegados a nuestras paredes, aunque mucho menos maravilloso, no deja de ser algo psicodélico, como los mundos que imaginó Lewis Carroll para Alicia.

Estamos tan acostumbrados a ver carteles que van amontonándose, que poco nos fijamos en una forma de publicidad que parece poco efectiva, ¿verdad? Y sin embargo algo tendrá, que ahí siguen nuestros políticos con el cepillito y el cubo, cada cuatro años. Y ahí siguen los sindicatos anunciando huelgas, las academias abriendo plazos de matrícula, las salas recordando conciertos, y los colectivos sociales reclamando derechos a golpe de cola.

En una calle cualquiera del centro se enfrentaban ayer Ringo Starr y su trasnochado signo de la victoria con un terrible listado negro sobre fondo blanco: los nombres de los palestinos víctimas de los últimos enfrentamientos con el ejército de Israel. Junto al exBeatle, el conejo blanco reclamaba atención y un escáner para códigos, que te llevaba a una página web que no se parecía en nada a una madriguera. Por encima, se anunciaba la asamblea constituyente de un colectivo LGTB. Y por debajo se intuía un encuentro sobre yoga de nombre impronunciable.

Una marcha cívica plantaba en su cartel un fantástico plano de las murallas de la ciudad. Junto a ella, la CIG llama a la huelga general. Y del otro lado, se anuncia un curso de carnicería «totalmente práctico» ilustrado con una hermosa chuleta. Además de un concierto de Riff-Raff, y una incombustible feria del disco. Por debajo, un festival en el Coliseum que ya caducó.

La acumulación de carteles también nos puede lleva a caer por el agujero, como Alicia, si decidimos mirar hacia atrás en busca del primer anuncio pegado en esa pared. ¿Qué encontraríamos si levantásemos cada capa? ¿Aquel concierto que nos marcó en nuestra sala preferida? ¿Esa manifestación a la que nos habría gustado ir? ¿La obra de teatro en la que nos encontramos por primera vez con esa persona? Capas y capas de recuerdos hechos de papel, años de cultura, de movimientos sociales, de mercadillos, de ferias y de consumo, una especie de jaula de grillos en el que último en llegar siempre habla más alto que el anterior.

Y debajo de todos, en un susurro que nadie escucha, debe de estar todavía el famoso «Prohibido fijar carteles. Responsable la empresa anunciante», del que nadie se acuerda.

Por Antía Díaz Leal Coruñesas

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