Carballo / La Voz

Inaudito. Carritos de bebé en la Festa da Carballeira. Pues sí. Los niños tomaron uno de los festivales musicalmente más ricos de los últimos años. Aún no era noche cuando Xabier Díaz e Adufeiras de Salitre tomaron el escenario. El campo ya estaba nutrido de espectadores atentos, de todas las edades. Y muchos bailaban cuando el sol agotaba sus últimos rayos. El ambiente era amable. «Cantade con nós», animaba Xabier, encantado con su conexión con la gente: «Ao pasar pola túa porta...», mientras tocaba su pandereta con la rosa de los vientos grabada en el cuero.

«¡Veña Soneira, veña Bergantiños, veña Costa da Morte!», seguía animando. Todo el mundo disfrutaba, arriba y abajo del escenario. Luego un pasodoble y muchas parejas se lanzaron a bailar: «Dá gusto ver as costureiriñas cando saen de coser».

Contó Díaz que se cumplían 23 de años de un acontecimiento muy importante: Isabel Vilaseco se enamoró de la Carballeira de Zas en 1995. Se había contagiado la alegría, la gente palmeaba siguiendo los nueve pandeiros del escenario. «Viva a música tradicional!», proclamó al menos tres veces el cantareiro: «Somos fortes, somos moitos». La música había tomado definitivamente la Carballeira de este año. Con cada pieza se formaban grupos danzando y el gentío disfrutaba. Con la Muiñeira de Limiñoa ya se adivinaba que el concierto de Xabier Díaz encaraba su final, pero aún hubo a Xota de Lira, dedicada a «esas mamás e eses papás» que habían llevado a sus niños a la Carballeira. Se fueron los músicos con el público ganado.

Harmonica Creams

Poco tardaron los miembros Harmonica Creams en ponerse a la faena. El campo tenía calvas, pero la calidad de los nipones concentró de nuevo a la gente en el entorno al palco. La receta: blues celta a la japonesa. Yoshito Kiyono, una especie de dandi soñador con bombín que toca la armónica como si el fin del mundo estuviese próximo; Koji Nagao, que con sus maneras de estudiante chapón toca la guitarra como un aguerrido irlandés, y Aiko Obuchi, una violinista virtuosa, formaban un cóctel fresco, cargado de ritmo y sonidos imposibles. Se les sumó al segundo tema Pablo Vergara, el boldhran. El sábado era la quinta vez que tocaron en España, dijo Yoshito, y estaban muy contentos por ello. En el 2012 se llevaron el premio del Festival de Música de Celta de Ortigueira. No es para menos. «Vamos, a bailar», animaba. Había espectáculo, pero se fue haciendo tarde y los carritos de los bebés empezaron a abandonar la Carballeira, mientras Yoshito hacía risitas gamberras por los sonidos que le sacaba a la armónica. Se fueron encantados por haber estado en Zas.

A la una y diez subió al escenario la máquina del ritmo: los escoses de Mànran, un grupo joven que lleva una carrera fulgurante. Su música, que ayer cotizó al alza en Zas, hacía mover los cuerpos. Muchos trataban de imitar bailes de Escocia, con más intención que acierto. Cada vez que sonaba la gaita de los tres roncones, el ritmo se aceleraba. «Fenómeno», se oía entre el público. Los sones de las montañas altas se habían trasladado a un campo lleno de árboles de Soneira. A medida que avanzaba el concierto, los compases se hacían más trepidantes. Ya la queimada circulaba en recipientes de barro por la Carballeira.

Y llegaron los esperados de Astarot. Era las 02.45. Adiós ríos, adiós fontes, pero en versión roquera. Xirarei, A Santiago vou, O tren, de Andrés do Barro, la nostalgia montada en aguerridas guitarras eléctricas. El rock que entra por la emoción de los temas de siempre. Lela, Sementar sementarei, A Rianxeira, piezas de toda la vida que mantuvieron la Carballeira muy viva y con la gente disfrutando hasta el final. La música se hizo soberana entre los robles.

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La música se hizo soberana entre robles