El cierre del bar de Filoloxía deja sin comedor a 1.800 estudiantes

La comunidad universitaria exige una solución temporal mientras no se licita de nuevo


a coruña / la voz

«O peche da cafetería é unha evidencia máis do declinar da universidade, que se percibe un día si e outro tamén». Habla el profesor de Arquitectura y estudiante de Inglés Plácido Lizancos, durante un descanso en el bar de Filoloxía acompañado del lector y profesor irlandés Michael Boyce. Al fondo de la barra, rodeado de compañeros, se encuentra Maikel Chao Parapar, doctorando de Lingüística Hispánica y exalumno de un doble grado en esta facultad a la que llegó hace ocho años en extrañas y parecidas circunstancias: El bar también estaba cerrado. «Aquello fue un infierno. Menos mal que estábamos a principios de curso, porque pasamos cuatro meses sin cafetería». Al quinto, en febrero del 2010, María Ángeles González reabrió el local tras ganar el concurso -fue la única aspirante- convocado por la UDC para adjudicar un servicio básico para la comunidad universitaria. Durante ocho años la concesión se renovó automáticamente, pero el pasado octubre, movida por las crecientes dificultades económicas y la falta de expectativas, María Ángeles González comunicó su decisión de no continuar.

Mañana será el último día. Alrededor de 2.000 personas, entre profesores y alumnos del Centro de Linguas y de los grados de Galego e Portugués, Español, Inglés, dobles grados y másteres, quedarán sin servicio de comedor ni cafetería en un edificio en A Zapateira aislado del resto del campus y de la escuela más próxima, Aparejadores, por un fuerte desnivel y 500 metros de carretera en zigzag.

La UDC inició el procedimiento de licitación, según fuentes del rectorado, pero nadie presentó una oferta y el concurso, que obligaba a subrogar al único trabajador que seguía en nómina, quedó desierto. La alternativa que plantea se limita a ampliar las máquinas expendedoras, a la espera de volver a licitarlo «o antes posible». Los alumnos, cuando menos, exigen una sala con mesas y sillas para poder reunirse y comer, con microondas y autoservicio.

«A mis alumnos les digo que si no estoy en el despacho, que miren en el bar. Las ideas surgen aquí»

El bar de la facultad -de cualquier facultad- es el lugar de las partidas de mus, las celebraciones y el intercambio de experiencias, pero también el único lugar donde comer cuando el tiempo es escaso y, como en Filoloxía, alrededor solo hay monte, viento y buenas panorámicas. «En el segundo cuatrimestre, los martes tenemos clase de 8.30 a 15.30 horas, todo seguido, con un descanso de cinco minutos, y los que tienen optativas, vuelven de 16.30 a 20.30 horas. ¿Cómo van a arreglárselas ahora?», pregunta Maite Fernández, alumna de cuarto de Inglés. Once horas de clase con un intervalo de una hora para comer. Los alumnos alternan el menú del día -ayer había lasaña, uno de los platos preferidos por los estudiantes, según la cocinera- con tapas, bocadillos y, más frecuentes de lo que cabría imaginar, platos preparados que llevan de casa y calientan en un microondas situado al final de la barra: una conquista reciente de los estudiantes, impensable en un bar normal.

Aparte de las funciones alimenticias, básicas e insalvables, el bar satisface otras necesidades como aliviadero mental y espacio de encuentro sin la formalidad del aula. «Los debates y las ideas surgen aquí, porque cuesta menos abordar a un profesor en un sitio distendido como el bar. Yo a mis alumnos ya les digo que si no me encuentran en el despacho que me busquen aquí», cuenta Mónica Martín Molares. Michael Boyce, profesor del Centro de Linguas, piensa en sus alumnos no universitarios: «El bar es un centro social, cívico, cultural y sobre todo es un enlace muy importante entre la universidad y la ciudad».

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