La única europea en uno los mayores campos de refugiados es coruñesa

Rebeca Cenalmor participa en un proyecto de Acnur al este de Sudán, donde se atiende a más de 100.000 personas acogidas, algunas desde hace más de 30 años


Todos los focos miran hoy a Haití. La tierra tembló por dos veces en una semana y ha revelado las carencias del país más pobre de América, olvidado por el Norte, que ahora pone sus tiritas. Hay otros temblores diarios sobre los que la atención está distraída desde hace ya mucho tiempo. Sudán es un caso. Y no solo el polvorín de Darfur. En los campos de refugiados de Kasala hay familias que llevan toda una vida en el exilio, que han nacido al amparo del refugio, huidos de Eritrea, de Etiopía, de Somalia... «Llegan continuamente», cuenta desde el terreno Rebeca Cenalmor.

Ella iba a para un despacho de abogados. De hecho, cuando estudiaba Derecho en la Universidade da Coruña, pensaba especializarse en derecho económico. Luego, durante la carrera, comenzó a echar un cable en varias organizaciones. «Ahora no me veo trabajando en un bufete», relata. Ha visto casos de violaciones de derechos humanos en Filipinas, en Kosovo y desde febrero del pasado año, en Kasala, en Sudán, uno de los países más pobres del planeta. «Es un país con dos grandes conflictos, en Darfur y en el sur, así que esta zona, la del este, está incluso más olvidada», detalla.

En Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados, Rebeca comparte su trabajo con unas 90 personas, veinte de ellas internacionales, de Filipinas, Timor, de otros países africanos... Es la única europea. En 12 campamentos repartidos por cinco estados diferentes atienden a unas 100.000 personas (casi tantos como la población de la ciudad de Ourense) de forma regular, buscando asilo, ayuda urgente, protección legal. Ella está especializada en atención infantil y también de género. Sin apenas pausa. «Muchos menores -explica- llegan sin acompañante, es decir, niños con adultos que no son su familia y que los entregan aquí cuando llegan, otros que vienen solos directamente, algunos que dejan los contrabandistas, los que abandonan en las fronteras...». Tiene algún caso de niños que han ido y vuelto a su país hasta en tres ocasiones.

Frente a la «sharia»

Su tarea tiene mucho de escuchar, de ver y de negociar. «Nos ocupamos de dar cobertura legal a esos desplazados, de que se cumpla con los estándares internacionales de ayuda, de vigilar que no se les deporte, porque se violaría el derecho, no se puede hacer si corre riesgo la vida de una persona».

Pero para esa tarea no se lo pone fácil un país en el que la ley la marca la sharia, es decir, la ley islámica, que «viola todos o casi todos los derechos humanos». «Es abominable ver, por ejemplo, el número de mutilaciones genitales femeninas o de violaciones», apunta. Hay más. Un caso reciente de violación de un padre a su hija, con informe médico y policial de por medio. El juez preguntó a la menor, esta se calló y él salió libre. «Es extremadamente difícil trabajar, pero también llevamos a cabo un plan de atención de género para defender a las mujeres, para que no tomen la palabra del hombre como la única que vale, para ponerlas en contacto a con abogados... Y ahora estamos preparando un área de atención a mujeres desatendidas», explica. «El trabajo es una frustración continua, sí, es enormemente lento, pero hay que seguir, esto sirve para algo, y ya he aprendido que hay que ir poco a poco, pensando en el largo plazo y no en los grandes proyectos inmediatos, porque no funcionan», apostilla.

En su casa, en Perillo (Oleiros), los que se inquietaron algo fueron sus familiares y amigos cuando les dijo que se iba a Sudán tras la experiencia de dos años en la antigua Yugoslavia: «Se les pusieron los pelos de punta. Tenemos una imagen en la cabeza de Sudán que es la de Darfur, pero este país es tan grande como Europa central, y donde estoy ahora es una zona muy tranquila, habría un conflicto entre las guerrillas y el Estado, pero hay un acuerdo de paz desde el 2007 y no me siento nada insegura».

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