La epidemia de la motosierra que nos deja sin sombras


Andan en algunos concellos con la motosierra presta para talar árboles en sus plazas. Una corriente como otra cualquiera que en varias localidades dio al traste con algunas avenidas de las que solo quedan testimonios fotográficos. Ramón Caamaño plasmó con su cámara las veras de la travesía de Vimianzo con bellos ejemplares que pasaron a la historia por la irracionalidad de algún edil infectado por una oleada de progreso errado. No fue el único caso. Avenidas y alamedas enteras cayeron bajo la bandera de los avances urbanísticos sin parar a pensar en las consecuencias a largo plazo. En otros pueblos quieren seguir por la misma senda, ora por darle cabida a los tráileres de las orquestas en los días de las fiestas patronales, ora para sustituirlos por maceteros, ora para crear estacionamientos, o por empeño de los técnicos de suplir verde por plaqueta aunque sea granítica en aras de una supuesta humanización. Pues bien, en el otro lado está la última tendencia que marca, por ejemplo, Copenhague, donde han puesto en marcha medidas no solo para conservar sus árboles, que son muchos, sino para obligar a instalar vegetación en las azoteas de los edificios. Y no es que estén locos y se les haya ocurrido a ellos solos esta peregrina idea. Es que antes ya lo han hecho en Toronto (Canadá), donde pusieron en marcha acciones similares que han dado como resultado 1,2 millones de metros cuadrados de verde como la hierba en numerosas construcciones. En Alemania pretenden lo mismo y han promovido proyectos similares. ¿Por qué lo hacen? En Dinamarca quieren reducir la emisión de los gases efecto invernadero, pero además con esta medida pretenden absorber hasta el 80 % del agua de la lluvia para evitar inundaciones, reducir las temperaturas urbanas y sus cambios bruscos, además de proteger las edificaciones de la acción de los rayos perjudiciales del Sol. En ciudades suizas ya son obligatorias las azoteas verdes en los inmuebles de nueva construcción. No se trata de llenar las terrazas de la Costa da Morte de coles, patatas y nabizas, pero viendo por donde van los tiros, igual sería aconsejable que en los concellos se guardasen la motosierra e indultasen a los árboles amenazados de perecer a causa de inminentes proyectos en marcha ante lo que parece una epidemia, pues la fiebre taladora tiene pintas de extenderse por los territorios inmortalizados en los versos del viejo Pondal.

La alergia al verde semeja bastante común en este territorio atlántico. Amenaza con rozar límites enfermizos, hasta el punto de que en la plaza del Concello de Camariñas el césped fue sustituido por hierba artificial. No extraña, pues, que luego vengan a pintar de azul unos arcos góticos sin que las autoridades municipales ni siquiera se inmuten ante el descontento ciudadano. Posiblemente forme parte de esa inercia que nos arroja al abandono paulatino de nuestras aldeas y pueblos. Una suerte de desafecto que nos lleva a que los mayores de 85 años hayan duplicado el peso poblacional en los últimos diez años en la Costa da Morte. Ya son el 4,20 % de la población total de la supracomarca, una muestra evidente de la necesidad de un plan de desarrollo integral de las áreas rurales. Los viejos se quedan solos y se multiplica la necesidad de ayudas en el hogar, atención domiciliaria y, lo que también se hace muy complicado, mantener a raya el monstruo de la soledad, cada día más presente en aldeas y pueblos. Todo ello necesita una reflexión profunda, tal vez a la sombra de un buen árbol.

La gente tiene mucha paciencia

La salud es uno de los bienes más preciados de cualquier persona. Así, un buen centro médico, mínimamente dotado y razonablemente funcional, es la aspiración básica de cualquier pueblo. A estas alturas de la historia, lo contrario es un error de los que gobiernan o, tal vez, consecuencia de alguna causa mayor o alguna maldición de los malos hados. Debe ser el caso de Fisterra, donde los organismos implicados han sido incapaces de solucionar en los últimos decenios una carencia más que evidente. El estado del actual centro de salud no se corresponde con las necesidades de una localidad emblemática, un mito universal, que cada año recibe a miles y miles de peregrinos. Un consultorio con barreras arquitectónicas y en un estado que genera comprensibles quejas, a pesar de la resignación de usuarios y profesionales. Lamentablemente no es el único caso. En Baio, el servicio médico se presta en unas instalaciones poco adecuadas, con filtraciones de la azotea y en unas condiciones más que desaconsejables. Hasta el punto de que el que espera puede entretenerse siguiendo los diagnósticos y los tratamientos de los consultados, pues trascienden sus conversaciones. Una vecina llegó a ceder un solar para uno nuevo, pero la finca fue convertida en plaza rodeada de leiras. La verdad es que la gente tiene mucha paciencia.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

La epidemia de la motosierra que nos deja sin sombras