Un vimiancés, involucrado en el crimen de la Herradura

Apuntes históricos | Celestino Rodríguez se escapó de la cárcel, pero fue apresado cuando visitaba a su familia en Trasouteiro


Las hemerotecas de los periódicos son un saco sin fondo de historias olvidadas. Y esta que hoy traemos fue recuperada, entre otras fuentes, de las actas de un juicio oral y de las páginas de La Voz de Galicia; un asunto que despertó gran interés entre las gentes y los medios de comunicación de la época.

En los albores del siglo XX, en la noche de la fiesta del Apóstol Santiago del año 1901, Año Santo Jacobeo, se produjo un horrible crimen de sangre de escabrosas características que conmocionó al vecindario de la ciudad episcopal y universitaria, un crimen que llamaron de «la Herradura» por el lugar en el que fue cometido. Una prostituta de muy buena presencia, María Manuela Carreira Corredoira, Peizoca y su esposo y compañero, Celestino Rodríguez N., apodado también como Correo y Vimianzo», nacido en la capital de Soneira el 2 de noviembre de 1876, apuñalaron hasta la muerte en el paseo de la Herradura a un cliente de la primera, Ángel María Lorenzo Ozores, un indiano adinerado de 54 años, con el fin de robarle unas 3.000 pesetas que llevaba en la cartera.

El soneirán Celestino Rodríguez había trabajado de mozo de fonda en A Coruña y era muy conocido entre los de su clase, y también por su escasa empatía. Y Manuela Carreira, de malos antecedentes policiales. Cuando presenciaba Lorenzo Ozores la sesión de fuegos artificiales en la Plaza de Alfonso XII, tuvo la desgracia de encontrarse con una mujer atractiva que le gustó. Lo llevó esta hacia al paseo de la Herradura, en donde le esperaba la muerte a manos de la pareja. Ella era utilizada como «cebo» para el robo de quién cayese en la trama que montaran.

Después de apuñalar y desvalijar el dinero y alhajas que llevaba el indiano, la pareja huyó y dejó el cadáver en el paseo. Fue hallado a la siguiente jornada. Dos días después, la policía encontró el rastro de los autores y los detuvo. Y a pesar de negar en todo momento la autoría de los hechos, el matrimonio fue condenado a la pena de muerte, aunque de inmediato surgió en la ciudad un sentimiento de piedad que despertó a la opinión publica y unificó a los elementos de acción social de Compostela. Solicitaron al Concello, y la obtuvieron, la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua mediante el indulto del Viernes Santo.

Meses después, los dos sujetos fueron trasladados cada uno para su presidio: la mujer para Alcalá de Henares y el hombre para Melilla. Antes, Celestino Rodríguez contó su crimen a un periodista, a sabiendas que la confesión ya no le perjudicaba judicialmente. En 1910 se fugó del penal en el que se hallaba. Estaba en busca y captura, pero logró huir para América, un continente en el que residió algunos años. En 1913, cuando la Peizoca se encontraba en la cárcel de Alcalá confesó también el crimen al periodista Adelardo Fernández Arias y algunos años más tarde corrieron rumores de que la mujer había fallecido.

Íntima relación con Vimianzo

Pero esta historia va más allá del escabroso crimen de la Herradura. Y es que va más allá de la relación del criminal con Vimianzo -más allá de su nacimiento- y con la cárcel de Corcubión, en la que estuvo internado en un determinado momento.

Una vez que Celestino Rodríguez regresó de América, astuto y despierto, permaneció esfumado durante años. Residió en varias ciudades españolas. La última, en Lugo. Confiado, bajó la guardia y un día de noviembre de 1928 se tiró a una piscina sin agua. Visitó Vimianzo, concretamente el lugar de Trasouteiro, una pequeña aldea cerca de la carretera de Corcubión hacia A Coruña en la que él nació y en la que residía su anciana madre, Josefa Rodríguez Miñones, y sus hermanas solteras, Josefa y María, que vivían pobremente y asediadas por la miseria.

Se sabía que desde hacía algún tiempo recibían dinero y otros objetos de alguien que los enviaba con grandes precauciones para que no se averiguase la procedencia, toda una anomalía en su humilde y mísera vida cotidiana que las autoridades conocían. La Guardia Civil de Vimianzo las puso bajo sospecha y estuvo al acecho para conseguir saber de quien procedían aquellos auxilios. Vigilaban noche y día la casa de Josefa Rodríguez, pero nada lograron descubrir, y desconfiaban poder hacerlo. Al final, recibieron la confidencia de que determinada noche había llegado de Santiago un sujeto desconocido y sospechoso que solicitó hospedaje en una taberna del lugar, cenó y salió posteriormente. Quedó en regresar para dormir, cosa que sin embargo no hizo.

Sospechas

Varios vecinos, que estaban enterados de la vigilancia de la Guardia Civil, sospecharon a que se debía y observaron emboscados que la madre y las hermanas salían y entraban en la vivienda como temerosas de algo, muy desconfiadas. De inmediato, la Benemérita cercó la vivienda, entró un cabo y una pareja, y sorprendieron a un sujeto que negó ser quien buscaban. Después de tantas conmociones, tambaleante en una atmósfera asfixiante, y con el aliento cortado, Celestino pretendió negar la evidencia: que él no era Celestino Rodríguez, el fugado del presidio, sino Ángel Santos Carreira, natural de Huelva y vecino de Lugo, ciudad en la que se dedicaba a traficar con maderas para la Compañía del Ferrocarril del Norte, y a exportar mariscos a las plazas del interior y otros negocios lícitos, entre ellos la compra venta de cafés y bares, al tiempo que exhibió documentos para demostrarlo y una cédula personal expedida con el nombre ya citado.

Capturado tras 18 años a la fuga, sus delitos prescribieron

Acosado y cacheado por la Benemérita, le hallaron 17 billetes de mil marcos alemanes cada uno y 250 pesetas del Banco de España, y se vio obligado a declarar que, en efecto, era Celestino Rodríguez, y aunque estaba bastante desfigurado, varios vecinos lo reconocieron e identificaron. Fue trasladado, entonces, a la cárcel de Corcubión a disposición del juez de instrucción del partido y posteriormente a la prisión de Santiago, para volver al túnel del que había escapado, a entrar en la agonía de la desesperación y la desesperanza, a cumplir la sanción penal por el crimen cometido un cuarto de siglo antes.

En prisión pasó Celestino cinco años más en Figueras, pero en octubre de 1933 se volvió a enfrentar de nuevo a su pasado distante, y tuvo que sentarse de nuevo en el banquillo para volver a responder del crimen de la Herradura, de su evasión del penal de Melilla, de sus sucesivos cambios de nombre, de su bigamia..., aunque no hubo sesión pública.

El defensor, el abogado Manuel Casás, había presentado un amplio escrito pidiendo que la Sala declarase extinguida la responsabilidad criminal de todos los delitos, dado que, por los muchos años transcurridos, habían prescrito. Y, la Sala, de conformidad, declaró que procedía, en efecto, la caducidad de los delitos.

Vuelta a los orígenes

Antes de la última ocasión en que Celestino fue detenido -en 1928 en Vimianzo- estaba casado y era dueño de varios negocios en Lugo. Después, de un pequeño merendero en Vigo. Y quedó en libertad tras un largo camino de riesgos y zozobras, y emocionado abrazó en los pasillos de la Audiencia al defensor que consiguió pudiese retornar al seno de la sociedad todavía «rufo, sano y fuerte».

Pero, antes de nada, quiso viajar a su Vimianzo natal en el que aún vivía su anciana madre, de unos 90 años. Y, después de abrazarla, Celestino Rodríguez volvió a reunirse con su esposa para seguir «trabajando como un hombre de bien, prudente y trabajador». Así lo dicen las crónicas.

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