1.336 metros mar adentro

El dique de abrigo, poblado por felinos y bicis, ya luce placa de avenida


Al dique de abrigo le han colgado una placa los del Ayuntamiento en la que se lee un chiste de cutre humor municipal: «Avenida dique de abrigo».

El cartel, de azul burocrático y reglamentario, es como uno de esos letreros que hay pegados por todas partes en las escuelas para que los niños aprendan inglés: «chair» sobre la silla, «teacher» sobre el mandilón a rayas de la seño (o profe, ya no sé, que voy mayor) y así hasta el infinito y más allá.

El letrero parece el típico exceso de celo del funcionario destinado a la cartelería. O igual, ojo, lo han colgado porque los repartidores de pizzas se desorientaban y no le servían la cuatro estaciones a los chicos de la Torre de Control. Quién sabe. La burocracia está en todas partes, como la divinidad.

De chavales paseábamos por lo alto del dique, en plan equilibristas, pero ahora hay una verja y un cartel que dice que está prohibido el paso. Más abajo hay otro letrero: «Prohibido bañarse». Se ve que desde que manda Merkel todo está verboten.

El dique de abrigo es la zancadilla que A Coruña le pone al Atlántico para frenarlo un poco, ya al borde del área, y poner a resguardo sus petroleros, sus buques, sus paquebotes de panza oxidada.

En el dique -además de corredores nocturnos, alpinistas, paseantes y bicicletas, muchas bicicletas- vive una tribu de gatos callejeros. Antes en el dique había casi tantos gatos como en Roma, que es la capital internacional de los felinos, será porque el bicho tiene querencia a las piedras, a las ruinas, a la historia, a los foros imperiales. No sé, pero en Roma hay muchos gatos, casi tantos gatos como en Facebook, que es el lugar del mundo donde hay más gatos.

En el dique ya no hay tantos felinos. Los ha debido liquidar la autoridad competente -perdón por la contradicción-, pero de vez en cuando se cruza un gato negro entre los paseantes, que se santiguan a medias sobre el chándal para espantar la mala estrella.

Hace años también había erizos entre las rocas, pero de tanto hundir petroleros en sus narices acabaron extinguiéndose, no sé si envenenados o aburridos de la desidia ministerial.

A falta de erizos hay pescadores de caña que pillan jibias y algún calamar con unos peces de colores muy chillones. El especialista hasta pesca alguna lubina de vez en cuando, pero últimamente la cosa está cruda y los pescadores del dique charlan quejosos mientras lanzan el sedal una y otra vez.

-Ni una triste picada, vaya mañanita.

Hay pescadores de silla plegable, de noray y de roca.

-Este calamar no es moco de pavo.

La Torre de Control es una guillotina de 80 metros de alto en medio del dique. Parece que abajo aguardan las tricotosas haciendo punto mientras ruedan las pelucas de la aristocracia, pero no, lo único que ruedan aquí, un domingo por la mañana, son las bicicletas sobre los charcos.

Cuando el Mar Egeo (1993) se estampó contra las rocas de la Torre de Hércules nos contaron los políticos que levantaban la Torre de Control para que no se esnafrasen más petroleros en nuestros morros, pero luego, cuando el Prestige, ya comprendimos que en realidad la torre la habían construido los ministros para ver, con más perspectiva y altura de miras, cómo se esnafraban los mismos petroleros, cómo se iban contra las mismas piedras con sus alforjas cargadas de fuel.

-Moita torre, pero o mesmo chapapote.

Los viejos del lugar, cuando dictan sentencia, hacen callar a todo un Consejo de Ministros.

Desfilan los jubiletas, los anticoagulados, los sintroneros, parejitas en chándal que sudan de la mano y bicis, muchas bicis, de carreras, de montaña, de paseo y hasta de ruedines.

Las gaviotas van cagando con mucha profesionalidad y esmero sobre los paseantes.

Para ver el skyline de A Coruña desde el dique hay que sentarse en un noray, como cuando de niños íbamos a pasear por el puerto y las grúas nos meaban encima su grasa negra sobre la camisa recién planchada del domingo.

Crujen los pantalanes y los cordajes de los veleros, y a lo lejos muge un petrolero.

Se acaba el dique y hay que volver a la ciudad. Caminar de vuelta desde la punta del dique es lo más parecido a entrar en A Coruña en barco, navegando, andando sobre esas aguas que aquí rellenamos de tiempo en tiempo (le echamos piedras encima para ampliar la ciudad, y el océano, muchos años después, nos las escupe a la cara).

En el dique, como en la peli de Amenábar, estamos mar adentro, 1.336 metros mar adentro, pero la única eutanasia es la luz que le pasa la mano sobre el lomo al Atlántico.

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