Políticos y escritores han moldeado el eslogan de la ciudad durante los últimos cincuenta años


A Coruña/la voz.

Ha llegado el fin de trayecto de un eslogan fallido cuando no había ni alcanzado los diez años de edad. No hay duda, El balcón del Atlántico nunca llegó a cuajar. No lo hizo entre la ciudadanía. Tampoco entre los turistas. La identificación con lo coruñés apenas existió y, en cuanto empezó a rodar como lema oficial, se constató su equivocada elección. Por no ser, que ni siquiera se trataba de un rótulo excesivamente novedoso. Tal y como recuerda el historiador Carlos Fernández, hasta tres ciudades españolas, entre ellas Moguer, lo tenían en el momento en el que se difundió en A Coruña.

Además de ello, la referencia a la ciudad como «balcón del Atlántico» se encuentra en varios textos anteriores. Carlos Fernández alude, como el más conocido, a uno de Salvador de Madariaga procedente de una conferencia que pronunció en Sudamérica tras la II Guerra Mundial. En aquel acto el escritor y político dijo: «Soy gallego y de La Coruña, que es un balcón del Atlántico». Dentro del mismo discurso, añadió que «el gallego es un personaje andariego y universal, abierto a todos los vientos, condición que origina su sentido del matiz, que es lo que produce también su sentido del humor, gracia que asoma por las fisuras de los seres nostálgicos, cargado de contrastes».

No fue la única ocasión en la que Salvador de Madariaga utilizó esa expresión. Años después, en una entrevista, volvió a insistir en sus respuestas en la imagen citada: «Yo nací en La Coruña, que es un balcón del Atlántico, abierto y libre como el vuelo de las gaviotas».

El más famoso

La historia de la ciudad está regada de eslóganes con las más variadas procedencias. Posiblemente, el más famoso y de más calado en los coruñeses de todos ha sido el de La ciudad en la que nadie es forastero, todo un clásico. Carlos Fernández fecha su nacimiento en el año 1962 y lo atribuye a un personaje ilustre de la historia de la ciudad. El alcalde Sergio Peñamaría de Llano, pretendiendo destacar la tradicional hospitalidad de la ciudad, lo introdujo en la carta de saludo a los participantes en una competición ciclista que se celebraba en la ciudad. Lo hizo del siguiente modo: «Espero que os encontréis bien, pues La Coruña es una ciudad en la que nadie es forastero». A partir de ahí, la expresión se popularizó y pasó a las vallas publicitarias como el mejor de los saludos posibles para atraer al turista.

Hubo otros. Además de La ciudad en la que nadie es forastero, A Coruña encuentra entre los libros con las más variadas definiciones. El historiador Carlos Fernández comenta que Wenceslao Fernández Flórez la bautizó como El bosque animado, Emilia Pardo Bazán la llamó Marineda y Álvaro Cunqueiro la definió en un artículo publicado en La Voz en 1954 como La ciudad de la luz.

Por su parte, Mariano Tudela escribió sobre A Coruña en los siguiente términos: Ciudad donde el tiempo parece perderse. Julio Rodríguez Yordi la definió como Cristal y sonrisa. Carlos Martínez Barbeito, por su parte, la llamó Hija del mar; y Camilo José Cela la reflejó con un Balcón del mar, tremendamente cercano al eslogan que ahora se acaba de cambiar por A Coruña, gústame.

Ramón Otero Pedrayo aludió en su día a ella como Ciudad luminosa. Pedro de Repide la denominó como la Ciudad encantada y espejo de las horas. Y, ya por último, César González, la llamó Ciudad elegante.

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