¡Cómo hemos cambiado, Millennials!

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Últimamente no hacemos más que hablar de la generación Millennial, los chicos que nacieron con el 2000 y que este año cumplen su mayoría de edad. Para esos coruñeses va dirigida esta crónica, porque estoy segura de que se sorprenderían si regresaran al pasado y se pusieran justo en el año en que venían al mundo. Como aquel estribillo de Presuntos Implicados, que cantábamos en los noventa, cómo hemos cambiado. Cómo ha cambiado esta ciudad que, sin embargo, sigue fiel a algunas esencias Si cierro los ojos y me pongo en el 2000 no veo el Millennium, así que tampoco puedo ver a todos los que ahora pasean hasta esa punta como meta de un ejercicio diario, aunque de lejos, eso sí, veo el famoso tranvía haciendo su trayecto por todo el litoral que recorre la Torre. Lo más sorprendente si hacemos ese choque pasado-presente en estos 18 años es que todos nos hemos bajado del tranvía y ¡nos hemos puesto a correr! En Coruña antes del 2000 no había runners, no había carreras los domingos, y solo el coronel Bujones que iba hasta Santa Cristina hacía méritos como fondista. Era una excepción a lo que hoy es la norma, porque antes del 2000 los coruñeses solo corríamos detrás del bus. El bus que por supuesto no podía dejarnos en Marineda (se inauguró en el 2011, así que, amigos Millennials, el ocio no estaba en las compras en masa) ni había Ikea ni ese visto y no visto que fue Dolce Vita. Existía, of course, 'El Corte Inglés de los Mallos', que aún sigue ahí como mercadillo de futuro. No había en aquella Coruña, que aún llamaba desde el fijo, toda esta tendencia moderna de locales de diseño: cuando entrabas en los vinos aún olía a serrín y se podía beber en cunca. No es un pasado histórico, es un pasado presente porque parece que fue ayer cuando salíamos de Green, no entrábamos en un pub del Orzán antes de las dos de la mañana y aún íbamos los domingos a Cheva (cerró en el 2008 para los amantes de los datos). Ahora está el Moom, el 57, La Urbana o el Organic, pero en el 2000, por supuesto, el Playa estaba ahí. Y el Bershka de la calle Torreiro, que hacía girar entonces a toda la juventud. Hoy se arremolina alrededor de una abarrotada plaza de Lugo (o plaza Inditex) y Matogrande nos parecía un barrio de lujo, aunque no estaban ni el Soho ni el Bogart, ni en la Marina todas esas heladerías que hoy nos enfrían con buen sabor. ¡Estaba la Italiana, claro! Y no había tanto subterráneo ni tanto checkpoint para entrar en el centro, pero allí al fondo, cerca del Tryp (entonces el Meliá se llamaba así) veo a los mismos en el paredón de Matadero. Sí, allí está Pepe y todos sus amigos en ese spa urbano, en esa solana de barrio disfrutando de la sauna. Y en la otra punta, las sirenas de Las Esclavas siguen fieles al chapuzón en el mar. Porque hay cosas, queridos Millennials, que en Coruña, pase el tiempo que pase, son sagradas.

Autor Sandra Faginas Coruñesas

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