«O que parecía unha enfermidade tropical resultou ser esclerose múltiple»

LOBOS DE MAR | Jose María Castro | La enfermedad obligó a este muxián a dejar el mar con solo 36 años


Carballo / La Voz

Un solo continente le quedó a José María Castro por visitar en sus años en la mercante. Le quedó pena, y en dos ocasiones estuvo a punto de ir a Australia, pero tuvo que desembarcar antes, en Singapur, al cumplírsele los ochenta días en el mar. Sus planes, en cuanto la pandemia lo permita, es ir por su cuenta en un futuro, ahora que está retirado. Con tan solo 36 años le diagnosticaron esclerosis múltiple y, aunque la medicación la mantiene bastante estable, la enfermedad le ha devuelto a secano.

«Detectáronma arredor de Semana Santa do 2019. Nas últimas vacacións que tivera, no entroido, comecei a encontrarme mal e vin que non era capaz de andar. Estiven mes e medio no hospital facendo moitísimas probas ata que mo detectaron. O que ao principio pensaban que podía ser algunha enfermidade tropical, de andar por aí adiante no barco, ao final resultou ser esclerose. Ese mes e medio pode parecer pouco, pero para min foi eterno», cuenta José María, que al no tener antecedentes familiares los médicos no tienen claro de si se trata de algo genético o de si podría haber sido producido por alguna vacuna.

Sea como sea, su vida ha dado un giro de 180 grados y su rutina se basa ahora en visitas periódicas al hospital y en reposo en la tranquila Muxía, un sosiego que agradece en esta crisis sanitaria. Ahora tiene consultas telemáticas y su medicación, que antes tenía que ir a recoger a la farmacia del Chuac, se la envían ahora por correo para no exponerse.

Lo del mar, que ahora observa desde tierra, le viene a José María de familia: ya su padre y sus tíos se dedicaron al oficio, y entre sus dos abuelos sumaban varios barcos. Como preparación de cara a su futuro profesional, y mientras estudiaba, comenzó a acompañar a su padre en el barco. Lo hacía en los veranos y en días festivos, desde las tres o cuatro de la madrugada hasta las últimas horas de la tarde. «Era duro, pero gustábame moito, aínda que non se parecese en nada ao que ía facer despois», cuenta.

Primero estudió un ciclo para el control y mantenimiento de maquinaria naval e hizo las prácticas en los remolcadores del puerto de A Coruña. Después se sacó la carrera universitaria en la ciudad herculina y repitió otros seis meses con los remolcadores. Los seis restantes los hizo con la compañía mercante noruega a la que más tarde se uniría para trabajar hasta el momento de su retirada. «Comecei como terceiro oficial de máquinas e fun quedando», narra. Cada dos días trataba de hablar con la familia por satélite y también aprovechaba para ver mundo en sus viajes por todo el globo: «Un compañeiro e máis eu marchabamos dous ou tres días antes para facer turismo e coñecer os sitios».

Su viaje más especial no fue a ningún sitio exótico ni a un destino cotizado. Recuerda con cariño su estancia en La Manzanilla, México, y por una anécdota muy especial: «Deuse a casualidade de que nos hospedamos nun hotel que estaba situado na rúa Real número 3, exactamente a mesma rúa e o mesmo número no que o meu avó tiña o seu edificio en Muxía. Pareceume un sitio moi bonito e non é nada coñecido. É máis seguro que o resto de México e está na zona colonial», explica. También le gustó Lima (Perú) y Rio de Janeiro. De Porto de Galinhas, también en Brasil, se llevó un recuerdo algo más desagradable, aunque no por ello menos curioso. «Son bastante moreno e non soe facerme mal o sol, pero a primeira vez que me queimei na miña vida foi alí, en Porto de Galinhas, e un 22 de decembro». La suerte, dice, no estuvo ese día de su lado.

Riesgos

Castro viajó siempre transportando gas natural, mercancía considerada peligrosa y cuya manipulación en puerto había de hacerse siempre con materiales antichispa como prevención.

Aunque, a veces, ni con todo el cuidado del mundo pueden evitarse accidentes. Su mayor susto fue hace un tiempo cuando navegaban a la altura de las Azores. Era de madrugada y la explosión de un motor hizo temblar toda la embarcación. Se temían lo peor, pero finalmente fue algo interno y el otro motor paró lo grueso del golpe. «Podería ter furado o barco perfectamente», dice, «e grazas a que era de madrugada e non había ninguén alí traballando, senón podía matalo». De unos 300 metros de eslora, el navío lo ocupaban unas 40 personas, la mitad españoles y la otra mitad filipinos.

Aunque en tierra también se pasa miedo, bromea el muxián, sobre todo en medio del loco tráfico de Tailandia o la India, «onde hai que parar cada dous por tres para que pasen os animais pola carretera». En Bangkok, precisamente, una carambola del destino hizo que el conductor de su moto-taxi, con el que habían tratado de comunicarse (sin éxito) en inglés, fuese un tailandés que había estado trabajando en Marbella y que hablaba un perfecto castellano. Como conclusión, asegura el exmarino: no son tan necesarios los idiomas para moverse por el mundo.

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