«La educación es un bálsamo contra los conflictos»

Experto de protocolo en la Universidad, franciscano seglar e impulsor de la Semana Santa, Peña ve en las buenas maneras un instrumento de convivencia


Si las palabras trazaran personas, sus líneas serían pulcras. Le gustan las cosas en su sitio, es meticuloso, ordenado e incluso purista en el respeto a las costumbres y ceremonias que «se han elevado a categoría de norma porque así lo hemos querido». Quizá por eso Salvador Peña es técnico de actividades institucionales y protocolo de la Universidad, experto en ceremonial y protocolo universitario, y autor del reglamento de honores y símbolos de la UDC, para la que confecciona el manual de actos solemnes.

Ha visto crecer la institución académica y hoy trabaja muy cerca de donde, de niño, jugaba. «Leíamos Los cinco y éramos una pandilla de cinco, íbamos en bici por el dique de Abrigo y con la marea baja dábamos la vuelta al castillo de San Antón, nuestros padres se enteraban porque se nos quedaba el salitre en los zapatos...», cuenta. Desde que nació está ligado a una Ciudad Vieja que «ha cambiado muy poco». Salvo que entonces, no como hoy, había muchos niños. En ella creció Salvador Peña, estudió en Dominicos primero, e hizo la catequesis, por supuesto, en la Orden Tercera, donde, después de 7 años de novios, también decidió casarse con África hace ya 22. Al templo y al compromiso seglar dedica casi todo su tiempo libre como presidente de la orden franciscana.

San Carlos, la Solana... «todo más o menos sigue igual», considera, pero sí ha cambiado el resto de la ciudad, abierta al mar con el paseo marítimo. Peña, que tuvo su primer contacto laboral con la Universidad como secretario de departamento en Arquitectura («fue una época formidable», recuerda), piensa que en cuestión de urbanismo, «de una década a esta parte se está mejorando, aunque sigue habiendo feísmo».

Antes de trabajar al lado de los Albalat, Bescansa, Fernández-Madrid... y de alumnos que hoy son reputados arquitectos, fue inspector de seguros en la zona de la plaza de Vigo. «Todo lo hice a pulso», reflexiona. Ya en la UDC opositó para la plaza que ocupa y hoy conserva el entusiasmo por aprender. Décadas después de sentarse en los barracones de Riazor para estudiar Psicología, ha vuelto a la Universidad por vía filial. «Hago lo mismo que mi hijo, Criminología», comenta. Y en el tren, aprovecha para estudiar.

Sabe de birretes, mucetas y puñetas como pocos, y también de pasos de una Semana Santa que él ha colaborado a impulsar. En ambos casos, «como en la sociedad actual», apunta, la imagen es central. Las dos partes de su día, la obligación y la devoción, no están reñidas. Trabajo y espiritualidad «no tienen tan poco que ver -recalca-, el protocolo, para mí, es también sencillez, naturalidad, son valores presentes en el Evangelio».

La estética «es también ética, por supuesto», recalca, y, logra dulcificar situaciones tensas. De ahí la importancia de los detalles. «La educación es un bálsamo contra los conflictos y alguna guerra se ha evitado -cuenta- organizando bien una reunión». Un ejemplo: entre dirigentes irreconciliables no puede haber mesas con una única presidencia, mejor redondas.

Por el trabajo sabe que la cuidada puesta en escena en ceremonias solemnes se debe «a la institución, no a las personas que de forma coyuntural la representan», y que el empeño por no faltar a la costumbre refleja en esencia respeto a lo heredado. Para él, no es incómodo, al contrario. Frente a quienes acusan de anacronismo y «en contra de los que piensan que el protocolo es un corsé, no es así, es todo lo contrario: hace ocupar a cada uno el lugar que le corresponde, hace que la gente no se sienta desplazada, sino más cómoda». Y eso, opina, «puede trasladarse a todas las facetas de la vida». Últimamente, echa en falta la cortesía, el tacto, el cuidado de los gestos... «Es que se están perdiendo las formas, advierte, y es importante saber emplear el tú y el usted».

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