Enrique Tenreiro: «He tenido más de treinta novias serias en mi vida»


Es un personaje. Clava su autodefinición. «Soy buena persona y creativo». En los últimos años protagonizó varios performance. Charlamos en la sede de Afundación en el Cantón donde un buen día apareció en pijama para inaugurar una muestra de sus esculturas. «Y subí en el ascensor acristalado sentado en un bidé. Hago locuras, pero eso no quiere decir que este loco. Es por provocar y para homenajear a Duchamp», explica. Habla mucho. Arte, familia, amor y obsesiones son los temas principales. Me cuenta diferentes historias, algunas tragicómicas. «El día que cumplí 40 años mi mujer me pidió el divorcio. Las cosas ya no estaban bien, pero me fui a Villafranca del Bierzo con unos amigos para celebrar el cumpleaños, tomé unos vinos, me lie...», asegura Enrique Tenreiro Lucena, coruñés de febrero del 69. «Soy anterior a la llegada del hombre a la luna. Eché cuentas y resulta que fui concebido en mayo del 68», analiza sin apearse la gorra.

Familia con pedigrí

Es padre de dos hijos, Henrique, de 11 años, e Inés, de 7. «Son superdotados, de un coeficiente intelectual muy alto. Debieron de salir a su bisabuelo, al arquitecto, porque los padres somos normalitos». El abuelo de Enrique y bisabuelo de los chavales es Antonio Tenreiro Rodríguez, arquitecto del edificio del Banco Pastor. «Fue el más alto de España de 1925 a 1928», informa. Demuestra que conoce perfectamente el árbol genealógico de su familia con pedigrí. Empieza el relato en 1850 cuando los Tenreiro de Pontedeume emigraron a Cuba. Y sigue durante un buen rato. Me habla del reciente fallecimiento de su padre. «Hace tres meses, cuando sucedió, reflexioné mucho sobre la muerte. He visto el horror del final de la vida. Tengo claro que yo, llegado el momento, me quito del medio». Nació en el Belén. Estudió en Peñarredonda y Santa María del Mar. «Y después me fui a Madrid a hacer el imbécil durante nueve años. Hasta monté un bar sin que mis padres supieran nada», recuerda. «Yo creo que fui un niño hiperactivo», añade. Dice que vive para el arte, pero no del arte. «Vivo de algún negocio familiar y es suficiente. No da para comer langosta todos los días, pero sí filete», afirma. Tiene claro que «no puedo trabajar en una oficina con un jefe. Soy complicado. Creo que hubiese sido un buen creativo publicitario». Me habla de su infancia. Hay que aclarar que su padre se casó dos veces y tuvo seis hijos con la primera mujer, que murió a los 35 años. Con la segunda, de 22 años, mucho más joven que él, tuvo otros cinco. «Era el pequeño de nueve hermanos y después vinieron dos más. Quizás ahora busco el cariño de los demás porque me faltó de pequeño». Dice que no es bipolar, pero si cambiante. «Tengo momentos de bajón. Soy un poco obsesivo y mi obsesión es que me vaya bien en el arte, que mis hijos estén orgullosos de mí», reflexiona.

150 piezas

Vive solo. Su compañía ahora mismo son dos perros que cogió en una perrera. «Solo, porque voy de fracaso en fracaso. Acabo de ir a Nueva York con una chica americana y ya me dejó. He tenido más de treinta novias serias y sigo buscando mi media naranja. Tengo claro que no podría estar con una top model si no entendiese algo de arte». Presume de tener muy buenos amigos. Le gusta pasear, la naturaleza? Me habla de su proyecto de las raíces del árbol de Pondal. «Mi idea es que acabe en el Museo de Belas Artes. Ya no vendo esculturas. Voy haciendo, y cuando llegue a 150 piezas lo dejaré. Me gustaría que estuviesen en un sitio todas juntas», comenta Enrique, un tipo cariñoso y diferente.

«Soy un poco obsesivo y mi obsesión es que me vaya bien en el arte»

El pulso de la ciudad pablo.portabales@radiovoz.com

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