Manuel Regueiro: Corme, los recuerdos de toda una vida

En primera persona | «(...) Y luego crecimos y estudiamos, y la vida seguía en Madrid, pero el verano era siempre Corme. Adolescentes de fiesta en fiesta, bailando y riendo por toda la ría (...)», escribe el presidente del Colegio de Geólogos de España


Allí, que cuando llegamos la casa no tenía suelo, la vida era más cómoda, la playa más inmediata. Los primeros Regueiro de la saga en conocer Corme éramos tres niños y dos niñas, casi todos nacidos en Galicia de padres gallegos -él de Carballo y ella de Castrelo de Montes-, a pesar de eso nos llamaban en Corme «los madrileños».

Llegamos en aquella enorme furgoneta DKW amarilla por aquella carretera sin asfaltar que salía de Ponteceso y subía penosamente la cuesta de Cospindo a principios de los 60, y nos quedábamos de alquiler en la casa de Susa en la Rúa da Roda, en el centro de Corme y más tarde en «O Chalet», la casa del cormelán Eliseo Pailos Filgueira que se inauguró en 1918 como el primer hotel de la villa, situado detrás de la playa de la Arnela. Era la casa de Pailos con su luminosa galería y su pila junto al arroyo lleno de enormes anguilas que desembocaba en el mar.

Huelo el pino fresco de aquellos montones de tablas que se acumulaban en inseguro orden en la explanada del pequeño -entonces- puerto de la villa donde correteábamos curiosos. Los largos recorridos hasta la Area das Conchas, pasando por el lúgubre pero fresco túnel del camino al faro y junto a la cetárea de hormigón de Posta Ancil.

-¿Qué son esas bolitas negras que tienes en la boca?

-«Caca mee», dicen que dijo el incipiente científico que no sabía que había hecho su primer experimento y acababa de descubrir la economía circular…

La cesta de mimbre que llevaba mamá, con sus platos y tazas de baquelita y cubiertos de peltre, aquellas comidas aquellos días de sol y arena…..

Las playas, para los ya nueve niños: inmensas. La Arnela, el Osmo con su riachuelo amarillento y calentito donde atrapar las anguilas y los alevines de múgiles. Para llegar se pasaba junto a los restos de las fábricas de salazón -qué triste cuando encontramos aquella bolsa de gatitos muertos en una de las balsas- y el pinar de Ponte -hoy urbanizado-. Por supuesto, nuestra playa favorita: La Furna, nuestro centro cotidiano de operaciones. Allí estaban siempre Don Juan el farero de Corme, que nos enseñó a nadar.

-¡Mete la tripa y flota!

Tucho Ramos, el de Doña Serafina, con su corpachón y sus puros, que un día me llevó en brazos hasta la casa de su madre cuando me picó un escorpión, y ella me consoló con su tortilla y con sus tortugas a las que les encantaba la tortilla, y Antonio Mesa con sus bigotes y su sarcástico sentido del humor y su mujer Cristina. La prima/tía Pila, alta y reservada ella, que se subía a leer a un pináculo de granito junto a la Furna, El caballo de Pila lo seguimos llamando. Aquellos paseos a descubrir la más lejana de las playas: la Hermida, un lugar donde explorar el misterioso istmo de la Isla de la Estrella. En marea baja levantábamos piedras y apañábamos almejas riquísimas o cangrejos. La vida, o ese istmo donde nunca sabes lo que te va a tocar al mirar debajo.

La diversión del mar

Las tardes de pesca en la Tonia, la chalana que nuestro padre mandó fabricar al carpintero Charlina en su taller de la aldea. ¡Qué divertido ser marinero! Pescar panchos, miles de panchos brillantes y riquísimos, o fanecas y calamares, que luego mamá preparaba primorosamente. Y aquella vez en que nos sentimos tan marineros José y yo, que remamos solos hacia Laxe; menos mal que nos vinieron a buscar…

¡La liturgia del marisco! Ollas enormes de esmalte granate, profundas, llenas hasta el borde de percebes, centollos, lubrigantes, nécoras, quesos con gusanitos que corrían sobre la mesa, las risas y canciones que iban junto a aquellas panzadas pantagruélicas. Todos aquellos días de arena o de pesca o de fabricar arcos y usar flechas de varas de helechos y lanzarlas encaramados a los plátanos frente a la casa de Pailos a los pocos coches que pasaban. Todos esos días en los que éramos unos niños.

Y luego Oboifigueiro, el chalet que construyó mi padre en la Villa de García junto al mar encima del Osmo. Llevó un hórreo desde la aldea desmontado y remontado pieza a pieza. Colgó una campana de bronce y la tocaba cuando la comida estaba lista para que subiéramos de la playa. Aquellos veranos de tres meses donde éramos felices, eran tranquilos y divertidos, lejos de la rígida rutina escolar de Madrid.

Y luego crecimos y estudiamos y la vida seguía en Madrid, pero el verano era siempre Corme. Adolescentes de fiesta en fiesta, bailando y riendo por toda la ría. Aquella pelirroja de la Romería del Faro. No me hizo ni caso, ¿qué habrá sido de ella?

Y ahora nuestros hijos continúan el sitio de sus padres y nosotros de los nuestros, y siempre las mismas playas. El tiempo pasa rápido para los hombres, pero para la geología, el tiempo es infinito y las rocas permanecen inmutables.

Y ahora muchos de aquellos niños de los sesenta estamos al borde de la jubilación contemplando las mismas piedras que nos han visto crecer. Aquellos nueve se han convertido en más de treinta y empiezan a llegar los nietos. La familia se ha multiplicado, como nuestro amor por Corme, porque «los madrileños» ahora somos ya cormeláns.

Apuntes biográficos

Nació en 1956. Es el presidente del Colegio Oficial de Geólogos de España desde abril del 2016, además de jefe de relaciones externas y comunicación del instituto Geológico y Minero de España, y profesor colaborador honorífico del departamento de Cristalografía y Mineralogía de la Universidad Complutense de Madrid.

Fue en dos ocasiones el máximo responsable de la Federación Europea de Geólogos, vicepresidente de la Unión Profesional, y fundador de la oenegé Geólogos del Mundo.

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