San Andrés es Nueva York

Recorrer esta calle es hacer inventario de derribos y carteles de «se alquila»


Sostiene Raúl Guerra Garrido, que para algo es premio nacional, que la Gran Vía es Nueva York. Pues si la Gran Vía madrileña es Nueva York, qué decir de San Andrés, esa Gran Vía doméstica que serpentea entre la Estrecha y la plaza de Pontevedra, entre la Proveedora Gallega Fábrica de Chocolates Juan Vázquez Pereiro y el hostal Maycar. Si la Gran Vía es Nueva York, San Andrés lo es con muchos más argumentos porque en San Andrés, hasta hace un par de décadas, teníamos una tienda fundada en 1920 y llamada premonitoriamente Nueva York en Coruña.

La tienda, como tantas otras cosas, ya no está en su sitio. La enésima ruina de esta calle en perpetuo estado de liquidación por cierre o por derribo arrinconó Nueva York en Coruña en el 26 de Santa Catalina, que no es San Andrés, pero casi. En el escaparate todavía se exhiben patucos, baberos y gorritos para bebés, pero más que de Nueva York parece que vienen de la cesta de calceta de la abuela.

Andar por San Andrés es hacer inventario de demoliciones y cierres, y recuento de los carteles de «se alquila». En el mismo arranque, bajando la Estrecha a mano izquierda, está el Universal, un café ya con cierta solera (1993) que cierra cada equis años para susto y pasmo de su fiel clientela. Hasta llegaron a colgar un calendario con una cuenta atrás para el cerrojazo definitivo, pero luego nunca llegó, y todos volvimos a nuestros cafés con leche y a nuestros periódicos.

Algo más allá estaba la librería La Poesía, que ya bajó el telón hace años, pero en la misma acera aún resiste desde 1930 La Camelia, tutús y bailarinas, frente a la capilla castrense y su cruceiro urbanita. «Reedificada esta iglesia a expensas de don Eusebio da Guarda y bendecida el 17 de mayo de 1890», se lee en la entrada del templo, donde los devotos echan monedas para encender las velitas electrónicas del Cristo de la Buena Muerte y de Santa Modesta. La puerta de la antigua iglesia de San Andrés está hoy incrustada en la muralla del jardín de San Carlos (otro caso de arquitectura levadiza o portátil) y sirve de entrada (siempre cerrada) al Archivo del Reino.

A solo unas zancadas está La Crisálida, una mercería con atmósfera de museo o gabinete de curiosidades, con sus vitrinas de pantis, abanicos y mantones de Manila. También podía ser el armario secreto de un fetichista, con su colección de piernas de maniquí con medias de rejilla catalogadas por colores que yo no sabía ni que existían (azafata, negro camello o negro antracita). El erotómano, al dejar La Crisálida, puede entretener la espera en la gran parada del bus de San Andrés, mirando de reojo los encajes del escaparate de Eva, lencería, corsetería y moda baño, que yo ya espiaba de pequeño mientras no llegaba el 7.

En el cruce con la Rúa Nueva, la sede de la difunta Caixa Galicia -que ahora ya no es caja de ahorros ni monte de piedad, sino Novagalicia Banco- es uno de esos atentados arquitectónicos de los que A Coruña guarda mala conciencia. Por eso, por la mala sangre que todavía se hacen los más veteranos, se dejó en la entrada por Rúa Nueva una foto en blanco y negro del antiguo y hermoso edificio, con su esmerada torre del reloj. De todo aquello solo queda un reloj colgando tristemente sobre la esquina, como recordando un tiempo en que había arquitectura, ahorros, piedad e incluso monte.

Otra aberración arquitectónica fue hacer añicos el antiguo Circo Recreativo e Instructivo de Artesanos para levantar en su lugar otro insulso edificio, en cuyo bajo hoy sestean los socios mientras juegan a la escoba en la mesa camilla con tapete de ganchillo.

En San Andrés, a falta de estas cosas, hay mucho hostal, mucha pensión, mucha zapatería, mucha tienda para equipar la casa, como El Baúl de la Abuela, todo para el hogar, los mejores precios, o La Marola, en la esquina con la calle del Africano, ahora también en liquidación total, que todavía reivindica en el umbral su clásico lema: Precio fijo.

Cándida, de 1935, es otro de esos locales heroicos que sobreviven en nuestra Gran Vía. Yo ya iba a Cándida hace muchos años, de la mano de mi madre, a comprar botones y otros chismes de costura, pero aún hoy de vez en cuando me dejo caer por allí, para comprar unos cordones de zapatos o una cremallera, solo por la alucinación de entrar en un espacio que parece una de esas instalaciones efímeras con las que flipan los visitantes de los museos de arte contemporáneo.

En Cándida la instalación es el recinto, con sus mil cajoncitos para botones y hebillas. Y, como ya están desde siempre en la vanguardia, en el escaparate, al lado de los alargadores para sujetadores, se anuncia la galaxia digital: «Síguenos en Facebook». Cuando la mercería te pide que le sigas en Facebook es como para empezar a preocuparse.

En el cruce con Santa Catalina ya hace tiempo que está cerrada la puerta de El Barato Mercantil, aquel local que exhibía sus inquietantes maniquíes a pie de acera, ataviados con uniformes de la Legión o de barbero. De niño, cuando me llevaban al también desaparecido Rigbabá a tomar un pepito de ternera, me daba mucho miedo pasar junto a aquellos maniquíes, que eran unos muertos demasiado vivos para mi gusto. Ahora aquellos zombis quedarían muy bien en una calle con tantos espectros, que buscan su sitio entre las ruinas de la Peña Taurina, Pidolti, los cines Tom y Jerry, Pascual o la sombrerería Dandy.

Pero no todo son fantasmas, no todo ha caído bajo la piqueta. Porque sigue en pie Neptuno, en su fuente, algo crecido este año por la Liga del Atleti, aunque en su escudo brilla la Torre de Hércules reglamentaria, y también Wenceslao Añón, la Casa de las Máquinas, taller de reparación, donde se puede uno comprar una Olympia, una Olivetti o incluso una Mignon (AEG) portátil.

San Andrés es Nueva York porque es nuestra Gran Vía, con sus grafitis y su bullicio de gentes, aperturas y cierres, y porque aquí ha recaído, después de orbitar por media ciudad, desde la calle Real a Los Olmos y ahora a San Andrés, una librería aerotransportable, Nova Colón, donde Begoña y Silvia todavía te atienden con una sonrisa. En el escaparate también sonríen las Ninfas y calaveras, de Ramón Gómez de la Serna, que son las mismas ninfas y calaveras de esta calle entre la arqueología y el acero.

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