«Amamantei a varias xeracións de vimianceses»

Santiago Furelos recuerda los años en los que la leche para bebés se comercializaba solo en las farmacias


Carballo / La Voz

Cuando Santiago Furelos llegó a Vimianzo desde el municipio de Vedra, no había caminos que condujesen a los pueblos, los excesos de penicilina se compraban de estraperlo y las farmacias eran casi tan escasas como los medicamentos que en ellas se vendían. Arribó en Soneira en el 59, poco antes de licenciarse en la farmacia militar de A Coruña, en la que entró -como cuatro de sus hermanos- gracias a un farmacéutico militar de Vedra con el que su familia tenía una gran confianza.

«Quedábanme dous ou tres meses para acabar a mili e un amigo propúxome vir seis meses para Vimianzo», explica Santiago, aunque los seis meses acabarían convirtiéndose en nada menos que en 59 años. «Estiven 28 anos cun farmacéutico e, cando vendeu, pasei 16 con outro ata que me xubilei, en 2002».

Echando la vista atrás, y revisando cuarenta años de profesión, bien podría decirse que Santiago fue testigo directo de los avances en la historia de la medicina. Cuando comenzó, la mayoría de los ungüentos y píldoras eran elaborados en la trastienda de su farmacia. «Aprendín moito cando fixen a mili e iso serviume para saber preparar fórmulas e pomadas». Despachaban cantidad de pomadas para las lombrices o salicílicas más concentradas de las que se encontraban en el mercado. Y cuando el cupo de la penicilina se agotaba -sí, por aquel entonces el antibiótico estaba tasado- no había más remedio que conseguirla por medios menos habituales. «Eu vivín a época na que a penicilina se vendía de estraperlo». Y es que con tratamientos continuados y cada cuatro horas, «non quedaba máis remedio».

También vivió los tiempos en los que no había «practicantes» y el auxiliar o el especialista visitaban en sus casas a los enfermos para poner inyecciones. «Mesmo de noite, a calquera hora». Tal implicación y compromiso con los vecinos motivaba que se crease un gran nivel de confianza entre paciente y farmacéutico. «Eu era case como da casa e sabía o que precisaba cada un. Coñecía, por exemplo, as alerxias que tiñan e así, se viñan cunha receita que non lles conviña, dábaselles outro medicamento».

La lactancia

A mediados de siglo encontrar la leche para lactantes no era fácil, pues no se despachaba en establecimientos regulares, sino que eran venta exclusiva de las farmacias. «Pode dicirse que amamantei a varias xeracións de vimianceses», dice Santiago entre risas, aunque la expresión le muda al recordar a todas las familias sin recursos a las que echaron una mano dándoles lactancias gratuitas. «Faciamolo cando viamos que os pobres nenos o podían chegar a pasar mal».

Fueron varias generaciones de lactantes, si, pero otras tantas de adultos a los que prestó su asistencia. «De Carnés, dos Muíños... Daquela, como non había farmacias en Laxe, nin en Camariñas, nin en Cabana... Tiñan que vir ata Vimianzo, ou ir nós ás súas casas, claro». Incluso recuerda como los gerentes de los bares de pueblo llegaban con las sacas de tabaco vacías para llenar con tubos de aspirina y otros tipos de medicación ligera, que después distribuían entre los vecinos. Era la única alternativa para aquellos que, no teniendo coche, se les hacía imposible recorrer 15 o 20 kilómetros en busca de un alivio puntual a un dolor de cabeza o a una gripe.

Hacían sus pequeños tratos e intercambios sin hacer ruido y sin buscar problemas. «Nunca tiven ningunha incidencia con ninguén», asevera Santiago, ni con los jóvenes que acudían con frecuencia buscando fármacos de tipo tranquilizante. «Eu dáballes dúas pastillas soltas e mandábaos marchar. Pero eu ben sei que querían o tubo enteiro para despois vendelo e sacarlle cartos».

«Había farmacias nas que non había preservativos nin píldoras. Eu sempre vendín de todo»

La entrada progresiva de los antibióticos en forma de cápsula que podía tomarse por vía oral, y no a través de una inyección, fue un avance importantísimo del que Santiago fue testigo, así como de la implantación de los antiinflamatorios. Aunque para él, el Omeprazol -utilizado para tratar dolencias relacionadas con la acidez y el ardor estomacal- trajo las mayores alegrías a los pacientes. «Creo que é un dos inventos máis eficaces que houbo na vida farmacéutica».

Y de los anticonceptivos ya ni hablar, un boom que suscitó reacciones positivas y negativas a partes iguales. «Había farmacéuticos que non os despachaban, nin preservativos nin píldoras anticonceptivas», explica Santiago. «Eu, que sempre fun así moi liberal nese sentido, nunca tiven problema e sempre vendemos de todo». Recuerda como la timidez reinaba entre la clientela, y que algunos incluso mandaban a amigos o conocidos a hacer esas compras más incómodas. «Aínda que non vexo por qué había de haber timidez algunha, porque ao final é algo completamente natural».

Muchos recuerdos. Demasiados para resumir en apenas una conversación. Santiago, que se considera un hombre afable y que se lleva «ben con todo o mundo», atesora un buen puñado de historias que prefiere guardarse para si, aunque las vivencias compartidas con los vimianceses son ya de saber popular. Pese a estar jubilado desde hace quince años, sigue siendo Santiago, o da farmacia.

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