«Operáronme do corazón e aos 15 días volvín traballar, necesitábao»

La jornada de Silvia Romero empieza cada día a las seis y media de la mañana; el reloj manda en el reparto. «Non son capaz de deixar o pan sen máis e marchar, eu teño que falar coa xente», afirma


Carballo / La Voz

Aún queda una parte del mundo de la Costa da Morte en el que, de alguna manera, la llegada del panadero marca el día, un horario. Incluso puede que sea la única visita de la jornada. Por eso, cree Silvia Romero Amigo, el suyo es un trabajo tan especial. Ella no solo lleva el pan a esas casas que la esperan en su ruta, sino que también lleva la alegría con la que habla, su paciencia y su gusto por el trato directo: «Eu son moi faladora». Nació en Os Muíños, tiene 35 años -hará 36 el 8 de febrero- y vive en Vimianzo. Antes de ser repartidora de pan, trabajó primero en Cee. Después conoció a su marido y se mudaron a A Coruña, unos «catro anos e pico», donde se empleó en el comercio textil. «Logo tiven o neno, que ten agora dez anos, e viñemos para Vimianzo, á casa dos sogros». Hace seis que trabaja con Pan Ignacio.

Durante cuatro años cubrió el reparto a Santa Comba-Baíñas-Serramo-Treos... Ahora lleva su zona natal, Os Muíños, Muxía... Siempre con Vimianzo como punto de partida. En la primera ruta estaba muy contenta y, de hecho, empatizó tanto con los clientes que a algunos ni siquiera pudo decirles que se mudaba de ruta: «Fun calando o conto, ata que xa foi. Non era capaz. Non me gustan as despedidas». Por su tierra, ahora, también está sumamente agradecida por la acogida y el cariño a su familia. Asegura que aunque no lo parezca el suyo es un oficio «sacrificado»: «As molladuras que levamos sabémolas nós. Pero, se che gusta, como me gusta a min, lévalo ben. É satisfactorio». Se levanta cada día a las seis y media de la mañana -sábados y domingos también- y emplea la mañana en el reparto. Lo vive. «Eu penso que se ti dás, tamén recibes. Non son capaz de chegar, deixar o pan e marchar: eu teño que falar coa xente. Enredo algo máis, pero eu non sei ser doutra maneira, preocúpome por eles».

Así es que los va conociendo a todos. Sabe de sus enfermedades, de sus problemas, en la medida de lo que le cuentan. «Somos coma psicólogos. Noutros traballos non vives isto así», apunta Silvia. Por tanto, uno tiene que aguantar sus propios males, pero también escuchar a los demás con respeto: «Un día tes unha cara e ao día seguinte tes outra, e houbo días que ía arrastro, pero aínda así estou contenta porque penso que nunca lle contestei mal a ninguén en todo este tempo». El contacto diario que forja con los clientes tiene sus pros y sus contras: «O peor é cando vas por unha zona e morre algunha xente. Aí é cando eu xa pido paso», dice refiriéndose a que lo lleva mal.

Silvia es muy joven, pero pese a ello ya tuvo que enfrentarse, hace tres meses, a una severa operación por problemas en el corazón: «Fixéronme unha ablación». Llevaba dos años y medio esperando por ella: «Pasei un verán moi malo, entre a calor que ía e o esgotada que me notaba, pero agora vou indo ben». Explica que, aunque sus jefes le dijeron que se tomase más tiempo, a los quince días de convalecencia volvió a trabajar: «Necesitábao. A min gústame ir por aí, saír e falar coa xente. Se teño que estar todo o día na panadería, xa non, pero isto é diferente». Dice que, en las aldeas, el trato y el afecto es distinto. Fueron muchos los que la llamaron para interesarse por su salud, igual que hacen cuando se retrasa un poco en el reparto, por el motivo que sea: «Silviña, ¿pasouche algo?». Hay muchas anécdotas que pueden justificarlo: que el coche se estropee, por ejemplo, o encontrarse con las carreteras inundadas y tener que dar vuelta, buscando alternativas. También es diferente el reparto de las fiestas. Alegre. Ya se conoce bien los caminos.

En contrapartida a aquellos que se van yendo, también Silvia va viendo cómo crecen algunas familias de la comarca: «Ves as mamás coas barrigas, logo xa os nenos...». Por muchos años que pasen, no cambiará aquello de que los pequeños esperen por el panadero para recibir su trocito de pan: «Ao mellor na casa non o comen, pero o que ti lle dás é diferente». Hasta los perros se van acostumbrando a la visita diaria de la furgoneta: «Ao primeiro ládranche, pero despois tíraslle un pouquiño todos os días e xa non. Hai xente que me di: ‘Xa sei que es ti cando chegas co coche pola forma de ladrar os cans’», detalla.

No es, pese a lo que pueda parecer, un trabajo tranquilo: «Traballas seguido mirando o reloxo». Su reparto empieza a las siete y acaba a la una, pero nunca se sienta en casa antes de las dos y pico: «Chegas, limpas algo o coche...». La tarde se va en menos de nada: el niño, los deberes, la mochila...: «Aínda que eu por sorte teño aos meus sogros, e cámbiache moito a cousa». Suele acostarse a las diez y media-once, «porque tes que descansar, que non podes correr o risco de ter un accidente ou levar a alguén por diante». Su horario -libra los lunes, y no llegan a nada- implica renunciar a fiestas, «e iso que me gusta bailar». También supone trabajar «cando outros están de festa», entrar en casa «chea de fariña» mientras los demás «chegan de etiqueta da sesión vermú». Su padre le recomendó que buscase «outra cousa», algo «no que polo menos teña o domingo libre», pero Silvia vive su oficio: «Hai algo que che tira, e o que che tira é a xente que ves cada día». Quedan cosas que la han marcado, como la muerte de una clienta de A Pereira, atropellada. En casa ya se han adaptado a su horario, a su ritmo de vida.

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