Ane Brun llevó a Shakespeare a la plaza de María Pita

La Sinfónica arropó la peculiar voz de la cantante nórdica en una actuación llena de giros musicales


A Coruña / la Voz

Esta no es la crónica de un concierto. Para eso hay que saber de música. Al menos tanto como Ane Brun, la cantante noruega que tiene por ojos dos esmeraldas. Caía el sol cuando la cantautora subía al escenario de la plaza de María Pita, ese enorme joyero, esa caja de música en la que cada mes de agosto brillan las mejores joyas musicales de la ciudad. Ayer era el turno de los profesores de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Durante esta semana ha pasado la Orquesta Joven. Y la Orquesta de Niños y Niñas, que actuaron por primera vez en ese escenario. Y el Coro Joven de la OSG. Y los músicos del Aula de Jazz de la Escuela Municipal de Música. Es un joyero musical al que nos hemos acostumbrado. Pero de vez en cuando habría que recordar su valor. Como decir «te quiero» a quien quieres, sin darlo por supuesto. Ane Brun puso ayer su broche en ese joyero. Con una voz peculiar, su seña de identidad. Con una guitarra que abraza de una manera diferente. Con un montón de canciones intimistas que están, todas ellas, en su decena de discos. Son temas que ha ido paseando por medio mundo, en las giras por Europa y en las colaboraciones con un nutrido grupo de artistas.

Habría que recurrir a los catadores de vinos, a esos barrocos maestros del calificativo, para explicar el retrogusto musical de Ane Brun a las calles de Barcelona, donde tocaba canciones de Ani Difranco, Ben Harper o PJ Harvey. Habría que preguntar a esos catadores, si el ritmo de Alfonsina y el mar que cantaba Ane en María Pita tiene el sabor afrutado de aquella Otra vez, la primera canción que compuso, en castellano, cuando tenía 22 años. Habría que preguntarles si el sabor a un roble de la música como es Peter Gabriel, en el que se apoyó Ane para su explosión musical, sigue estando en su versión del clásico Don’t Give Up.

Y la transparencia, en este caso no del vino, sino de los músicos que Ane es capaz de descubrir en ese violinista de la Sinfónica de Galicia que, decía ella, «tiene alma de rockero». Porque ayer no todo fue melancolía, canciones intimistas, que son la especialidad de esta mujer que diferencia entre componer canciones y escribir letras. Ya lo había anunciado, «no todo será suave». Para ello contó con la complicidad de los músicos (tres de los que estaban sobre el escenario son los que le acompañan siempre) y del director de la OSG, Dima Slobodeniouk, muy buen conocedor de la música nórdica.

Ane Brun, a la que en más de una ocasión han comparado con artistas como Joni Mitchell o Björk, se atrevió con una ópera antigua. Además invocó al mismísimo William Shakespeare con un texto del escritor que le ha servido para componer una de sus canciones, en un año de celebraciones dedicadas al autor inglés. Y todo ello con una sonrisa que conquistó al numeroso público que, una vez más, superó la capacidad de las sillas instaladas en la plaza de María Pita y que volvió a ver esa joya que es la Orquesta Sinfónica de Galicia, capaz de arropar a una artista de la música alternativa. Pero esta no es la crónica de un concierto. Es la caja, abierta, de un joyero.

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