Los asesinatos de emigrantes de la zona en Sudamérica están impunes

Una familia de Vimianzo y otra de O Ézaro, destrozadas porque no se hace justicia


cee / la voz

Dos familias de la comarca, una con parte de sus miembros originarios de O Ézaro y otra con el núcleo fundamental ahora instalado en una casa de Bribes (Vimianzo), ni siquiera pueden empezar a cerrar de verdad las heridas abiertas por los escalofriantes crímenes que sufrieron. Y ello porque los culpables siguen libres, sin que tampoco se observe especial celo de los poderes públicos de Argentina y Venezuela, donde se cometieron los asesinatos, por capturarlos.

«Cuando la Policía Municipal vino a casa por el registro tuve que andar todo el tiempo detrás de ellos porque lo que veían se lo agarraban. Fuimos robados por la propia policía justo después de que matasen a mi novio y a su madre y, al final, tuvimos que salir del país como si fuésemos nosotros los delincuentes», relata Genecis Pérez, la pareja de Jonnathan Chirino y nuera de Ana María de León, asesinados durante un asalto a su casa en Mariara, en el estado venezolano de Carabobo, el pasado mes de octubre.

Su cuñada Irene Jannette, que incluso recibió un balazo, y su padre y su abuela, que también estaban en la casa, eran testigos de lo sucedido y, por tanto, corrían especial peligro, por lo que tuvieron que huir y esconderse hasta que ahora, por fin, pudieron escapar a Vimianzo. «Durante esos dos meses prácticamente dormíamos los cuatro juntos», añade Irene, para ejemplificar el miedo que llegaron a sentir, sobre todo desde que también fueron asesinados el jefe de homicidios y el comisario que investigaban el doble crimen. El Estado respondió con la ejecución de al menos 17 criminales, que según otras fuentes pudieron llegar hasta 50, en un episodio del que Irene guarda en su móvil un horripilante vídeo en el que se ve cómo descargan los cuerpos tiroteados de un camión, en condiciones que aquí serían cuestionadas incluso si se tratase de animales llegados de un matadero.

Esos hechos pusieron a la familia todavía más en el punto de mira, porque, como dice Ramón Enrique Chirino, padre y esposo de los asesinados, los parientes de los delincuentes muertos achacaron lo sucedido a las secuelas del doble crimen. De ahí la necesidad de huir y esconderse en un ambiente de apoyo público mínimo, por no decir nulo.

«No fue hasta que la Embajada por medio del Consulado empezó a presionar, que empezaron a investigar algo. Por eso les estamos muy agradecidos a lo que hicieron aquí: minuto de silencio, protesta... El alcalde de aquí [Manuel Antelo] mejor no se pudo portar: llamó cuando estábamos allá y aquí vino a la casa para ofrecernos ayuda en lo que pudiésemos necesitar. El de allá ni siquiera estuvo presente en el ascenso póstumo que le tributaron a mi hermano en forma de homenaje y eso que era un funcionario público», compara Irene Janette.

Una sensación de desamparo, que comparte Ramón Varela, el marido de Dolores Casais Antelo, la mujer natural de O Ézaro asesinada en Mar del Plata (Argentina) hace ahora cinco meses.

«Están drogados, matan a cualquiera y les importa tres pepinos»

El pontevedrés -de San Martiño de Meis- Ramón Varela llevaba con su mujer, la dumbriesa Lola Casais, «61 años»: «Imagínese, toda una vida». Hasta que un asaltante que entró en su casa se la quitó el verano pasado. Desde entonces se ha cansado de ir y venir a la Fiscalía de Mar del Plata con escasos resultados. «Hay un sospechoso, concretamente pienso que en un 90 % es él y ellos también lo saben, pero hay una sola prueba y no es suficiente, porque como dicen ellos: ‘lo detenemos, pone un abogado y sale a las 24 horas’», detalla Ramón, que en junio tiene previsto venir a Cambados porque se le casa una sobrina, y quería que antes se resolviese el crimen de su esposa, porque «todo esto a mi me tiene mal. Uno está impaciente, ¿quién no?», se pregunta el septuagenario, que ve la realidad Argentina como verdaderamente dura. «Te entran y te pegan, como le pasó a mi esposa, porque son todos drogadictos y ellos matan a cualquiera, les importa tres pepinos. Aquí realmente la inseguridad es total», concluye.

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