Las últimas vacas urbanitas


Las vacas están de moda. La más famosa de los últimos días se llama Patricia, y como contó aquí el catedrático Javier Guitián, la pobre Patricia se convirtió en protagonista de un reciente programa de Master Chef. A sus aguerridos cocineros y guionistas no se les ocurrió otra cosa que plantar al animal en el plató para explicar cómo se despieza el ganado. No fue de muy buen gusto detallar eso delante de la vaca. Ya puestos, en plan gore, podían haberse ido a hacer el Master Chef al matadero frigorífico de Montellos y enseñar en directo cómo se descuartizan las terneras. Encima, los chefs afirmaron, muy solemnemente, que Patricia era una genuina «rubia galega» cuando solo era una humilde mestiza. La que se armó.

Ayer el compañero Emiliano Mouzo se bajó a hacer periodismo hasta As Xubias para descubrirnos una granja con 11 vacas ?«unha delas a punto de parir», matiza Antonio, el vaquero? y 4 terneros. Los rumiantes se alimentan de pan y cebada húmeda, que Antonio recoge en una pequeña cervecera coruñesa, y se les ve felices en las fotos de Marcos Míguez, tumbados al sol con vistas a la playa de Santa Cristina.

Las vacas urbanitas ?que no urbanistas, aunque alguna calle de la ciudad parezca planificada por un bóvido? resisten también en los prados junto al Ágora, donde todavía mascan hierba tres o cuatro marelas. Y es que, como me decía un día el poeta Ferrín, por muy de ciudad que nos creamos en A Coruña o en Vigo, la aldea siempre está petando a las puertas de la urbe. Por eso, a poco que te salgas de una ronda, se te aparecen unas vacas ?no sé si rubias con carné o mestizas como Patricia? revolviendo con el hocico entre los hierbajos y los dientes de león.

Esto, que ahora nos parece algo exótico, antes lo llevábamos con mucha más naturalidad. Cuando yo era un niño de Peruleiro ?bueno, sigo siéndolo? y la ronda de Outeiro se cortaba a machete al final de mi calle, todas las tardes bajaba una señora desde San Pedro de Visma con su marela. No me acuerdo del nombre de la vaca, y bien que lo siento, pero sí de que atravesaba la avenida dejando algún excremento que otro a la altura del camino del Pinar, y que cruzaba de la mano de su dueña hasta el descampado donde hoy se levanta la Casa del Agua y que entonces era nuestro patio de recreo y el pasto de la rubia.

Había algún niño pijo que no quería jugar al fútbol allí ?marcando las porterías con los jerséis y las mochilas? porque le molestaba el sembrado de bostas, cuando los zurullos de la marela en el fondo te espoleaban a ser más ágil, porque además de esquivar a los contrarios había que regatear los mojones. Lo mejor fue cuando le enseñamos a los niños bien el efecto de plantar un petardo en medio de una bosta fresca. Eso sí que era un arma de destrucción masiva.

Por Luis Pousa Coruñesas

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