A mediados del pasado siglo, la ciudad resultaba más entrañable, menos moderna, pero siempre acogedora con las personas que la visitaban
27 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Para los coruñeses que no habían nacido en la transición entre la década de los cincuenta y los sesenta del pasado siglo y para los que, habiendo ya nacido, no se acuerdan de aquella época, bueno será recordar cómo era aquella ciudad más entrañable, menos moderna, pero siempre acogedora, donde se practicaba, aunque no se había inventado todavía, el eslogan de la ciudad donde nadie es forastero .
Queda poco de aquella Coruña en donde la torre de Hércules se veía desde todo el perímetro costero y casi interior; de aquella Coruña de ambiente señorial, acogedor y tranquilo, donde todos se conocían y se saludaban; con trolebuses de uno o dos pisos, de transistores de una onda comprados en las estraperlistas del mercado de San Pedro de Mezonzo, donde se empezaban a vender televisores en blanco y negro, marca Iberia.
En aquella Coruña, uno tenía aparcado el Seat 600 cerca de su domicilio, se iba a dar una vuelta por Santa Cristina y Bastiagueiro, volvía dos horas después y se encontraba vacío el sitio en donde lo tenía estacionado antes. El capitán general era la máxima autoridad de la ciudad y de la región y ante cuyo salón del trono acudían a rendirle pleitesía las demás autoridades, o súbditos. En aquella Coruña sin facultades universitarias solo las familias adineradas podían mandar a sus hijos a estudiar a Santiago y los jovencitos y jovencitas debían recluirse a las diez en punto de la noche en sus casas, so pena de recibir una enérgica reprimenda de sus papás.
Y en cuanto al fútbol, en aquella Coruña se pitaba al Deportivo en Riazor más que al equipo visitante, sobre todo si este era el Real Madrid de don Santiago Bernabéu. La ciudad iniciaba el desarrollo y en neveras, televisores y enciclopedias siempre se compraban a plazos y, lo que era más sorprendente, se pagaban puntualmente a primeros de mes en los respectivos bancos; a los porteros todavía no se les llamaba empleados de fincas urbanas y los peritos no eran todavía ingenieros técnicos, ni a los maestros se les conocía como profesores de EGB.
Era una época sin bikinis en las mujeres, con bañadores tipo meyba en los hombres, con películas 3-R, con libros prohibidos que se vendían en algunas trastiendas y con abortos en Londres; Luis Caparrós era el árbitro de la opinión con su columna diaria en La Voz, igual que Enrique Mariñas lo era en Radio Nacional, y For, Pascual y Carbajo eran los árbitros de la elegancia en el vestir y Pelletier, Las Delicias y La Ibense hacían con sus dulces y helados las delicias de niños y mayores sin preocupaciones de mantener la línea.
Ir a Santiago por carretera era entonces un tormento, y a Madrid una aventura casi igual que un viaje en el Transiberiano; el Shangai tardaba dos días en llevarnos a Barcelona y el ferrobús a Vigo y Ferrol era una coctelera congelante en invierno y achicharrante en verano, con muchas posibilidades, además, de salirse de la vía.
No había, claro, divorcios legales, y tampoco bodas únicamente por lo civil, aunque sí de penalti , y los curas confesaban a sus fieles y hacían de psicólogos gratis.