Heroinómanos y jóvenes de botellón se hacen fuertes detrás de María Pita

Un vecino denunció en el pleno problemas graves de salud pública y convivencia


El alcalde y la corporación en pleno tomaron nota este lunes de cómo un episodio indeseable puede consolidarse y llegar a aparentar normalidad cotidiana. Un grupo creciente de heroinómanos -mucho menos conflictivos que las jeringuillas que descuidan: no se conocen enfrentamientos con los vecinos- permanece acampado desde hace año y medio en el jardín situado al pie de la fachada posterior del Ayuntamiento, donde pasan el día, tocan la guitarra, beben, se chutan, hacen sus necesidades y mantienen relaciones sexuales a la vista de todos, según residentes que han ido documentando el día a día del grupo.

La preocupación vecinal ha ido en aumento y el lunes un afectado recurrió al escaño ciudadano para denunciar la gravedad de la situación, ya que el jardín donde se han hecho fuertes los toxicómanos se encuentra en un corredor peatonal muy frecuentado en el barrio, a menudo, por niños solos que se acercan a jugar entre los arbustos, a pocos metros de los bancos donde sus padres se sientan al sol.

Los residuos de la droga

«Lo último que piensan los padres que se acercan al centro un domingo es que allí, en plena María Pita, haya un campamento de heroinómanos -relata un vecino-. Y no pasa nada si un adulto ve una jeringuilla o un preservativo, porque sabe qué cosa no debe hacer, pero un niño pequeño los ve y hace justo lo contrario, va directo a cogerlos porque pueden servir de juguetes».

La violencia está en el botellón

El asentamiento de los yonkis es solo una parte del problema, «no digo que la menos importante, pero desde luego la menos violenta» en este reducido espacio de apenas 1.500 metros cuadrados. La amenaza procede de otro grupo más joven y abundante -llegaron a ser ochenta- formado por chavales, muchos de ellos menores de edad, que hace unos meses motivaron la intervención continuada de la policía, que consiguió disolverlos. Ahora vuelven. «Son doce o trece, todavía», se reúnen en el túnel que comunica el jardín con Troncoso y, según diferentes testigos, son «agresivos», «han entrado en portales y en bajos y vaciado extintores», «utilizan el ascensor que sube a General Alesón para hacer submarinos de marihuana [encerrarse a fumar en un espacio pequeño para saturar el aire]», «trafican con drogas», portan navajas, han robado sillas de las terrazas para lanzarlas desde arriba, desafían a los vecinos y, a diferencia de los heroinómanos, tienen atemorizados a los vecinos, que ni utilizan el ascensor ni se acercan al grupo a menos que sea inevitable. «¿Como era aquello de que el lugar más seguro para los delincuentes es en las narices de la policía? Pues aquí tal cual», resuelve un vecino.

«Me miró a los ojos y me dijo: ¡‘Qué miras!’ Tendría 12 años, pero se me pusieron de corbata»

«Nos cansamos de llamar a la policía, sabemos que no es la solución, pero qué otra cosa podemos hacer. La policía nos dice que tenemos razón, pero que son enfermos y nosotros estamos de acuerdo, son enfermos, solo pedimos que los traten como tal. Lo que no podemos consentir es que se sigan exponiendo a los niños a este riesgo», explica una trabajadora de Troncoso sobre la aparición de residuos de heroinómanos en el jardín posterior de María Pita. «Jeringuillas, gasas con sangre, preservativos, vasos, bricks, mantas... Les han tomado la medida a los servicios de limpieza. Vienen por la mañana, recogen todo lo que pueden y tan pronto como se van aparecen los drogadictos. No sería de extrañar que no se esmeraran, que lo hacen. Saben que media hora después todo volverá a estar igual», describe un vecino, conocedor de sus idas y venidas.

El conflicto del botellón es de mayor envergadura, según este hombre, pues entraña un problema de difícil abordaje como la violencia entre menores. «Algunos no parecen tener más de 10 o 12 años. Da la sensación de que son hermanos de los mayores, que los llevan con ellos». De su agresividad ofrece una anécdota: «Vi a una niña insultando y acosando a otra, debía de ser una compañera de colegio, de una manera terrible, amenazándola, con muchísima violencia. Entonces se dio cuenta de que yo la estaba viendo, me miró a los ojos y me gritó: ‘¡Qué miras!’. Tendría 12 años, pero me eché a temblar, se me pusieron de corbata».

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