Trump en el vestuario de la Solana


Cada vez que escucho el célebre discurso final del replicante Roy Batty en Blade Runner, el de yo he visto cosas que vosotros no creeríais, a mí en lugar de soñar con el hiperespacio, el universo que se expande y otros asuntos cosmológicos y cosmogónicos, me da por pensar en el vestuario masculino de la Solana. Yo me imagino a Roy, con su toalla blanca anudada en la cintura, recitando en medio de las baldosas marrones:

-Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de combate en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Y no es porque piense que alguna de las puertas del mar de la antigua muralla pueda ser la puerta de Tannhäuser donde brillaban los rayos C, que también podría ser, sino porque en el vestuario -el masculino, el femenino no lo controlo- de la Solana es donde más a menudo he visto cosas que vosotros no creeríais. Allí he descubierto usos de un secador de pelo que ni siquiera el replicante de Blade Runner podría haber intuido. En el vestuario de la Solana, entre los bancos donde los atletas y nadadores se acicalan después de sus maratones y sus triatlones, he escuchado soluciones rotundas a problemas tan complejos que un día estuve por preguntar a los oradores si tenían un momento para resolver la hipótesis de Riemann. Luego lo pensé mejor y me quedé callado. Porque cuando un tipo plantado en bolas en medio de un vestuario dice que él acababa con el problema de los refugiados en cinco minutos, lo mejor es rumiar tu incertidumbre y meterte en la ducha con el grifo a tope para no oír nada más.

De tanto ver y escuchar cosas que vosotros no creeríais, uno acaba por perder el sentido de la historia, que quiere decir que uno ya no sabe si algo ha sucedido de verdad o si en realidad es un cuento. Es el problema de que historia, en castellano, pueda significar ambas cosas. O tal vez sea mejor así. Quién sabe. El caso es que yo creo que una mañana de hace muchos años vi aparecer por el vestuario de la Solana a Donald Trump, con su albornoz del Finisterre y su pelo milagrosamente intacto tras hacer unos largos en la piscina olímpica. Seguramente fue una alucinación, porque aquel Trump solanero hablaba un perfecto español con acento koruño, y ya sabemos que a Donald le da alergia este idioma que se habla en México y por eso quiere levantar un muro, para que no se cuelen palabras hispanas al otro lado del río Grande. Pero, pensándolo bien, igual Trump tiene algún pariente perdido por aquí. Porque su discurso inaugural del día 20 lo he escuchado muchas veces en el vestuario de la Solana, el lugar donde se ven cosas que vosotros no creeríais.

Por LUIS POUSA Coruñesas

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Trump en el vestuario de la Solana