HERCULÍNEAS | O |
04 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.SERÁ casualidad, pero justo con el inicio de la campaña electoral vuelve el circo a la periferia de la ciudad. Pura coincidencia, supongo, porque el circo es una cosa muy seria. No deja de ser descabellado que en unos tiempos diseñados para asesinar el ocio a golpe de blogs, chats y cibersexo, la legendaria caravana de saltimbanquis y titiriteros se arrastre hasta una ciudad de la esquina del mundo para transmitir ese asombro algo anticuado y artesanal de sus números. Debe ser que, a pesar de toda la tecnología que amenaza con transformar nuestras entrañas en circuitos, aún queda entre las vísceras del Homo Sapiens un gen que se sigue fascinando con el payaso de las bofetadas, el hombre bala con la jeta sucia de pólvora, las acrobacias de las amazonas sobre los lomos sudados de los caballos, el chasquido exacto del domador, el triple mortal sin red, el mago escapista, las pupilas tristonas de los elefantes y las rayas de los tigres. En un momento de la infancia, entre las vocaciones de egiptólogo y astronauta, uno siempre sueña con fugarse al amanecer en el carromato de las trapecistas. Pero luego pasa la vida y uno se encuentra con una raya de tigre en la mano, jugando a ser cronista del circo, que es lo máximo a lo que puede aspirar un periodista. luis.pousa@lavoz.es