La solidaridad tiene muchas caras


Hay pocas cosas más gratificantes que el trabajo desinteresado a favor de los demás. Dedicar el tiempo libre a ayudar a la gente. En nuestro entorno hay quien lo hace, y muchos. Ejemplos de ello son los voluntarios de Protección Civil. Están en naufragios, accidentes, tragedias, acontecimientos deportivos, fiestas, entierros o muchos otros acontecimientos de la vida diaria de nuestra sociedad. Nuestro mar lleva escrito muchos volúmenes de desgracias, con miles de vidas humanas cubiertas por un manto de agua para siempre. Baste recordar hechos como la destrucción de la Flota de Padilla, el hundimiento del Captain, el Douro, el Adelaide o el Cason. Sin embargo, desde que la casaca naranja llegó a la orilla del mar, los episodios de socorrismo se escriben con otras letras, con gran entrega e incluso con heroísmo. Y ahí han estado y siguen estando, los miembros de Protección Civil, como diría el poeta muxián Gonzalo López Abente, «perto das ondas feras, por cóidos e cons, por praias e por arnelas». El poder creativo y destructivo del océano permanece, como también permanecen al pie de las rocas, haga frío o calor, los voluntarios. Mientras unos lloran las tragedias, ellos hacen ejercicio de la más genuina solidaridad humana para mitigar con su auxilio el dolor de los demás. Ayer se lo premiaron a muchos de ellos en un acto que tuvo lugar en A Estrada. Un acontecimiento solemne, pero abonado de emoción y hasta de lágrimas. Una especie de encuentro de hermandad a lo grande. La Asociación Nacional de Agrupaciones y Asociaciones de Voluntarios de Protección Civil de España entregó distinciones a muchos de sus mejores integrantes. Algunos ya idos. Fue un reconocimiento imprescindible para gentes imprescindibles. De esos que dedican toda una vida a hacer la existencia más llevadera a los demás, una tarea impagable.

Casa da Bamiro. Los conflictos urbanísticos son campo abonado para la demagogia. No hay nada más fácil que ponerse del lado de las supuestas víctimas, por lo general infractoras, y con sentencias firmes de derribo. Claro que una norma aplicada a un solo ciudadano mientras los demás se la saltan deviene de inmediato en una injusticia manifiesta. En casos como el del piso de Malpica condenado a la piqueta, una casa en Anllóns con el mismo destino y ahora con una vivienda en Bamiro, a la ciudadanía se le ablanda el corazón. En Vimianzo hablan de cambiar la delimitación del núcleo rural, pero, ojo, lo que puede salvar a uno puede perjudicar a otros. Igual sería preferible cumplir la sentencia y construirle al afectado una nueva casa legal con aportaciones ciudadanas. Solidaridad real, sin demagogia.

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