Un submarino soviético arribaba a Os Mariñeiros


A los de Os Mariñeiros les iba la construcción naval. Para la hoguera del barrio, en el 2000 habían reproducido un barco, y un año después, se les había dado por crear su némesis, un submarino de 28 metros de eslora. Setecientos palés, 60 litros de pintura y 70 kilos de puntas le daban forma y lustre al casco. Casi nada. Y aunque la guerra fría fuese agua pasada, la nave exhibía en su torreta una estrella de cinco puntas. Roja, como la inscripción «U.R.S.S.» de las amuras. «Somos más comunistas que yanquis», se justificaba sonriente el capitán.

Lástima que el período de servicio del F-503 (la propuesta de bautizarlo como Hijo de Putin no había cuajado) fuese a terminar unos días después de la botadura. La noche de San Juan, al grito de fuego no respondería una salva de cañonazos ni misiles saliendo de los silos, sino las llamas que lo consumirían junto al churrasco y las sardinas.

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Un submarino soviético arribaba a Os Mariñeiros