«Vendíamos cadeas da Primeira Comuñón e preservativos nas feiras»

Personas con historia | José Manuel Rodríguez Vázquez: feriante durante más de 25 años y coleccionista de palabras que han caído en desuso. Fue operador de telefonía mientras hizo la mili y vivió la época boyante de la construcción en Canarias. «O clima si, pero a comida...», dice al respecto este carballés, que defiende el mercado tradicional como principal motor económico de cualquier villa.


Carballo / la voz

¿Alguna vez ha tenido un día tan malo, tan malo, tan malo, que ha sentido que no había nada en el mundo que pudiera ponerle remedio? La próxima vez que vuelva a tener uno de esos, pásese por la feira de Vimianzo y visite el puesto de ropa que está situado junto La Caixa. Allí encontrará al dicharachero José Rodríguez Vázquez. Ciudadano de aquí y de allá, a donde la venta ambulante le lleve, pero nacido y criado en lo que él denomina Little Green: «Como hai tantos problemas con que se Berdillo se escribe con b ou con v... Aínda que eu escríboo sempre con v», confiesa.

«Na miña vida dediqueime a moi pouquiñas cousas, case sempre fun vendedor ambulante», dice Jose (no le gusta José). Lleva 25 años en el oficio, eso es cierto, pero comencemos por el principio.

Se formó en electrónica industrial en Carballo y seguidamente le tocó hacer la mili en Sobrado dos Monxes. Allí fue operador TDX, TTI (central telefónica de campaña y teletipos) durante un año. «Conectábamos o circuíto interior do cuartel e as chamadas exteriores. Eramos tamén o enlace entre Madrid e os postos da Coruña», dice Jose. Acabó cansado al término de los doce meses, pero más que por la dureza de sus labores, «polo soldo que pagaban, que non chegaba nin a 500 pesetas. Ter que esperar un mes para cobrar 500 pesetas...».

Trabajaba en una especie de búnker, dice, un robusto edificio con unas gruesas paredes de hormigón que bien evitarían «ataques aéreos e ata nucleares». Una vez, recuerda, recibió una llamada de un general de división. Insólito. «Un soldado raso recibir a chamada dun xeneral... Púxenme en pé e cadreime, como se o tivera diante [ri]. Había algúns mandos na sala de descanso e xa andaban coa mosca detrás da orella ao verme, non sabían con quen andaría eu falando».

Una vez acabadas sus obligaciones militares, cogió los bártulos y emprendió camino hacia Madrid. Quería independizarse, así que se metió a la construcción, que atravesaba por aquel entonces sus años de oro. Allí estuvo unos meses, antes de partir hacia las islas Canarias. «Eu vivín intensamente esa época da construción na que había máis galegos nas illas que propios canarios», recuerda. Al clima no le costó acostumbrarse, pero a la comida... «Comida decente haina en calquera parte de España. ¡Pero eu son moi galego comendo!», apunta entre risas.

Y después de la construcción vinieron los mercadillos. Tenía Jose unos familiares que se dedicaban a ello, le ofrecieron trabajo y tiró para adelante. «Sempre houbo unha lenda negra arredor da venda ambulante, quizais porque para gañarnos a vida temos que ser máis extrovertidos e iso intimida á xente, que nos mira con recelo». Lo cierto es que no es la primera vez que más de uno se revuelve en la silla cuando les cuenta a qué se dedica. «Acostumeime a entendelo, non a desculpalo. E afortunadamente isto vai a menos, porque a xente vai tomando conciencia de que es unha persoa que aporta á sociedade, como os demais: pagas os teus impostos, tes as túas licenzas en orde...».

Tiene una agenda semanal de lo más apretada: algunos lunes se desplaza a Santa Comba, los martes a Muxía, miércoles a Rianxo, jueves a Vimianzo y, por último, los sábados está por Malpica. Los domingos descansa, pero los restantes días de la semana planta su puesto a las nueve de la mañana (entre montar y colocar la ropa no empieza a atender hasta las diez menos cuarto, más o menos) y hasta las dos de la tarde, más o menos, mantiene las «puertas» abiertas. Por lo general trabaja por la zona, pero no le importa desplazarse. «Antiguamente era máis complicado. Chegar a Fisterra levábache unhas dúas horas, pero coa nova autovía nunha horiña estás alí. Para nós é unha marabilla».

En declive

Aunque algunos mercados, como los de Vimianzo, Carballo o Paiosaco, mantienen su vigor, lo cierto es que en muchos otros empieza a hacer mella la temida globalización y centralización de servicios. «A historia galega vén das feiras, e moita xente non é consciente do importantes que son. No seu día, por exemplo, foron as farmacias dos pobos. Vendiamos preservativos e ata cadeas da Primeira Comuñón. Por agora somos os que imos mantendo os pobos vivos e os que imos loitando contra as grandes superficies. Que actividade é capaz de xuntar a tanta xente como a que vai a Paiosaco para a feira? Padrón, sen o mercado, sería un cruce de camiños», alega Jose, y añade que todo era más sencillo antes de la llegada de la comunicación digital. Hasta negociar por la mercancía: «Antes tiña máis romanticismo, digámolo así, agora é unha disputa coitelo en boca. E iso afecta aos prezos, porque ti vendes ben se primeiramente compras ben».

Ahora que sus niños son más mayores, le ha dado por «guitarrear», aunque nunca dice que no a una quedada con los amigos para tomar algo, como tampoco a un buen viaje por Portugal.

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