El paro de la flota otorga a los indonesios que trabajan en barcos gallegos vacaciones obligadas en A Coruña
19 jun 2008 . Actualizado a las 11:46 h.Unos 13.000 kilómetros. Esa es la distancia que Awang Soemantri ha recorrido desde su ciudad natal, una villa de pescadores a unas tres horas en tren de Yakarta (Indonesia), para enrolarse en un palangrero gallego de los que van a faenar a aguas del Gran Sol, en las costas de Irlanda y Escocia.
«Allí no ganas nada, por eso venimos aquí a trabajar», comenta. Habitualmente, entre marea y marea, pasa cinco días en tierra antes de regresar al mar. Pero el paro del sector pesquero le ha impuesto unas vacaciones obligadas en A Coruña que duran ya más de quince días. Junto con otros siete compatriotas (Agus Riyanto, Nur Chocis, Wahidin, Juremy, Nunung, Tagwa Mustofa y Tardi) pasa los días «paseando, jugando al fútbol en la playa y comprando en el supermercado». Para ellos, los arenales son terrenos de juego en los que, a veces, cuando la corriente lo permite también aprovechan para darse un chapuzón. También tienen tiempo para jugar una partida al pimpón. Sus artes las muestran muchas mañanas en el parque de San Diego, donde hacen girar a los transeúntes sorprendidos por el buen juego de estos marineros.
El problema de estas vacaciones obligadas, explica el marinero, es que «al estar en tierra gastas más, pero no podemos gastar mucho porque tenemos que enviar dinero a casa». El sueldo de estos tripulantes es de unos 900 euros al mes, 200 son para la comida y el alojamiento. «Enviamos unos 500 euros a nuestro país, que se convierten en siete millones de rupias», explican estos marineros.
En Indonesia, el salario medio es de unos 227 dólares, unos 2,28 millones de rupias, la tercera parte de lo que envían cada mes a su familia. Hasta anteayer, estos ocho marineros estaban alojados en un piso ubicado en el edificio de la Casa del Mar, en A Coruña, pero tuvieron que mudarse a un hostal en la zona de Alvedro. Ahí aguardan para volver a embarcar.
Algunos ya esperan con impaciencia volver a faenar, aunque para unos marinos nacidos junto al Índico, lo peor es el frío de Gran Sol. «A veces hay nieve y granizo. Hace mucho frío. Hay que poner mucha ropa y darle al café y a la caña», comentan mientras aguardan al furgón que los lleve hasta el hostal.