Un retablo que forma parte de la identidad de todo un pueblo

¿Se merece la Virxe da Barca una copia?, se pregunta el catedrático en Historia del Arte Antón Castro


El incendio del Santuario de la Virxen da Barca, símbolo mariano da Costa da Morte, con la consiguiente desaparición de su emblemático y prestigioso retablo barroco del primer tercio del XVIII, la mañana del 25 de diciembre de 2013, supuso un ataque frontal al punto de flotación de una de las identidades más reconocibles del pueblo de Muxía: el de la imagen gráfica del relato histórico y fabulado de la leyenda de la aparición de aquella Virgen en una barca de piedra al Santiago predicador, perdido en los acantilados, verdadera memoria proustiana desde la infancia de cualquier muxián.

Con el retablo se iban casi tres siglos de historia y la esperanza mítica de un recuerdo permanente que unía a practicantes católicos, peregrinos, incrédulos, devotos y agnósticos en el deseo perceptivo de un símbolo que fundía su belleza churrigueresca con la narración de santos y apóstoles, arropando la Leyenda que conducía a la centralidad del Camarín de la Virgen, presidida por la imagen gótica del XIV, que milagrosamente se salvó de la quema al haber sido sustituida por una réplica.

Recordemos que el retablo, como sucedió con el Santuario, había sido una donación de los Condes de Maceda, devotos de esta Virgen, que se lo habían encargado al gran escultor santiagués Miguel de Romay -autor igualmente, entre otros, del de San Martín Pinario-, el 28 de diciembre de 1717, para que estuviese concluido el 1 de septiembre de 1719, como así fue, a través de un contrato, del que el que esto suscribe posee copia, que firmaron el administrador de los citados nobles, Francisco Mourín y el propio escultor en Santiago. La pintura y el dorado del retablo se ejecutarían unos años más tarde, en 1726, mediante contratación de los mismos mecenas con el singular pintor santiagués Domingo Antonio Uzal por la cantidad de 13.500 reales de vellón frente a los 12.000 que había costado el retablo. Hasta aquí la sucinta historia de la gestación de esa maravillosa joya barroca, que todos llevamos presentes en nuestra memoria -y hoy recuerda, de manera provisional, una copia fotográfica a escala, en tejido de lona, donada por Manolo Martín-, pero, que como sucede ante la muerte de un ser querido, debemos tratar de evocar en la distancia de la realidad de su desaparición.

¿Qué hacer, pues, en el vacío expectante de la cabecera del Santuario, que, desde hace años, nos demanda una respuesta?

Con realismo y, a pesar de que la Iglesia de Santiago es administradora del bien, las alternativas a ese espacio deben partir de una comisión de expertos y jamás pueden nacer de la ocurrencia de un sacerdote o de un político, personas bienintencionadas, sin duda, pero inexpertos y sin cultura artística e histórica -recordar que una buena parte del patrimonio rural gallego fue desapareciendo gracias a la desidia, falta de mantenimiento y mala gestión de esos dos intereses, clero y políticos- que tratan de encargar una réplica a una industria artesanal alicantina (Vid. La Voz, Carballo, 27/5/2020)

¿Objetivo de los bienintencionados ideólogos? Que este taller de arte religioso lleve a cabo una copia del anterior retablo, versión falsificada de una obra de arte barroca, que supondría adulterar la historia y la tradición de cualquier iglesia, santuario o catedral, y de manera particular, el caso de la Barca, que, cuando encargaba retablos en los siglos pasados, lo hacía a creadores contemporáneos, respondiendo igualmente al relato que se escenificaba, con una mentalidad también contemporánea.

¿Ustedes creen que cuando los Condes de Maceda, sensibles y lúcidos amantes del arte, encargaron el retablo a Romay le dijeron que hiciese una copia del anterior, que, por cierto, se conserva en la iglesia parroquial?

¿Se merece la Virxe da Barca una copia?

Soy consciente de que la cultura de los ideólogos del caso que nos trae aquí no es la de los Condes ni siquiera la del arzobispo actual es la del egregio Monroy, pero, como estudioso de esa iglesia y de ese retablo desde hace 45 años, les pediría que escuchasen a expertos y dejasen de lado intuiciones arrogantes que podrían resultar irreversibles en el futuro de un Santuario, que es patrimonio común del pueblo de Muxía.

Mi experiencia me lleva a ejemplos por todo el mundo de intervenciones de artistas, de grandes creadores contemporáneos -y esa ha sido también la tradición de la Barca- en iglesias y catedrales, desde Henri Matisse a Mimmo Paladino, cuyos trabajos por sí solos son ya un reclamo para peregrinar. Recuerdo, como casos ejemplares, y el que suscribe intervino en ambos siendo director del IPCE (Instituto de Patrimonio Cultural de España), los de la catedral gótica de Mallorca, a cargo de Miquel Barceló, o el de la Vidriera Norte de la Catedral de Girona, de Sean Scully, verdaderas obras maestras que contribuyen a engrandecer el aura eclesial en la que han intervenido. Son artistas de prestigio mundial. Sabemos que Barceló pudo haber actuado en la Barca y de hecho se ha interesado por ello. Y sé igualmente que un artista de prestigio, como Manuel Quintana, está trabajando en un proyecto sobre ese espacio retablístico.

Falsificar la historia no significa solo un paso atrás en el discurso artístico de todo lo que fue el pasado de A Barca, sino también la delación de que nuestras expectativas culturales y espirituales no están a la altura de aquellos que un día imaginaron este espacio sagrado y profano, huella que fusiona un proceso cristianizador de antiguos cultos a las piedras, cuna de peregrinos de todo el mundo, como memoria de un pueblo perdido en el océano, capaz de fabular y de universalizar a una Virgen. A Virxe da Barca. ¿Se merece una copia?

Xosé Antón Castro Fernández es catedrático de Historia del Arte.

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