«Unha vez, sendo pequeno, destrocei leiras enteiras de sandías cos amigos»

«Eu era terriblemente travieso, normal que a miña avoa tivese man dura». Es natural de Carnota, vivió en Suiza durante años y ahora está afincado en Vimianzo


Carballo / la voz

Mano dura y consentimiento incondicional tuvo que tener la pobre de la abuela de José Francisco cuando este era pequeño. «Eu era terrible», recuerda, «fixen moitas travesuras». Se ríe cuando le viene a la mente una, en particular. «Dunha vez, sendo pequeno, destrocei leiras enteiras de sandías cos meus amigos. Desfixemos todas as de Panchés, e mesmo parte das de Caldebarcos!». Básicamente lo que hacían era tallar pequeños triángulos en la cáscara para comprobar que el interior fuese rosado, después los colocaban perfectamente en su sitio y ahí las dejaban, a pudrirse. «Os veciños non quedaron moi contentos!», dice divertido.

Cuando tenía nueve años nació su hermano pequeño y sus padres decidieron que ya iba siendo hora de reunir a la familia, así que agarró los bártulos y se mudó a Suiza, al cantón francés, donde residían sus progenitores. Fue un cambio brutal: nuevos amigos, nuevas costumbres, nuevo colegio y, sobre todo, un idioma diferente. «Recordo telo aprendido rápido, pero é certo que tiñamos unha profesora de fonética para dous ou tres rapaces que viñamos de fóra. Creo que nós, polos oitenta, o tivemos moito máis fácil do que o teñen os nenos de agora. Foi un cambio grande, pero leveino relativamente ben», señala el Carnotán afincado en Vimianzo.

El cambio más importante que notó fue en la disponibilidad de servicios: «Había instalacións para patinar ou para facer certos deportes practicamente en cada esquina». Y la filosofía de enseñanza. ¡Menudo cambio!: «Viñas de aquí, no que practicamente aínda che daban nos dedos cando te portabas mal, pero alí impoñíanche un castigo para que aprenderas e reflexionaras sobre o tema».

A Madrid para ver a U2

Estudió mecánica y durante once años trabajó en una empresa de soluciones para la construcción. El tiempo era dinero por aquellos lares, dice José Francisco, y es por ello que su labor era ofrecer herramientas para la minimización de costes de producción y el ahorro en personal.

También convirtió su pasión por el deporte en su ocupación principal durante un tiempo, al menos cuatro años, pues estuvo empleado en el sector del ciclismo de descenso (tanto practicándolo como trabajando en la reparación o fabricación de piezas). Adrenalina y sudor que, bien pagados, le daba para hacerse alguna que otra escapada. «Teño baixado de fin de semana a Madrid ou Barcelona para ir a concertos de U2. Alí daban ben os soldos. Agora, que son autónomo, xa non dá para tanto!».

Cuando murió su padre decidió volver a España: «A miña nai non estaba moi ben por aquel entón e foi a decisión máis fácil de tomar, posto que non estaba casado nin tiña familia alá». Eso fue por el 2010, y por aquella pensó en comprar un local y montar un restaurante o un bar, pero una enfermedad le obligó a paralizar sus planes y, para cuando quiso retomarlos, el establecimiento estaba ya comprado.

Más adelante fue reclamado por una empresa de trabajos temporales para ofrecer soporte técnico en Francés coincidiendo con el lanzamiento de la consola Xbox. Formaron durante un tiempo a más trescientas personas en una misma sala, a cada cual más cualificada, y a cada cual con dominio de un idioma diferente. «De repente comezamos a ver que a cantidade de xente ía minguando, unhas 10 ou 15 persoas cada día. Non cheguei a ver como se baleiraba a sala, xa que a min baleiráronme antes», relata refiriéndose al despido masivo que vivió en esa empresa y que fue lo que lo motivó, en esencia, a emprender su propio negocio y no depender de terceros.

Por aquel entonces conoció a Beatriz, su pareja, y junto a ella se lio la manta a la cabeza y cogió las riendas de un negocio de reparación de calzado, Arranxos Beatriz, en Vimianzo, al que ha dotado de ciertos toques de diferenciación, como el duplicado de llaves electrónicas o la cerrajería. No es fácil ser autónomo. «Véndenche unha moto de recuperación económica que non é así», cuenta, y es en parte el motivo por el que tuvo que dejar atrás uno de sus grandes hobbies.

A 90 kilómetros por hora

Estando en Ginebra hizo junto con otro compañero varios viajes a Tenerife, portando sus bicicletas, para descender sus miles de metros a toda velocidad por senderos y estrechos caminos (y librándose de alguna multa por pisar donde no debían).

«Deportistas profesionais poden chegar a alcanzar no ciclismo de descenso máis de 150 kilómetros por hora, nós chegaríamos aos noventa», rememora José Francisco. «A esa velocidade, unha vez que baixas da bici trémanche as pernas, tremenda adrenalina». Semejante velocidad, está claro, le trajo algún que otro susto. En una ocasión se destrozó una rodilla y le llevó lo suyo recuperarse, pero todo sea por un deporte que lleva en vena, aunque ya no lo practique tanto.

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