Alfredo Pérez: «Dejé el motomontañismo cuando mi hermano cayó en el hueco de una mina»

Personas con historia | Organizaron fiestas, animaron bares y convirtieron Vimianzo en un circuito. Esta es la historia de Alfredo Pérez Fernández, aficionado al motomontañismo y uno de los fundadores de Os Petoucos


carballo / la voz

Hay demasiadas placas en Monte Faro. Os Petoucos recuerdan con cada una de ellas a los que se fueron y Alfredo Pérez Fernández los echa a todos de menos. A sus 72 años, forma parte de una familia con debilidad por el motor en general y las motos en particular. Abandonó las salidas a la montaña cuando su hermano Jesús, que ahora tiene 78 años, cayó con su moto en el pozo de una mina. Estuvo muy mal, pero salió bien parado, tanto que siguió siendo motero, aunque de carretera, hasta hace nada.

Alfredo se entretiene con la restauración. Tiene una Ossa, una Vespa, varias Guzzi y una Suzuki. Terminó llevando un taller de venta y reparación de motosierras y otras herramientas de este tipo, pero lo que de verdad le gusta es la fiesta y las motos, como al resto de sus compañeros de Os Petoucos.

Empezó con el trial ya casado. Vimianzo acogió una prueba en la que participó Lucho Galán de A Coruña, que llegó a ser campeón gallego, y fue tal el impacto que los cuatro hermanos Pérez Fernández se fueron la semana siguiente a la capital herculina y se volvieron a la capital de Soneira con cuatro flamantes motos. En realidad, fue Enrique Marfany, que tenía una farmacia en Perillo y era el padre del que fue presidente de la Diputación, el que se las llevó hasta su casa. A partir de ahí, el vínculo fue muy estrecho y en esos años Vimianzo de convirtió en la capital del motomontañismo de Galicia. Acudían aficionados de todas partes, desde Carballo hasta Vigo, pero también de Portugal. De hecho, llegó a producirse un hermanamiento entre Vimianzo y la localidad lusa de Águeda, presidido por el exalcalde Alejandro Rodríguez.

Alfredo, y al resto de sus hermanos, la afición le vino por parte de padre. Jesús Fernández regentaba la gasolinera de Vimianzo y siempre estuvo relacionado con coches y motos. Que sus cuatro hijos se compraran una cada uno el mismo día no debió sorprenderle. Lo curioso es que ninguno de los hijos de Alfredo tenga un vehículo de este tipo o lo haya pedido en la adolescencia.

En las subidas a O Pindo o a Monte Faro llegaron a juntar 15 o 20 motoristas. A pesar del riesgo que suponía la actividad no llegaron a producirse accidentes graves, salvo esa caída de Jesús en la zona de los repetidores que hizo que cogieran algo de respeto. «Iba con la moto por una zona llena de tojo y desapareció en el agujero. Entre todos lo quitamos de ahí, fui a buscar una furgoneta que tenía y lo llevamos a la residencia de A Coruña, directamente. Tenía un dolor terrible. Estuvo muy fastidiado», explica Alfredo, que desde ese episodio se le quitaron las ganas de seguir andando por el monte. Al parecer no hace tanto de ese hecho, unos 20 años.

Organizadores

Durante mucho tiempo, las pruebas y exhibiciones motoristas formaron parte de las fiestas de Vimianzo, porque eran también Os Petoucos los que las organizaban. Le dieron vida a la fiesta de San Bartolo, hasta el punto que llegó a ser una de las más concurridas, y aunque era difícil llegar con los coches para llevar desde los santos hasta la comida pasando por la banda de música, en el alto, «donde se divisa Camariñas», no faltaba la exhibición de trial.

Tampoco en las celebraciones de agosto en la capital municipal. Asimismo, señala que recuperaron la romería de Castrobuxán, a la que ahora asisten centenares de personas.

Por aquel entonces, eran los responsables de que en todos los programas hubiera alguna cita deportiva, desde una vuelta ciclista hasta un maratón.

Ahora no realiza ninguna actividad, pero sigue ligado al motor, aunque sea al de la maquinaria para el monte o los jardines. Sabe que el sector está en auge, sobre todo por la prevención de incendios forestales.

«Los viajantes paraban aquí por la animación que había en las tabernas»

«En Os Petoucos había gente muy alegre. Cantar en los bares era lo normal. Había 10 o 12 que trabajaban en el Pastor y cuando salían de comer iban a tomar los vinos y entonces había lo que nosotros le llamábamos cante grande», explica Alfredo.

Entonces el repertorio era variado. Recuerda a un fotógrafo de Zaragoza al que llamaban Leica que se arrancaba por jotas. Se había casado con una joven de A Ponte do Porto y se habían mudado a Vimianzo. «Ella murió joven y, al poco, fue él. Quedó desesperado, me dio mucha pena», recuerda.

El era más de Pucho Boedo, el de Los Tamara. «El mejor», dice. Alfredo tiene una voz potente y entre sus favoritas estaba El sapo, «una canción muy especial para mí», Galicia terra nosa y Amoriños collín. Tal era la juerga en los bares que, según cuenta Alfredo, todos los viajantes de la zona paraban en Vimianzo por el ambiente que había en las tabernas.

Ahora está en otra cosa, en tomar algún vino con el farmacéutico, pero, sobre todo, en cuidarse. «Cuando era joven podía hacer esas barbaridades», dice.

Ahora le queda la charla con los amigos que «no se han ido al otro lado». Cada vez quedan menos, pero sigue teniendo muchos porque siempre ha sido un hombre extraordinariamente sociable. «Es una gran persona», dicen de él los que lo conocen.

Como hombre bueno quiere recordar a aquellos que quiso y le hicieron más llevadera la vida, a «Monterroso, el hijo del pastor, el electricista de Pasarela, Pequecho, don Pedro y mi hermano José María...». No recuerda sus nombres y está seguro de que se deja unos cuantos en algún rincón de la memoria, pero todos los que estuvieron allí entonces o han oído contar de aquello son capaces de rellenar los huecos que quedan.

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