Cuando no están puestas las calles

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

ANGEL MANSO

Abrir el portal cuando no están puestas las calles tiene algo especial: permite disfrutar de una ciudad diferente, silenciosa, pero con un silencio extraño. No es que a otras horas no esté igual de callada, pero hay algo de promesa en esta falta de ruido de primerísima hora de la mañana. Como si los pocos sonidos que van apareciendo explicasen cómo va a ser el día que está a punto de llegar. A veces hay un rumor de lluvia, otras sopla el viento que hace girar las hojas en la esquina de la calle, enloquecidas. Pero la mayor parte de estas mañanas, ese primer paso del portal a la acera es como entrar en otro mundo, más quieto que el de la propia casa, con algo misterioso e indefinible que solo rompen mis propios pasos. O el eco lejano de otros, los de algún currante que también madruga. Como mucho, cerca del fin de semana, del sótano de unas galerías lejanas suben algunas voces, algunas risas de quienes van de retirada o buscando la última.

Ni siquiera ladran los perros que a esa hora dan su primer paseo: ellos también caminan callados, a lo suyo. Tengo un vecino que me recuerda, sin decir nada, que llego tarde si me lo cruzo con su can. Porque si lo veo es que he salido con retraso. Esos días que hay que correr, siempre, y recurrir a un taxi. En la parada los conductores también guardan cierto silencio, aunque algunos charlen o echen un pitillo juntos. Se habla bajito a esa hora, como si todos fuésemos a despertar a alguien (o a algo) si subimos la voz. Como si de alguna de las escasas ventanas con luz fuese a asomar alguien y soltar un «¡chssst!».

Por el camino, la ciudad empieza a animarse poco a poco. Muy poco a poco, como perezosa. Porque en el puerto se adivina actividad aunque no se vea desde la calle, se intuye, se escuchan algunos sonidos, se nota un movimiento que se refleja también en los bares frente al puerto, esos que ya están abiertos y en los que suenan a lo lejos también algunas voces, y se adivina el olor y el sabor del primer café de la mañana.

A veces, dentro del coche solo hay silencio. Ni radio, ni palabras, nada. Otras, suena una canción que el taxista se apresura a bajar cuando subo. Pero cuando descubre que la pasajera no puede evitar cantar, vuelve arriba el volumen. Y mientras suenan los caballos salvajes de los Stones, esa primera conversación de la mañana habla de conciertos de sus Satánicas Majestades, de legendarios momentos en Vigo, en Santiago, en Oporto, mientras cambia el ritmo y suena Ruby Tuesday y la ciudad no amanece todavía pero suma bandas sonoras diferentes, maneras distintas de arrancar el día. Con la voz de Mick Jagger, y las gracias por la música, y el rumor lejano de una ciudad que se despereza.