El hombre que pintó a Liberty Valance

Fue el cartelista del Teatro Colón durante más de medio siglo. Sus obras, siempre sin firmar, eran inevitablemente las más vistas de entre todos los artistas coruñeses


Nadie en esta ciudad conoce como él a los actores del Hollywood clásico. Nadie ha estudiado con tanto detenimiento la mueca torcida de Humphrey Bogart o el recatado escote de Audrey Hepburn reflejado en el escaparate de Tiffany?s. Nadie como él ha disimulado las generosas caderas de Marilyn ni ha retratado con tanta fidelidad la mirada de Ava Gadner, «con esos ojos de Ava», que describía hipnotizado Rex Reed. De las infinitas piernas de Pretty Woman a la estudiada pose de Arturo Fernández, por los pinceles de Manuel Gallart han pasado todas y cada una de las estrellas, patrias y foráneas, que los coruñeses pudieron ver en la pantalla o sobre el escenario del Teatro Colón. Él aumentaba su tamaño y otorgaba mayor grandeza a las ya de por sí enormes figuras que lucieron cartel en las marquesinas de los cines y teatros de A Coruña.

Ya retirado y a punto de cumplir los 85, el cartelista que durante medio siglo se encargó de retratar a las estrellas para anunciar películas y obras de teatro, ha colgado definitivamente los pinceles: «En ocasiones me ha entrado la tentación de retomarlo, pero al haber perdido el hábito me cuesta ponerme a ello», confiesa. Aunque en su retiro ha hecho una única excepción para pintar a la que, en estos momentos, es su estrella más admirada: «Le prometí a la médico que cuida de mi salud un retrato», cuenta.

Predestinado desde su nacimiento ?«mi padre manejaba el proyector del cine Doré, y yo casi nazco allí», asegura?, a los 19 años ya tenía el carné de operador. Llegó entonces a la ciudad un cartelista catalán, Benaiges, con el que terminó aprendiendo el oficio: «Suyo es el cartel español de Lo que el viento se llevó. Terminé siendo como un hijo para él. Y como yo siempre había dibujado bien, como mi abuelo, cuando se fue a Argentina me quedé en su lugar», rememora.

El ritmo de trabajo al que estuvo sometido Gallart durante buena parte de su vida hizo que terminase por considerar a los sótanos del Teatro Colón como su segundo hogar: «Rara vez iba a comer a casa. Y a veces, ni siquiera iba a dormir. Tenía que aprovechar los momentos en los que no había ajetreo entre bambalinas, que no estaban los de vestuario preparando una ópera, o que no hubiese una función para trabajar», recuerda. No es capaz de contar el número de carteles que realizó a lo largo de su carrera, y es que las cifras son apabullantes: «Los estrenos solían durar una semana en cartelera, salvo dos o tres al año, grandes producciones que permanecían algún tiempo más. Así que echa cuentas, por cada estreno la cartelería completa, con rótulo, los carteles que estaban sobre las taquillas y el grande del chaflán de la esquina que da a los jardines. Y a esto hay que sumarle los ballets y las obras de teatro, que también tenían sus carteles». Y esto solo respecto al Colón. Pero es que Manuel Gallart prestó sus servicios para otros teatros, como el Rosalía de Castro, el cine Avenida, el Goya, el Coruña e, incluso, la sala Fraga de Vigo, «adonde llegaban los carteles en el Castromil». Gallart también hizo sus pinitos en publicidad, «tanto para los telones del cine como para la plaza de toros», y realizó numerosos decorados «para Rey de Viana. Y reparaba los que traían las compañías estropeados».

Los trucos del maestro

De todos modos, el ingenio del pintor le llevó a idear ciertos trucos para facilitarse el trabajo. Más allá de la tradicional cuadrícula para ampliar una escala, Gallart echó mano de sus conocimientos como operador para crear un artilugio que reducía sustancialmente el tiempo de trabajo: «Me hice un proyector con una caja metálica de galletas a la que coloqué un portalámparas y un objetivo viejo que ya no se usaba. Apagaba la luz, metía la foto que tenía que copiar y la proyectaba directamente sobre el cartel, lo que me permitía realizar un boceto en carboncillo ya a gran tamaño».

No conserva ningún cartel, y nunca firmó una de sus obras: «No eran creaciones mías. Yo me limitaba a copiar, el mérito era de otros», asegura con modestia. Recuerda el primer cartel que hizo, «una cantinflada», aunque se emociona cuando viene a su mente Marlene Dietrich: «Las piernas de un millón de dólares. La pinté con ellas cruzadas, en primer plano», exclama con el rostro iluminado. De todos modos no era infalible: «Le tenía mucha rabia a Liz Taylor. No me gustaba cómo me quedaba. Y James Stewart ?dice pronunciando a la española?; ese no tenía labios y era imposible pillarle la expresión», afirma con cierto resquemor. El resto de protagonistas de mil y una vaqueradas no tenían secretos para él. De nuevo atentando contra la fonética anglosajona, asegura: «Al John Wayne debí de dibujarlo mil veces».

Tal confianza llegó a tener con sus retratados que terminó hablando con ellos en la soledad de su taller mientras trabajaba: «Me preguntaban mis compañeros, ?¿con quién hablas??, y yo les respondía: ?Con Humphrey Bogart?», bromea.

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