Una mujer bígama de Os Muíños, condenada a 12 años de prisión

Su marido emigró a América, sufrió un naufragio, ella no quiso saber más de él y se casó con otro


«En el rancho número 2 -de las viviendas del Corralón, en A Coruña- reside otra infeliz mujer consagrada en absoluto a sus hijos. Tiene tres. El marido se fue hace años a la Argentina, dejándola abandonada, y ella, valerosa, educa y mantiene a los tres rapaces, trabajando sin cesar...» (La Voz de Galicia, del 2 de agosto de 1902).

La emigración rompió familias, individuos que buscaron fortuna dejando a los suyos con la promesa de volver, o de reclamarles para unirse a ellos en el país de asentamiento. Y en ese duro camino surgieron espinas que rasgaron a unos y a otros. Las razones fueron múltiples: la distancia, el desamor, el fracaso y caer al suelo y no poder levantarse; volverse a enamorar, dejarse ir...

Un caso, pero a la inversa de lo que comúnmente sucedía, fue el de Andrés Leis Rodríguez, un vecino del lugar de Os Muíños-Moraime (Muxía), que contrajo matrimonio el 6 de enero de 1862 con Laureana López Leiro, Laura, y en menos de dos años nacieron dos hijos, ganándose la vida con la compraventa de encajes y puntillas, una actividad con la que consiguió un regular patrimonio en tanto el matrimonio no parecía muy bien avenido.

Influido por la fiebre de riquezas que por 1860/67 se dejó sentir en las Américas, o por problemas matrimoniales subyacentes, Andrés quiso buscar fortuna allende el Atlántico. Y a poco menos de dos años de su boda preparó el viaje e hizo acopio de encajes finos de hilo y otros artículos de lencería y quincalla, y a finales de 1863 embarcó para el nuevo mundo llevándose los artículos acopiados para comerciar y abrirse camino. Pero, cerca de las islas de Cabo Verde, en África occidental, el buque naufragó y él logró a duras penas salvarse. Pasado un tiempo, la noticia llegó a Os Muíños, pero nada se dijo de que el marido se hubiese salvado, considerándose Laureana viuda en medio de comentarios de la época que decían que «su dolor no era tan profundo como el caso requería».

Pasaron meses y Laura recibió una carta de Portugal: «Querida esposa: ya sabrás que naufragamos. Todo se ha perdido menos la piel. Mándame algo con que poder vivir. Los artículos de lencería están en el fondo del mar y yo me hallo en un estado lamentable. Tuyo, Andrés».

Y quedó sorprendida. Creerse viuda y joven, o lo que es lo mismo, libre y sin costas, y no mal parecida, y hallarse de sopetón casada y sujeta a un hombre arruinado, ausente y en estado lamentable, no era su mejor opción. Con deseo de encontrar acomodo ventajoso contestó al marido que se alegraba de «que los peces no hubiesen hecho festín de su cadáver, pero que podía morirse en tierra buenamente...», que ella no pensaba enviarle ni un solo céntimo.

Súplicas

Andrés escribió suplicando y Laureana se negó a toda transición. Y viendo que el cariño era nulo, él invocó el derecho de padre pretendiendo provocar una reacción en el corazón de la madre, escribiéndole: «Lo que no hagas por mi, hazlo por nuestros hijos». Pero ella calló, y al no recibir noticias, Andrés se las agenció como pudo y embarcó para América para trabajar con ansia pero sin demasiado fruto. Pasó el tiempo y volvió a escribir, y Laura respondió con cartas harto agrias y frías, y no fue extraño que Andrés terminase el enojoso asunto, sobre todo al ver que ambos perdieron una cualidad poderosa para llegar, a pesar de lo ocurrido, a una honrosa transacción: fallecieron los dos hijos y dejaron de ser padres en tanto se carteaban recriminándose.

Pasaron algunos años más y Laura vivió feliz e independiente. Viuda, consideró la opción de ser pretendida, y un joven de A Ponte do Porto, José Arosa, un señorito guapo y gracioso, perito agrimensor que había regresado de América sin fortuna, la requirió de amores y pretendió su mano. Y conmovida ante esta explosión de pasión juvenil se avino a los deseos, pero fue necesario obtener un certificado de defunción. E hicieron gestiones sin resultado positivo, pero la prueba documental podía suplirse con la testifical, y así lo hicieron: buscaron testigos, y con tres vecinos de Duio (Fisterra) fueron a Cee y facilitaron la información necesaria. Y ante el tribunal eclesiástico manifestó que su marido fue asaltado y asesinado cerca de Rosario (Uruguay), según afirmaban los testigos que «habían visto el cadáver».

En consecuencia, Laura fue declarada viuda y se presentó días después ante el párroco de Moraime para casarse, aunque avisado este del artificio se opuso a celebrar el matrimonio, recurriendo José Arosa al Arzobispo de Santiago que ordenó al cura casar a los pretendientes, en una ceremonia celebrada en agosto de 1876.

Catorce años

Pasaron 14 años del primer matrimonio, y una vez consumado con Arosa, Andrés se enteró en América y escribió pidiendo cuentas a la esposa. No contestó esta. Escribió una y otra vez y Laura siguió callada, pero un amigo de Andrés regresó de América portando una carta. Desde el pueblo de su residencia, en Pontevedra, envió a Laura la misiva que acompañó de otra suya: «Señora: ahí va esa carta de su esposo. Hágame el favor de contestarla, porque de otra suerte, iré yo por ella a ese pueblo»

Contestó Laura: «Dígale a Don... que no piense más en mí, que yo estoy casada con un hombre a quien quiero; que no tiene aquí nada, pues todo está vendido; por lo tanto, excusa de volver a España. Laureana López», carta escrita, precisamente, por José Arosa.

El inesperado regreso de Andrés

En cuanto Andrés conoció lo sucedido envió varias misivas, la última en 1890. Y un día recibieron en A Ponte do Porto una carta firmada con nombre imaginario, pero con letra de Andrés, que comunicaba que este vivía, causando honda impresión y pánico a José y a Laura.

El 10 de septiembre de 1892 un hombre llegó a Moraime.

-¡Es Andrés Leis, de A Ponte do Porto! (dijo la gente).

-El mismo que viste y calza (respondió él, reconociéndole una hermana de Laura).

Andrés quedó a vivir en casa de un hermano y ese día solicitó una entrevista con un presbítero hermano de José Arosa, vecino de la casa en donde Andrés se hospedaba, negándose a recibirle. Y el 11 se fue al lugar de Os Muíños y vio a su mujer en compañía de José Arosa camino de la romería de la Barca. Y, también, por separado, fue Andrés, encontrándose y hablando con Laura, y le expuso que le perdonaba y proponía un arreglo: que él se avenía a vivir con ella. Pero ella se negó.

Andrés no estuvo dispuesto a que Arosa usufructuase sus bienes. Antes de acudir al juzgado encomendó una última gestión a sus familiares, creyendo por momentos que todo se arreglaría de este modo: Laura, con todo cuanto poseía, regresaría al hogar del primer marido, y José Arosa quedaría sin mujer y sin propiedades, una fórmula aceptada por Laura y que no repugnó a Arosa siempre que se descartase la entrega de los bienes. Y esta circunstancia tiró todo por tierra. Y como no hubo acuerdo, Andrés acudió a la Justicia acusándola de bígama y aportó los documentos necesarios para pedir la devolución de los inmuebles y semovientes de su propiedad antes de marcharse para América.

Y, después de varias sentencias y apelaciones, el 11 de agosto de 1893 la Sala de lo Criminal declaró subsistente el matrimonio canónico contraído por Andrés Leis y Laureana López, y anuló por tanto el contraído con José Arosa, que presentó recurso. El 13 de febrero de 1895 el Supremo Tribunal de la Rota dictó sentencia definitiva «confirmando la pronunciada por el provisor de este Arzobispado, e imponiendo las costas a la parte apelante»; a José Arosa.

Al final, la bígama Laura, además de sanción social, tuvo reproche penal: prisión mayor. Hoy, por el delito de bigamia se condenaría de seis meses a un año de prisión. En fin, historias singulares de la emigración, pequeñas, pero indudables dibujos de la vida real de hace 150 años.

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