El Supremo no ve alevosía en el crimen de los mellizos de Monte Alto

Rebaja en 8 años la pena al autor y mantiene los 12 de prisión para la madre

Javier Estrada, durante el juicio en la Audiencia coruñesa.
Javier Estrada, durante el juicio en la Audiencia coruñesa.

A Coruña / la voz

Alejandro y Adrián murieron cuando apenas tenían 10 años a manos de la pareja de su madre porque los críos tiraron un reloj al suelo. Solo por eso. Primero los golpeó con la tabla de un armario y los remató con el sillín de una bicicleta. Hace ahora un año, la Audiencia Provincial condenó a este hombre a 43 años de prisión como autor de dos delitos de asesinato con el agravante de parentesco y la atenuante de confesión, cinco delitos de maltrato familiar y dos de malos tratos habituales. Su abogada recurrió al Supremo y este ha hablado. Para decir que lo que cometió ese individuo no fue un asesinato, sino un homicidio. El matiz es importante, pues rebaja su pena en 8 años, teniendo que cumplir, por tanto, 35 años de cárcel.

¿Por qué? La respuesta no es sencilla. El tribunal emplea seis páginas en razonar los motivos que lo alejan del asesinato y lo acercan al homicidio. Para condenarlo por lo primero tendría que haber existido alevosía. Y ¿esto qué es? Pues la comisión de un delito «a traición y sobre seguro». «Es el empleo de medios, modos o formas en la ejecución del hecho que tienden a asegurar el delito, sin riesgo para el autor de acciones que procedan de la defensa que pudiera hacer el sujeto pasivo o un tercero». Dicho con otras palabras, es matar a alguien sin dejar posibilidad alguna de defensa o huida a la víctima. En el caso que nos ocupa, ¿tenían unos niños de 10 años opción alguna de defensa o escapatoria? Para el Tribunal Supremo, sí. Para las acusaciones particulares y para el fiscal, no.

La sentencia les responde que Javier Estrada pudo haberse ensañado con los niños -sus cuerpos recibieron decenas de golpes-, pero otra cosa es la alevosía, «puesto que no se impidió la defensa de los niños ni, incluso, la posibilidad de huida». Otra cosa sería que el homicida cerrase la casa a cal y canto para evitar su fuga, los metiese en una habitación y allí les diese muerte. En este caso, Javier Estrada primero agredió a uno hasta dejarlo malherido y luego fue a por el otro.

La madre, a prisión

La madre de los pequeños no estaba en el piso del barrio de Monte Alto la mañana del 21 de agosto del 2011. Había ido a trabajar y dejado a los críos al cuidado de su pareja. Pese a todo, le impusieron una condena de 12 años de cárcel porque miró hacia otro lado cuando todo el mundo le aconsejaba que lo dejara. En definitiva: María del Mar Longueira perdió a dos de sus hijos a manos de su compañero porque no hizo nada para evitarlo. No escuchó a sus amigos y a todo aquel que se cruzó en sus vidas y le pedía que lo echara de casa, que ese hombre que había conocido unos meses antes a través de una agencia de contactos iba a terminar matando a los mellizos. Pero nada. La mujer continuó con la relación. Es más, también ella los maltrataba. A golpes e insultos. Por todo esto, la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de A Coruña y ahora el Supremo la condena a 12 años y 9 meses de prisión. Sin posibilidad de recurso, tendrá que ingresar de inmediato en prisión.

Así sucedieron los hechos aquella mañana de agosto del 2011. Javier Estrada, que relató lo ocurrido sin dejarse detalle alguno, detalló que se puso a explicarles a los niños el funcionamiento de los relojes de aguja. Uno de ellos cogió el despertador y lo tiró al suelo. «Ahí me puse muy nervioso», recordó el acusado en su declaración judicial. Fue cuando cogió la tabla de un estante y se fue hacia ellos. Adrián corrió hacia la habitación, mientras que Alejandro se fue a la cocina. Lo siguió y empezó a darle una y otra vez hasta que lo dio por muerto. Fue entonces en busca de Adrián. Lo redujo de un solo golpe. Continuó agrediéndolo hasta que se le rompió la barra. Buscó otra arma y la encontró en el sillín. Entonces oyó ruidos en la cocina. Alejandro agonizaba. También a él le dio con el sillín.

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