Basura, presupuestos y guillotinas


Justo 255 años antes de que comenzara la construcción de la planta de tratamiento de residuos de Nostián nació en París Antonio Lavoisier, considerado el fundador de la química moderna. Lavoisier acuñó la ley de conservación de la materia. He aquí su frase: «La masa ni se crea ni se destruye, se transforma». Con este espíritu, con el de la transformación de la basura, nació Nostián. Y con esta advertencia: la masa no se destruye, no se evapora ni hay felpudo que la pueda tapar.

Se podría decir que la basura es esencialmente democrática. Todos la generamos y todos, aunque unos más que otros, pagamos el peaje de producirla y de intentar que no nos acabe devorando o desplomándosenos encima, como pasó hace 14 años. De quienes gobiernan es la responsabilidad de que esto no vuelva a suceder.

La planta de Nostián fue el modelo elegido para evitar una nueva tragedia. Hay que apostar por el verde cueste lo que cueste. Y cuesta: todos los años el Ayuntamiento destina 20 millones a la limpieza y tratamiento de lo que nos sobra en casa. Pronto podría engordar la minuta: existe una deuda millonaria con la concesionaria que algún día habrá que abordar, y hay sobre la mesa una denuncia de la UE por el supuesto uso fraudulento de una ayuda de 12 millones aireada por el PP.

Salta a la vista que la planta de tratamiento tiene un fenomenal vaso de vertido a donde va a parar todo aquello que no se puede reutilizar, y ni siquiera es suficiente: visiten el auténtico desván de Sobrado dos Monxes. Si el gobierno local quiere convencer a los ciudadanos de que merece la pena el esfuerzo de separar los residuos en casa, debe exigir a la concesionaria que cumpla con su labor, y hacer un ejercicio de transparencia, respondiendo a todas las preguntas: cuánto, cómo, a dónde, por qué... No existen las preguntas basura. Menos, cuando en última instancia las consecuencias pueden verse reflejadas en la factura del contribuyente. También la Xunta debe asumir su enorme responsabilidad en el tratamiento de residuos: hace tiempo que Sogama ha demostrado no ser la receta idónea.

En la misma semana en la que se ha visto la aplicación práctica de la teoría de Lavoisier se ha demostrado que hecha la ley, hecha la trampa. Lo comprobamos el jueves con la presentación en el Congreso del proyecto de presupuestos generales. La materia (la presupuestaria) en efecto se transforma. Pero no le pasa como a la basura, pues también ha quedado patente que se evapora.

Un repaso a las inversiones que el Gobierno central ha comprometido para el próximo año pone sobre la mesa un escenario inquietante: amén de la ampliación del aeropuerto de Alvedro, cuya obra se ha tomado alguien por fin en serio, se ha producido una reducción drástica del dinero destinado a la construcción de la tercera ronda y del acceso al puerto exterior, tampoco figura partida alguna para la construcción de la estación intermodal y desaparecen los fondos (previstos sí en el 2010) para regenerar la ría de O Burgo, rehabilitar la fábrica de la Cros o crear el Centro Internacional de Recursos de las Culturas Europeas. Las malas nuevas no se detendrán, pues pronto se presentarán las cuentas de la Xunta y ya hemos sufrido la amputación sin anestesia de un tramo de la vía Ártabra.

Lavoisier, que en materia presupuestaria yerró, fue sentenciado a la guillotina al grito de «la república no necesita sabios». No cometamos el mismo error que sus jueces. A Coruña exige decisiones sabias y, una por una, todas las obras comprometidas. No vale escudarse en el eufemismo de las reprogramaciones. Renunciar a proyectos o asumir la ralentización de otros con la disculpa de una crisis que siempre golpea a los mismos es como dar el visto bueno a que la guillotina se abalance sin freno sobre nuestros cuellos.

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