Severino Suárez Blanco, nuevo abad de A Coruña: «Ahora Penamoa es un jardín, pero enterré a muchos jóvenes por la droga»
VIMIANZO
El nuevo abad de Santa María, y uno de los tres vicarios territoriales de Galicia, asume el cargo con el reto de revitalizar la colegiata
30 mar 2026 . Actualizado a las 18:13 h.«Toda mi vida laboral fui profesor», recuerda Severino Suárez Blanco (Vimianzo, 1948). El nuevo abad de la colegiata de Santa María de A Coruña tiene siempre presente su faceta como docente, tanto en sus años en el sur de Galicia, donde fue ordenado en O Grove en 1977, «fui el primer párroco —remarca— que ordenó el cardenal Rouco Varela», y enseñó en el instituto de Vilalonga, en Sanxenxo, como en A Coruña, a donde llegó en 1996. Ese año fue nombrado sacerdote de San Francisco Javier y, en el 2011, sumó las parroquias de O Ventorrillo y Bens. Ahora, además de ser el único abad de la provincia, también es vicario episcopal, uno de los tres territoriales que hay en Galicia, junto a los vicarios de Santiago y Pontevedra. Por así decirlo, el segundo escalafón por detrás del arzobispo y del vicario general.
-¿Qué supone ser abad en el siglo XXI?
-Una nueva responsabilidad y un nuevo servicio, que yo ya tengo mucho. El abad es un poco el responsable de los actos que se programan, el que coordina la labor litúrgica y cultural en la colegiata. Que puede ser mucha o puede ser poca, pero queremos que sea mucha. Las colegiatas tuvieron antiguamente un papel muy importante, aquí se impartían títulos. La palabra colegiata viene de colegio. La de A Coruña es una iglesia medieval donde el recipiente, como un cofre, es tan importante como las piezas que tiene dentro. Como su museo de arte sacra, de Manuel Gallego-Jorreto, que tenemos que cuidar.
-¿Por qué aquí es el único abad?
-A mediados del XIX se decidió suprimir las colegiatas y dejar solo las de la cabeza de provincia, como es el caso de A Coruña, donde no hay catedral. Otra cosa distinta son los abades de los monasterios.
-¿Es la crisis de vocaciones el mayor problema de la Iglesia hoy?
-Ese es un problema muy complejo que afecta especialmente a Europa, con una sociedad más envejecida y, por tanto, con un estilo de vida distinto. En España se manifiesta especialmente en el norte. Influyen muchos factores, como el hijo único. Hoy muchas familias tienen solo un hijo y se dicen: «¿Cómo lo vamos a mandar al seminario, si el único hijo?». Y tampoco es solo una cuestión nuestra, también es cuestión de Dios.
-¿Usted no fue hijo único?
-No, yo nací en una familia numerosa. Pero también es cierto que hoy tenemos muchos sacerdotes procedentes de familias con padres divorciados, lo que antes era impensable.
-¿La Iglesia debe adaptarse?
-La Iglesia tiene que estar siempre del lado del más débil, del lado de las familias, de los niños, de los jóvenes, de los ancianos. Es como una madre que tiene que estar cerca de donde sufren sus hijos. La iglesia tiene que aportar, poner el evangelio en el centro. Eso, la palabra de Jesús, es algo que no pasa. En la época que sea, en las circunstancias que sean. Por tanto, la Iglesia tiene que abordar las circunstancias en el momento en que vivimos. Lo que tampoco quiere decir que tenga que acoger todas las costumbres que tiene la sociedad, porque no todas son buenas.
-Como párroco, ha estado al pie de la calle. Aquí lo hizo en años muy complejos, como los de la alta drogadicción en Penamoa.
-LLevo aquí muchos años, cuando llegué, en San Francisco Javier la iglesia estaba en un sótano. En Penamoa, todos sufrimos al ver tantas familias destrozadas. Había mucha drogadicción entre los muchachos, y una alta mortalidad. Llegué en 1996 de O Grove. Allí tuve que enterrar a muchos jóvenes y también aquí. Así como ahora es un jardín, no hay nada allí, Penamoa era el lugar adonde iban a comprar droga. Esos barrios han mejorado mucho.