La gastronomía venció a la guerra en el foso del castillo vimiancés

Casi medio millar de personas fantasearon con un banquete de otro tiempo a los pies de la fortaleza


Vimianzo se ha acostumbrado a viajar en el tiempo. El Asalto ao Castelo es uno de esos momentos en los que las gentes de Soneira se reencuentran con su historia. Sin embargo, es la Cea Medieval la que, sin duda, permite alimentar la fantasía de vivir instantes de otros siglos.

El foso del viejo castillo vimiancés se llenó este viernes de gente deseosa de jugar a los banquetes medievales. Casi medio millar de personas, la mayor parte ataviadas con ropajes que recordaban a otros tiempos, se aposentaron bajo los carballos y al abrigo de los gruesos muros almenados. Manuel Rial pronunció el pregón. En las mesas, jarras de cerveza y vino, queso y chicharrones con acompañamiento de frutas. La lenta caída de la noche, la buena temperatura y las luces de las antorchas y de las velas daban fantasía a la escena. Cada comensal iba dando cuenta de las viandas y el gusto de comer con las manos. No había abades ni obispos ni aristócratas de antaño. Las únicas autoridades presentes eran los tres alcaldes soneiráns. El de Camariñas, Manuel Valeriano Alonso de León, hubo de cubrir su traje y corbata con un gambesón gris por exigencias del guion.

No hubo aguamaniles ni falta que hizo. El pulpo llegó a continuación para satisfacción de los comensales, que sacudieron las raciones sin grandes miramientos. Y llegó la animación con la presencia de Ce Orquestra Pantasma, que hizo las veces de músicos, malabarista y juglar. La gente fue abandonando su natural contención y empezó a batir palmas para seguir el estribillo y la alegría «que me pide o corazón». Ya iban muchas jarras de vino servidas.

El «costelar de porco zarrapicado de cogomelos e aínda de trasnos do confín dos verdes castros» acabó por saciar a los que aún quedaban hambrientos, con lo que el jolgorio iba a más. De nuevo el hombre orquesta y la alegría antes del postre: «Masa campesiña doce rechea de mazá raíña a punto de caramelo». Con la queimada ya la gente abandonó la conversación y se agolpó en torno al pequeño palco para seguir la música de Quempallou y entregarse a licores y combinados nada medievales. La cena se fue convirtiendo en juerga, que se fue alargando hasta altas horas de la madrugada.

Casi sin respiro, la celebración histórica continuó ayer con el desfile de las irmandades parroquiales, el Asaltiño y otros actos que mantuvieron en el pueblo un espectáculo constante. El Asalto de la pasado noche dejó a gran cantidad de gente extenuada. La que pueda aguantar aún tiene la oportunidad de disfrutar de la artesanía en vivo en la fortaleza, el Castelo vivo, que consiste en un viaje a la historia interpretado por Quinquilláns y una sesión vermú a cargo de Medio Quinhón, en la Praza de Castelao.

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