El asesinato de las caretas


La matábamos todos los años y acabó muriéndose en cama a los 96. La afición de cortar, generalmente a fouciño, todo cuanto balón caía en su finca, ubicada por todos los demonios justo detrás de la caseta que hacía de portería, no le hacía precisamente merecedora del título de amiga de los niños. De ahí que llegadas estas fechas, la entroidada por excelencia fuese anunciar con gran pesar su repentino fallecimiento, a poder ser con lujo de barbarie. Un año era una vaca la que se acostaba solícita sobre su menudo cuerpo a la sombra y al siguiente el del butano, que le resbalaba el pie del embrague dando marcha atrás. Coló unos cuantos y no hacía falta mucho esfuerzo. Bastaba con llevar la luctuosa nueva a un par de casas para que al cuarto de hora media aldea se arremolinase en su puerta a comprobar que otro carnaval más se había obrado el milagro de la resurrección.

Seguramente hoy entre en alguna categoría de ilícito penal, como el empacho a filloas calientes de aquel burro del cerralleiro -el Comediante le decían- que un año, y no está del todo claro que por voluntad propia, decidiese acompañar a los chavales de Salto en su jornada de correrías festivas.

Cuesta imaginarse avanzada ya la segunda década del nuevo siglo que cientos de personas se sumen de manera más o menos espontánea e un entroido como aquellos que organizaba Vencello en Vimianzo en los 80, para quejarse con toda la acidez de la copla por los precios que ponía Electra del Jallas a la electricidad o porque los vecinos de Berdoias seguían pagando arrendamientos al estilo de los aparceros medievales.

Los carnavales del siglo XXI, incluso en este apartado rincón del mundo, son música de Lady Gaga, la última película de Disney, el tupé del presidente de Estados Unidos o el despojo catódico de turno. Es más habría que ver si lograban atravesar la puerta del colegio hacia fuera, o como mucho la del pub en el que tomar una copa con el vestido de celofán del chino, de no ser por la maquinaria administrativa que tienen detrás. Incluso la innata gracia fisterrana para estos asuntos se encorseta ya en un escenario con normas, puntos y espectadores, cuando si existe algo ancestralmente prohibido en estas fiestas -vaya a Laza y lo comprueba- es quedarse mirando sin participar en el espectáculo.

Vaya por delante que muchas de las comparsas que nos harán reír y disfrutar estos días merecen un monumento que no se paga con el puñado de euros del premio, pero también vale la pena reflexionar si no estaremos matando un poco cada más la identidad de la fiesta y, lo que es peor, saber si quedan todavía posibilidades de que resucite.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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