Carmen Jurjo, cartera jubilada: «Os da Arxentina escribían pouco»

Personas con historia | Cuando ella repartía el correo en Zas, las cartas eran el principal medio de comunicación entre las familias


Carballo / la voz

Su padre, Jesús Jurjo, no quería que ella fuese cartera. Él odiaba el oficio. «Chova que non chova tes que ir», le decía continuamente, pero Carmen estaba decidida. Ya sabía antes de empezar que aquel trabajo era el de su vida y así fue durante 31 años, hasta que en el 2002 se jubiló con los 65 cumplidos.

Carmen Jurjo heredó la cartería de las parroquias de San Adrián y Loroño, en el municipio de Zas, un territorio rural que Jesús Jurjo consideraba inseguro para una joven, pero que terminó por convertirse en una segunda casa para la hoy cartera jubilada, mantiene extraordinariamente activos sus 83 años a base de trabajo doméstico.

Cuando empezó con el correo Carmen Jurjo tenía 34 años y hasta los 37 hizo todos los recorridos a pie. Salía de Romelle y iba a Zas a por la saca. En ocasiones solo llevaba cartas, pero empezaban a abundar los paquetes y cuando eran demasiados o se hacían muy pesados la cartera se veía obligada a buscarse la vida. «Alugaba un coche», explica. Así fue hasta que consiguió su carné de conducir y comenzó a recorrer sus parroquias en su propio coche.

Antes de eso eran habituales las mojaduras, tantas y de tal calibre que tenía que cambiarse de ropa cuando llegaba a casa. El vaticinio de su padre sobre la lluvia se cumplió, pero es cierto ese dicho de que sarna con gusto no pica y Carmen estaba encantada con su vida y con sus vecinos, a los que llegó a considerar como miembros de su familia.

Lo que la llevaba a las casas de las dos parroquias eran básicamente las misivas comerciales y oficiales, pero también las letras que los emigrantes. Las de los que estaban en Suiza eran semanales. Habían dejado en Zas mujer e hijos y los días de descanso se ponían en contacto con ellos con una puntualidad contagiada del espíritu helvético. Otra cosa era el correo de ultramar. Las misivas se espaciaban y terminaban con convertirse en una anécdota. «Os da Arxentina escribían pouco», sentencia Carmen y uno de los motivos era que «as cartas tardaban moito en chegar, sobre todo as que viñan en barco», dice. No le importa que los intercambios epistolares prácticamente hayan desaparecido, a pesar de que fueron las cartas las que la llevaron a tratar con tantos y tantos vecinos a diario. «Agora todo o mundo ten teléfono e saben mellor as noticias», explica.

Como buena cartera, la principal pesadilla de Carmen eran los perros. Como mínimo había uno por casa y normalmente estaban sueltos. Y pasó lo que tenía que pasar. A Carmen la enganchó uno de ellos que la tenía enfilada. No hubo sangre y el dueño le ofreció su cartilla para ir al médico, además de quedarle muy claro que el perro tenía que quedar atado si quería volver a recibir la correspondencia en su casa. Ese fue quizá el mayor susto que se llevó Carmen en sus 31 años de cartera. A pesar del temor de su padre, nunca tuvo ningún problema.

Mientras anduvo de casa en casa, charló con cada vecino y tuvo en sus manos lo que le llegaba a cada cual Carmen pudo hacerse una idea muy precisa de la realidad sociológica de las dos parroquias. Si lo hizo o no es un misterio que la cartera jubilada se guarda para sí misma. No se puede ser menos cotilla y tener más información al alcance de la mano, pero si, como ella dice, las gentes de Loroño y San Adrián eran como su familia, la protección de su intimidad se convirtió en uno de sus principales objetivos.

Como muchas mujeres de su edad, Carmen Jurjo comenzó a trabajar en el campo siendo apenas una niña. Lo hizo en casa de sus abuelos, en As Edreiras. Después, una prima le enseñó a coser y con ello se ganó la vida unos años, pero el trabajo se le hizo muy duro. «Estar tanto tempo quieta foime moi mal», explica. Cuando su padre se retiró y la cartería quedó vacante supo que aquel era el oficio que realmente quería.

Libertad

Carmen se casó, cuando ya andaba repartiendo cartas por ahí y no tuvo hijos, en los momentos en que el trabajo era más intenso, cuando se alargaban las jornadas, tenía la ayuda de su madre, con la que convivían, y ella podía ejercer su labor con casi total libertad, algo muy poco habitual en la zona rural y mucho menos en el caso de la generación que nació en plena guerra civil.

Reconoce que le costó mucho jubilarse, que no quería hacerlo, pero que finalmente, con el paso de los años, ha llegado a conformarse.

Hace ya 18 que dejó de ser la cartera de las parroquias de San Adrián y Loroño y desde entonces las cosas han cambiado mucho. Ahora el correo es electrónico y las únicas cartas que hay en las aldeas son los naipes de los bares. Carmen reconoce que volvería a ser cartera a pesar de que, al contrario de su padre, le tocó en la época de los paquetes. Eso dice ella. Debería ver lo que pasa ahora.

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