Un domingo para rezos, pinchos y paseos

Entre las 8 iglesias de la Ciudad Vieja está la única de Galicia que permanece abierta 24 horas


A Coruña / La Voz

¿Qué se hace un domingo por la mañana en la Ciudad Vieja? «Ir a comprar el pan y, los que van, ir a misa». Lo resumía ayer, entre risas, Conchita Astray, vecina de la misma desde hace 53 años. No parece mucha tarea para una jornada que las clarisas de la plaza de las Bárbaras empiezan a las siete de la mañana cantando maitines. Lo hacen todos los días, da igual que sea domingo o miércoles. Este convento es uno de los ocho lugares de culto que hay en la Ciudad Vieja y tiene la singularidad de ser el único de Galicia en el que «adoramos al Santísimo expuesto en la custodia las 24 horas del día, los 365 días del año desde el 25 de febrero del 2016 sin interrupción». Esto explican en una tarjeta en la que invitan a «inscribirte como orador», que significa estar una hora a la semana rezando en este lugar. Casi 400 personas de la ciudad se han apuntado.

A unos metros está la Colegiata, donde los canónigos celebran misa a las 10 de la mañana. Ayer el abad, José María Fuciños, anunciaba que esta tarde, a las seis, se incorporará un nuevo canónigo, José Godoy, hasta ahora párroco de San Antonio.

En la Colegiata está la Virgen de la Estrella, la del gremio de Mareantes, a la que quizá invocaran algunos de los que pasadas las 9 de la mañana de ayer preparaban velas y embarcaciones en el Muelle de las Ánimas para salir a navegar. Pero más que los barcos de vela, lo que llamaba la atención era la salida el yate Aviva, propiedad del millonario Joe Lewis. Lo comentaban quienes paseaban sus perros por los jardines de la Maestranza. Uno de ellos era José Manuel que aludía a la peatonalización de la Ciudad Vieja: «Mira que non haberá maneiras de facela, como a fixeron en Santiago, que foi moi sinxelo, ou en Pontevedra, da que falamos nós e os que veñen de fóra».

De fuera eran dos parejas que poco antes del mediodía sorteaban los charcos del jardín de San Carlos y se asomaban al mirador. El más joven se mostró muy sorprendido al ver que en la piscina de la Solana, al aire libre, nadaban más de una docena de personas: «¡Pero qué hacen! No he visto ni que los vascos se bañen con este tiempo». Lo llamativo es que su acento era... vasco. La natación no era el único deporte ya que había gente jugando al pádel, haciendo bicicleta estática o corriendo.

A unos metros de San Carlos, en el lateral del Abente y Lago se daban los problemas de siempre: «No puedo dejarlo más pegado porque luego no puedo salir del coche; ese sí que pudo dejarlo mejor». Se lo decía un conductor, apoyado en una muleta, a otro que intentaba aparcar en un lugar lleno de vehículos. Y eso que al ser domingo había mucha menos actividad en el hospital.

Sí la había en la Fundación Luis Seoane donde tenía lugar la jornada Mulleres libres e libertarias, con un amplio programa de actividades para toda la jornada.

 Pocas tiendas abiertas

Si poco antes de las diez de la mañana una furgoneta con el rótulo O panadeiro circulaba por la Ciudad Vieja, al mediodía tres mujeres se dirigían a una de las pocas tiendas abiertas, la de Eduardo Piñeiro en la calle Santiago, precisamente para comprar el pan, aunque lo primero era decirle: «Ya te vimos en el periódico (el jueves en La Voz de Galicia)». Eduardo se trasladó desde la plaza de la Constitución, donde estaba al lado de El bajo de Amalia, un clásico de la zona.

En dicho bar, a eso de la una de la tarde, tocaba aperitivo, con los pinchos de empanada en una esquina de la barra y unos cuantos parroquianos leyendo el periódico. Uno de ellos comentaba que a esa hora los ingenieros técnicos industriales llenaban la Orden Tercera con motivo de la celebración de su patrón, San José; luego aclaraba que era palentino.

Unos minutos antes, iba hacia la iglesia de la patrona, la Virgen del Rosario, el arquitecto Andrés Albalat, bromeando, con sus 90 y tantos años «parace que vai chover», cuando ya diluviaba. Iba camino de la misa de una que, según otra vecina, «es de las más concurridas». A ella acuden también usuarias de la residencia La Ciudad confirmando que una mañana de domingo en la Ciudad Vieja es para rezos, pinchos, conversaciones y paseos.

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