«La sociedad debe obligar a los políticos a invertir en ciencia»

Antón López Vega, director de la Fundación Ortega-Marañón, considera que las humanidades son las mejores aliadas de la investigación para lograr hacerla visible

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a coruña / la voz

Dirige un organismo en el que las ciencias y las letras no se pelean, el Instituto de Humanidades y Ciencias de la Salud Gregorio Marañón. Como historiador, asegura, su trabajo consiste en «observar con perspectiva» y, aunque en su gremio miran en pretérito, también se atreve a ejercer de corresponsal en un futuro cambiante y acelerado sobre el que es optimista. Profesor visitante en emblemas como Oxford, prepara con la CorBi Foundation un ciclo de conferencias para el otoño en A Coruña en el que los números y las humanidades se funden con un objetivo: la divulgación.

-¿Por qué es importante que la ciencia llegue a los ciudadanos?

-Porque nos va la vida en ello. Saber dónde está la ciencia nos da acceso a muchos derechos. Es la sociedad civil la que tiene que obligar a los políticos a invertir en ciencia.

-Sin embargo, ¿la ciencia no quita el sueño en las encuestas?

-Sí, y muchas veces es culpa de los propios investigadores. Hay que hacer un esfuerzo por divulgar lo que se está haciendo. Por mostrar sus aplicaciones prácticas.

-¿Hacen falta más científicos mediáticos como Stephen Hawking?

-Sí, él entendía el saber humanista de la ciencia.

-¿Cómo ayudan aquí las letras?

-La ciencia tiene que ser humana o no tiene razón de ser. En la generación de Marañón y Ortega las humanidades y la ciencia iban de la mano. Perdimos todo eso.

-La investigación no atraviesa un buen momento en España...

-Uno va por cualquier centro internacional del mundo y siempre hay españoles, siempre hay gallegos. El nivel es elevadísimo, lo que hay es un problema de financiación, por eso se van.

El siglo XXI comenzó con el atentado del 11S

-¿Hay que dirigir la divulgación también a los políticos?

-Con ellos tenemos que hacer pedagogía. La ciencia nunca da resultados a cuatro años vista. Cito a Marañón: «No hay partida presupuestaria más rentable que la que se invierta en ciencia». Y a Ortega: «La política nunca aspira a entender las cosas». No se puede ser cortos de miras.

-¿La cultura anglosajona también se impone en la ciencia?

-El idioma internacional de la ciencia es el inglés, es muy importante que rescatemos el castellano, en claro retroceso en los últimos 30 años. Es mucho más versátil para expresar pensamientos.

-¿Qué papel juegan comunidades a priori más apartadas, como Galicia?

-Galicia tiene un papel singular en el conjunto de España. A Coruña es un referente en el mundo científico. Cuando uno viene, ve ciencia en todas las esquinas con sus cuatro museos científicos.

-Como historiador, ¿le asusta lo rápido que cambia todo?

-Creo que nunca hubo una ambición de hacer el mundo mejor como la que nos permiten las tecnologías. Proliferan los movimientos que piden una mayor justicia social y se hacen globales. Lo estamos viendo con las protestas por las pensiones.

-¿El futuro es de las máquinas?

-Es de las nuevas generaciones, que son las que tienen más dificultades para encontrar trabajo. El sistema productivo todavía no se ha adaptado a los cambios que trae la tecnología.

-Si pensamos en otra época, ¿a cuál nos parecemos más?

-La dialéctica en la esfera pública, los giros nacionalistas y proteccionistas, el aislacionismo o los movimientos neofascistas en Centroeuropa pueden recordar un poco a la década de los 20.

-¿Estamos en un punto de no retorno, de ruptura con el pasado?

-Estamos en un cambio de paradigma. Hace 200 años irrumpió el «yo». Ahora, conformamos nuestra personalidad con nuestro muro de Twitter, Facebook o Instagram. Son parte de nosotros. Somos un yo en red.

-¿El progreso trae la felicidad?

-Hoy el mundo es infinitamente mejor que en 1914. Vivimos mejor que nunca, al menos en lo macro. Eso sí, cuanto más sabemos, más ambicionamos. El conocimiento nos hace más insatisfechos.

El profesor de la Complutense es autor del libro 1914. El año que cambió la historia. «Más allá de la guerra, es el inicio del siglo XX», explica López Vega. ¿Cuándo terminó? «El XXI no arranca con la caída del muro de Berlín, sino con la de las Torres Gemelas. Fue el comienzo de la crisis del sistema capitalista liberal». La historia, reconoce, atraviesa ahora una nueva etapa.

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