«Si no fuera un negocio familiar no hubiésemos durado 37 años»

La discoteca Chaston resiste con salud el declive del sector adaptándose al momento


A CORUÑA / LA VOZ

Cuando José Mosquera abrió la discoteca Chaston en 1977 la calle Costa Rica ni siquiera estaba asfaltada. Lo recuerda su hija, María del Mar Mosquera, que ahora lleva el local por el día. De noche, la secunda Eduardo Fraga, su marido. Son la cabeza visible de la saga que sustenta uno de los templos más particulares de la noche coruñesa. «Aquí tenemos un trato muy familiar. No es como, por ejemplo, en una discoteca de Madrid, que puedes ser más anónimo», describe ella. «Es clientela de los fines de semana. La mayoría tiene reservada su mesa», añade él. ¿Siempre? «Sí, sí. Nosotros sabemos quién falta. De repente, queda una mesa libre y a la semana siguiente el cliente habitual te explica ?Nada, es que tuve que ir a Barcelona y tal?. Nos gusta que sea así».

Los dos hablan con orgullo del negocio. Y echan en falta a Miguel, hermano de María del Mar, fallecido en abril del 2008. «Era el verdadero alma de la discoteca», recalca. Hasta entonces la familia regentaba también Foxtrot, en Juan Flórez. Ahora concentran todos sus esfuerzos en ese sótano del número 4 de Costa Rica, resistente a los embates la crisis. «Tardó en llegar, pero llegó -admite ella-. Se nos juntó con la Ley del Tabaco, con otro tipo de locales nuevos y con esas terrazas que no son terrazas, que en fin... Pero, bueno, todo pasó y ahora parece que la gente se acostumbró a lo de no poder fumar y se está remontando».

No es la primera vez. Antes estuvo la resaca del bum del 92. Luego, la llegada del euro. Y ahora esta crisis acompañada de «una subida del IVA brutal», puntualiza. Sin embargo, Chaston le mantiene firme un pulso a la situación. En el fin de semana trabajan 14 personas y el local se suele llenar a medida que avanza la noche. Antes era diferente. «En los ochenta, se podían ver colas que doblaban por la avenida de Arteijo hasta la farmacia», recuerda María del Mar. «La gente consume menos. Antes tomaban tres copas y ahora una, porque llegan más tarde», puntualiza Eduardo.

A estos clientes le ofrecen algo inédito en el 2014. «La gente se siente muy atendida porque tenemos camareros de sala que atienden en la mesa», explica ella. Esto, claro, revierte en la caja: «El público aquí consume, no como en un pub del Orzán que, a lo mejor, está abarrotado y, luego, realmente nadie está bebiendo».

Se conjugan aquí muchas cosas únicas. Además de ese servicio añejo, se da en él un respeto por la concepción original de la discoteca. Hoy en día, adquiere un encanto especial. El suelo de la pista, de madera, sigue intacto. Las bolas y los paneles de espejo permanecen ahí desde 1977. Y el aspecto general, con maderas brillantes, lámparas estratégicamente colocadas y diferentes rincones, exhuma un ese aroma vintage tan en boga en los últimos años. Esto está proporcionando cierta renovación. «Viene gente joven a la que le gusta esta decoración y ver algo diferente a lo que hay por ahí», confirma Eduardo que presume: «En Chaston hay gente desde 18 a 60 años».

Al final, en las palabras de este matrimonio subyace el amor por un medio de vida que nace en la familia y resiste gracias a ella. «Posiblemente, si no fuésemos un negocio familiar a lo mejor no hubiésemos durado 37 años», reflexiona ella. Y abre un álbum de fotos con actuaciones allí vividas. Juan Pardo, Paloma San Basilio, Arévalo, The Platters o Rocío Jurado, entre muchos otros, figuran en la galería de artistas ilustres que pasaron por la discoteca. «En estas actuaciones no cabía ni un alfiler», dice y, como quien coge impulso, augura tiempos mejores. «La crisis no va a durar toda la vida y ahora las cosas están mejor que hace un par de años», completa su marido.

Esta noche, los habituales volverán a su mesa. Eduardo vigilará, como siempre, las ausencias. La bola de espejos sigue girando en el 4 de Costa Rica.

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