El Vigía, patrimonio de la humanidad


Lo contó aquí mismo el gran Alberto Mahía (no podía ser otro). El depósito de agua de Monte Alto aspira, como su vecina la torre de Hércules, a que la Unesco lo declare patrimonio de la humanidad. Los promotores «saben que sus opciones son las mismas que las del puesto de castañas de la calle Real», matiza Mahía. Pero ya hay un entusiasta grupo en Facebook donde mil fans del llamado Vigía defienden la candidatura.

Yo creo que, como hacen los países normales cuando luchan por obtener unos juegos olímpicos, lo importante en este caso es plantear ante la Unesco una propuesta unitaria. Sin fisuras. Sin localismos. Porque si vamos a París todos los barrios por separado luego allí nos miran raro y pasan mucho de nosotros. Pero si acudimos a la batalla con una candidatura conjunta de todos los aljibes de la ciudad igual tenemos más oportunidades de las que, desde nuestra proverbial humildad, creemos. Porque el Vigía es el Vigía. Un símbolo de nuestro skyline. Pero ahí están también las cisternas cilíndricas de monte Mero o Penamoa, desde donde uno vislumbra ahora las mejores vistas de la ciudad, que apenas disfrutan unas ovejas que pastan al otro lado de la tercera ronda, porque ya nadie sube allá arriba. Y también tenemos el de Eirís, otra cima de A Coruña que se merece su medalla de la Unesco. Y, por supuesto, está mi favorito, el del Ventorrillo. Porque el depósito del Ventorrillo es caso aparte, como sabemos todos los pacientes del centro de especialidades. No es una simple torre para acumular agua. Es un símbolo del barrio, como el Vigía lo es de Monte Alto. Y hasta tiene su jardincito alrededor, con sus árboles y sus abuelos con los niños tomando la merienda mientras se suben a esos aparatos que ahora instalan en todos los parques para que los mayores hagan ejercicio y que, por supuesto, acaban okupados por los chavales, que se cuelgan de ellos como si fueran trapecistas a punto de dar un triple salto mortal. Y a veces lo hacen, mientras la abuela le insiste al crío en que se acabe el plátano de una vez que hay que volver a casa.

El tanque de Emalcsa en el Ventorrillo, con su jardincito y su cierre tan cuidados y el Vigía, con sus pintadas y sus vistas a la parroquia de San José (que a mí siempre me pareció una pagoda), se merecen esta candidatura y mucho más. Se merecen que los coruñeses saquemos pecho cada día al pasar bajo su alargada sombra. Porque nos dan de beber. Y un coruñés con sed no es un coruñés de verdad. Puede ser un viajante que viene de paso a enseñar sus muestras de lencería en las mercerías, pero no un koruño. El koruño ama las cisternas de Emalcsa como si fuesen la mismísima torre de Hércules o el mimado Obelisco. Porque, pase lo que pase en la vida, uno nunca deja de ser de su barrio y de su depósito de agua.

Por Luís Pousa Coruñesas

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