Un vimiancés, involucrado en el crimen de la Herradura

Luis LAmela

VIMIANZO

JOSE MANUEL CASAL

Apuntes históricos | Celestino Rodríguez se escapó de la cárcel, pero fue apresado cuando visitaba a su familia en Trasouteiro

16 ene 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Las hemerotecas de los periódicos son un saco sin fondo de historias olvidadas. Y esta que hoy traemos fue recuperada, entre otras fuentes, de las actas de un juicio oral y de las páginas de La Voz de Galicia; un asunto que despertó gran interés entre las gentes y los medios de comunicación de la época.

En los albores del siglo XX, en la noche de la fiesta del Apóstol Santiago del año 1901, Año Santo Jacobeo, se produjo un horrible crimen de sangre de escabrosas características que conmocionó al vecindario de la ciudad episcopal y universitaria, un crimen que llamaron de «la Herradura» por el lugar en el que fue cometido. Una prostituta de muy buena presencia, María Manuela Carreira Corredoira, Peizoca y su esposo y compañero, Celestino Rodríguez N., apodado también como Correo y Vimianzo», nacido en la capital de Soneira el 2 de noviembre de 1876, apuñalaron hasta la muerte en el paseo de la Herradura a un cliente de la primera, Ángel María Lorenzo Ozores, un indiano adinerado de 54 años, con el fin de robarle unas 3.000 pesetas que llevaba en la cartera.

El soneirán Celestino Rodríguez había trabajado de mozo de fonda en A Coruña y era muy conocido entre los de su clase, y también por su escasa empatía. Y Manuela Carreira, de malos antecedentes policiales. Cuando presenciaba Lorenzo Ozores la sesión de fuegos artificiales en la Plaza de Alfonso XII, tuvo la desgracia de encontrarse con una mujer atractiva que le gustó. Lo llevó esta hacia al paseo de la Herradura, en donde le esperaba la muerte a manos de la pareja. Ella era utilizada como «cebo» para el robo de quién cayese en la trama que montaran.

Después de apuñalar y desvalijar el dinero y alhajas que llevaba el indiano, la pareja huyó y dejó el cadáver en el paseo. Fue hallado a la siguiente jornada. Dos días después, la policía encontró el rastro de los autores y los detuvo. Y a pesar de negar en todo momento la autoría de los hechos, el matrimonio fue condenado a la pena de muerte, aunque de inmediato surgió en la ciudad un sentimiento de piedad que despertó a la opinión publica y unificó a los elementos de acción social de Compostela. Solicitaron al Concello, y la obtuvieron, la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua mediante el indulto del Viernes Santo.

Meses después, los dos sujetos fueron trasladados cada uno para su presidio: la mujer para Alcalá de Henares y el hombre para Melilla. Antes, Celestino Rodríguez contó su crimen a un periodista, a sabiendas que la confesión ya no le perjudicaba judicialmente. En 1910 se fugó del penal en el que se hallaba. Estaba en busca y captura, pero logró huir para América, un continente en el que residió algunos años. En 1913, cuando la Peizoca se encontraba en la cárcel de Alcalá confesó también el crimen al periodista Adelardo Fernández Arias y algunos años más tarde corrieron rumores de que la mujer había fallecido.

Íntima relación con Vimianzo

Pero esta historia va más allá del escabroso crimen de la Herradura. Y es que va más allá de la relación del criminal con Vimianzo -más allá de su nacimiento- y con la cárcel de Corcubión, en la que estuvo internado en un determinado momento.

Una vez que Celestino Rodríguez regresó de América, astuto y despierto, permaneció esfumado durante años. Residió en varias ciudades españolas. La última, en Lugo. Confiado, bajó la guardia y un día de noviembre de 1928 se tiró a una piscina sin agua. Visitó Vimianzo, concretamente el lugar de Trasouteiro, una pequeña aldea cerca de la carretera de Corcubión hacia A Coruña en la que él nació y en la que residía su anciana madre, Josefa Rodríguez Miñones, y sus hermanas solteras, Josefa y María, que vivían pobremente y asediadas por la miseria.

Se sabía que desde hacía algún tiempo recibían dinero y otros objetos de alguien que los enviaba con grandes precauciones para que no se averiguase la procedencia, toda una anomalía en su humilde y mísera vida cotidiana que las autoridades conocían. La Guardia Civil de Vimianzo las puso bajo sospecha y estuvo al acecho para conseguir saber de quien procedían aquellos auxilios. Vigilaban noche y día la casa de Josefa Rodríguez, pero nada lograron descubrir, y desconfiaban poder hacerlo. Al final, recibieron la confidencia de que determinada noche había llegado de Santiago un sujeto desconocido y sospechoso que solicitó hospedaje en una taberna del lugar, cenó y salió posteriormente. Quedó en regresar para dormir, cosa que sin embargo no hizo.