Geografía y Literatura


Ferrol

Este verano en mi pueblo ha acontecido algo importante que no puedo dejar de mencionar: una pequeña población del ayuntamiento de Negreira, ha sido incluida entre «los pueblos más bonitos de España». El lugar se llama Ponte Maceira, conocida ya antes de esto en media Galicia. Su nombre se deriva del puente levantado en el siglo XIII sobre las ruinas de otro de la época romana, que sirvió para cruzar el río Tambre y unir así las tierras del arzobispado de Santiago con las que se extienden hacia occidente atlántico.

Hoy es el punto más llamativo y espectacular del camino que siguen los peregrinos que, después de llegar a Compostela, quieren continuar la ruta pagana hacia Muxía y Finisterre. Las losas de este puente están gastadas por las pisadas milenarias de tantos peregrinos, y a su alrededor fueron surgiendo casas sencillas y blasonadas, un pazo moderno de granito gallego que respeta el estilo tradicional; molinos, palomares, hórreos, cruceros… Todo dentro del más puro estilo de la arquitectura popular gallega. Esta maravilla de piedra encaja perfectamente en el incomparable marco natural que nos regala el viejo río Tambre a su paso por aquí.

El día que se colocó en el puente la placa con la distinción oficial, me acordé yo mucho de un cura trasmontano que me dio clase de literatura en cuarto de bachillerato. Para él no existían más que dos grandes escritores: José Mª Pereda y Juan Valera, militantes aún de un Realismo que ya se había quedado trasnochado en Europa. «La literatura tiene que reflejar la realidad, si no corre el peligro de convertirse en un disparate», nos decía cada vez que nos encargaba un ejercicio de redacción. En una ocasión nos mandó que describiésemos nuestros respectivos pueblos. Yo lo hice con gran complacencia porque el mío era el lugar del mundo que mejor conocía. En la redacción me situaba imaginariamente en el campanario de la iglesia y empecé a describir el pueblo y el valle que desde aquella altura se abarcaba. Y hablé de un río perezoso que cruzaba el valle sin ninguna prisa por llegar al mar de Noia y que en las mañanas de invierno se envolvía en una densa niebla que lo hacía desaparecer. Me paré a describir la aldea de Ons, que se levanta en un monte al otro lado del río, y cuyas luces, en las noches oscuras de invierno, parecían sostenerse en el aire. Y los dos pazos que flanquean el pueblo: uno que nos protege del viento del norte, y otro, que fue castillo defensivo, cuando el poeta Afonso Eanes do Cotón escribía cantigas de amor y escarnio por estas tierras, allá por la baja Edad Media…

Pero el cura don Manuel era cerril e inflexible. Mi redacción fue puesta como ejemplo de lo que no había que hacer: «¿Dónde se han visto ríos que desaparecen y aldeas que se sostienen en el aire? Y a qué viene hablar aquí de un juglar medieval?» Yo le insistía en que eran figuras retóricas que reflejaban la realidad de otra manera, pero él replicaba: «La literatura no debe sustituir a la realidad ni aludirla con figuras ni figurines…».

La mejor redacción para ese cura fue la de mi amigo Suso, que hablaba de su pueblo como si estuviese redactando una ficha del catastro: tiene tantas casas, la mayoría de dos pisos, cuatro calles, dos iglesias… Y menos mal que no le hablé de la belleza y el encanto de Ponte Maceira, porque su crítica habría sido demoledora, tachándome de fantasioso y romántico. Pues ya ve, don Manuel, mi pueblo tiene sus encantos reales, poco hay que inventar…

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